Regreso a Birchwood

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Regreso a Birchwood de John Banville

Título Regreso a Birchwood

Autor John Banville

Editorial Alfaguara

 

Sinopsis

 

«Existo, luego pienso. Eso parece innegable. En esta casa desmadrada dedico las noches a devanar mis recuerdos.»

 

Cuando Gabriel Godkin regresa a Birchwood tras varios años, la gran casa familiar no es más que una propiedad ruinosa con habitantes enajenados. Hurgando en los recuerdos, rememora sus primeras experiencias de amor y de pérdida, pero los desastres se suceden y el joven decide huir con un circo ambulante para buscar a su hermana gemela, desaparecida tiempo atrás. Pronto descubrirá que el hambre y el malestar acechan el campo y que Irlanda también está arruinada.

 

 

 

 

Opinión

 

«Los fragmentos que permanecen de los primeros años los guardo con un celo que se vuelven más frenéticos conforme me hago mayor».

 

John Banville es el nombre real de Benjamin Black, un escritor afamado que dijo que cada mañana se presentaba ante el folio blanco con pánico. Como escritor de novela negra tiene un estilo depurado y cuidado que usa la trama para hablar de debilidades humanas, maldades y prejuicios dentro de la Historia, con una ironía sutil que acompaña, por lo general, la atmosfera que crea de acuerdo con la época. Es la primera novela que leo de él con su nombre real y dentro del género de literatura contemporánea de ficción.

 

«El pasado es inconmutable».

 

                La primera parte de la novela, casi la mitad de ella, es una novela gótica. Narra una saga familiar cuya vida gira en torno a una mansión, Birchwood, que se la disputan los Godking y los Lawless. Al decir gótica nos podemos imaginar el estado de la casa y el carácter deprimente no solo del edificio sino también de los que habitan en ella, personajes de tintes grises.

                Gabriel Godking, el protagonista de esta historia, va creciendo y la casa con cada año que él cumple se desmorona perdiendo su esplendor. La atmósfera se tensa con la llegada de la hermana y su hijo, después van relatándose la muerte del abuelo, la venta de las tierras, la ruina de la familia, la muerte de la abuela…

 

«Todas las muertes ocurren escandalosamente a destiempo. La gente no vive los suficiente. Llegan y se van, efímeros, sombras que menguan hacia un mediodía vacío y azul».

 

                Sí, la primera parte de la obra tiene un carácter bastante melancólico. Pero la novela da un giro que me deja sorprendida. Gabriel decide unirse a un circo y salir en busca de su hermana. Para mí es un giro insólito. Cambia la novela y los personajes, estos tienen diferentes matices, aunque el mismo poso amargo. Lo más novedoso es que el autor mete una idea, en la caravana hay algo malévolo, y me pica la curiosidad. Aunque confieso que no superó mis pequeñas expectativas. Los personajes son interesantes, bien perfilados, pero la trama, no comprendo el hilo, de una saga, da un giro poco creíble y nos presenta una aventura atropellada con regusto histórico que sí me engancho, la hambruna y la patata, pero no el circo.

                Es un maestro del lenguaje, aunque me sorprendió: espada de honor roma, ¿sabéis a qué se refiere?


¡Feliz lectura! 



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Cuando la casa se desmorona, también lo hace quien la habita

Hay casas que son mucho más que paredes.

Son infancia, familia, pertenencia. Son los lugares en los que aprendemos quiénes somos y cuando regresamos a ellas después de muchos años descubrimos que la casa ha cambiado, pero, ojito, nosotros también.

«El pasado es inconmutable».

Gabriel Godkin regresa a Birchwood después de varios años y encuentra una mansión familiar convertida en ruina. La casa pierde su esplendor al mismo tiempo que se descompone la familia que la habita. Mueren unos, desaparecen otros, se venden las tierras y aquello que parecía destinado a permanecer para siempre comienza a desaparecer. ¿Qué ocurre con nuestra identidad cuando desaparecen los escenarios y las personas que ayudaron a construirla?

Gabriel vive aferrado al recuerdo.

«Los fragmentos que permanecen de los primeros años los guardo con un celo que se vuelven más frenéticos conforme me hago mayor».

La memoria no aparece aquí como un archivo objetivo en el que guardamos aquello que ocurrió. Es más bien un intento desesperado de ordenar los fragmentos de una vida. Recordamos para conservar, pero también para comprender. ¿Por qué recordamos? Porque aquello que queremos conservar ya se está perdiendo.

Birchwood podría entenderse como una especie de memoria materializada. Mientras Gabriel crece, la casa envejece, mientras él intenta reconstruir su pasado, la casa se deshace delante de sus ojos. La decadencia exterior parece acompañar a la interior.

La primera parte de la novela tiene ese carácter gótico y claustrofóbico. No necesitamos fantasmas cuando una familia lleva dentro suficientes secretos, pérdidas y resentimientos. La mansión está habitada por personajes grises, atrapados en una estructura familiar que se deteriora poco a poco. La muerte del abuelo, la venta de las tierras, la ruina económica, la muerte de la abuela..., cada pérdida supone también la desaparición de una parte del mundo conocido por Gabriel.

Gabriel huye. Se une a un circo ambulante y emprende la búsqueda de su hermana gemela desaparecida. Aquí la novela cambia de registro y, debo reconocerlo, este giro me desconcertó. La primera parte, gótica y familiar, me interesó mucho más que la aventura posterior. La aparición del circo introduce nuevos personajes, nuevas reglas y una atmósfera casi malévola, la trama termina resultándome algo atropellada.

Cuando el lugar que debía proporcionarnos identidad se convierte en ruina, escapar puede ser también una forma de buscarse. Gabriel no solo busca a su hermana, busca algo que todavía pueda unir los fragmentos de su pasado.

«Todas las muertes ocurren escandalosamente a destiempo. La gente no vive lo suficiente».

Quizá porque todos vivimos con la fantasía inconsciente de que las personas y los lugares importantes deberían permanecer disponibles para nosotros. Hasta que un día regresamos y descubrimos que aquella casa ya no existe como la recordábamos. Que nuestros padres han envejecido. Que alguien ha muerto. Que una habitación ha cambiado. Que aquel paisaje ya no es el mismo. Volver nunca significa regresar al mismo lugar.

Porque el pasado, como dice Banville, es inconmutable. No podemos modificarlo, pero sí podemos modificar la relación que mantenemos con él. Gabriel intenta hacerlo mediante el recuerdo. Nosotros hacemos lo mismo de maneras mucho más cotidianas: fotografías, objetos, conversaciones, lugares a los que volvemos, libros que releemos. Conservamos pequeñas pruebas de que aquello sucedió. Cuanto más intentamos aferrarnos a ella, más evidente se hace que estamos intentando retener algo que ya ha pasado.

Regreso a Birchwood me ha interesado especialmente por eso. No tanto por la trama —el giro hacia el circo no terminó de convencerme— como por esa sensación de desmoronamiento de un mundo y de una identidad construida sobre él.

¿Cuánto de nosotros permanece cuando desaparece el mundo en el que aprendimos a ser quienes somos?


Os leo.

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Regreso a Birchwood


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