Si te digo que lo hice de Jaime de los Santos
Título Si te digo que lo
hice
Autor Jaime de los Santos
Editorial Espasa
Sinopsis
Una historia sobre el amor no sentido, no expresado,
nunca vivido
«Así era. Así es. Ocupamos roles
por el simple hecho de ser como somos y no por quien en verdad nos sentimos.
Todo está organizado para que, cada uno, nos mantengamos fieles a lo que de
nosotros se espera; a lo que, porque sí, decidieron unos hombres. Siempre
hombres. Hombres con miedo al color. Que visten de oscuro para esconder sus
cinturas, para ocultar sus ideas. Que borran las señales de su carne y solo
dejan que, sobre el pecho, luzcan los símbolos de su fe colgando de una cadena
o de un trozo de cuerda. Hombres que nos imponen ligaduras que provienen de
algún lugar indefinido entre su cabeza y su hiel, allí donde arraigan la fatiga
y la vergüenza, la duda y el desamor». Esta voz, llena de verdad, que habla sin
tapujos, con tristeza, de la educación represora de la posguerra, pertenece a
Elvira, la narradora y protagonista de esta novela, pura poesía en prosa. Que a
sus muchos años se confiesa. Y se culpa. Porque, a pesar de sus deseos y sus
amores, acabó formando parte de los que miran sin comprender, aterrados por
convertirse en los personajes de una particular parada de «monstruos»: mujeres,
homosexuales, borrachos, locos, rojos…
Opinión
Me gustan las novelas que
empiezan por un casi final. Habrá lectores que al empezar la lectura hayan
juzgado a Gonzalo con dureza y ligereza, un alcohólico que muere en la
indigencia, infeliz…, se lo merece, libremente decidió perderse en el fondo de
una botella, dirán algunos. Prejuicios. Jaime de los Santos cuenta esta
reflexiva historia rompiendo el orden cronológico de la historia, el lector se
da cuenta que su primera valoración fue una conclusión precipitada, aplicada
sin ninguna humildad, sin empatía.
«Gonzalo adoraba el cine, se sentía espectador y no
protagonista, lo que le confería cierto descanso, cierta dignidad»
Crecer en una familia disfuncional,
como le sucede a Elvira, deja heridas que afectan a la vida adulta. Pensamos
que los recuerdos de los niños están difuminados, que no pesan ni dejan huella,
«No fui consciente de que el hambre, el frío y los zapatos rotos no eran
otra cosa que las consecuencias de aquel desgarrador conflicto», pero, cuando
en la madurez las cosas empiezan a ir mal y escarbas, descubres que solo
parcheaste aquellas heridas.
La
falta de empatía de Miguel con sus hermanos, la poca sensibilidad de Olga, aunque
luego ande carcomida por esa conciencia oscura e intente equilibrar la balanza
del afecto con rosquillas. «No se puede construir sobre insidias ni mucho
menos, cerrar los ojos».
Es
duro decirlo, pero los más pequeños, Elvira y Gonzalo, en general todos, se adaptarán para
sobrevivir, protegiéndose de un entorno que no es el adecuado y viene
acompañado de personajes perversos. Pero el verdadero problema de esta
situación, no es que se protejan, se conviertan en adultos retraídos u hoscos,
es que asuman patrones de conducta disfuncionales que repetirán de adultos.
Son
niños que sufren porque sienten que no pueden escoger, pero ante esta idea, hay
un futuro malestar, que hiere más que abre los ojos, cuando descubres que hay
una existencia alternativa a la que no tuviste acceso, como cuando Elvira compara
su vida con la de Rose y culpa, sin pretenderlo a Claudio.
«Cuando bebo soy capaz de vivir».
Cuando nos faltan las raíces no contamos con
parte de nuestra identidad. «Toda mi vida he buscado una madre. Gonzalo solo
se buscaba a él».
«Cada parada en nuestro particular vía crucis era un
pretexto para saciar su llanto en aguardiente».
Cada
personaje ofrece una reflexión sobre las decisiones tomadas. José y su duelo, ¿loco o
cuerdo dolido? Elvira, dos relaciones interesantes, la de sus hijas con su padre
y las de sus dos amigas, Valentina y Rosa, ¿qué se esconde bajo estos celos?
Una
novela que narra los finales de las personas, Elvira ha tenido que aprender a decir
adiós, empezando por su madre, su padre, sus hermanos, su amiga Valen, Cristóbal,
Justa, Olga, Claudio. Es una lectura intensa, llena de matices, reflexión e historia. El anacronismo literario elegido por Jaime de los Santos nos ofrece una novela hecha puzle, busca y encaja las piezas, por qué nuestra raíces son la base de nuestra madurez.
Autor
Jaime de los Santos (Madrid,
1978). Historiador del arte con una marcada sensibilidad por la belleza y
apasionado con todo aquello que traspasa el alma, siempre dice que Lorca y el
teatro le salvaron la vida. Ha participado en diferentes exposiciones con
textos científicos y propuestas curatoriales. Colabora habitualmente en medios
de comunicación (Onda Cero, Antena 3, El Confidencial…) siempre en
defensa de la cultura. Es senador y exconsejero de Cultura de la Comunidad de
Madrid.


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