Ha pasado un minuto y queda toda una vida
Hi
#Hapasadounminutoyquedatodaunavida
#GabrielaConsuegra
Edita #temasdehoy
Sinopsis
Siempre seremos demasiado
jóvenes para perder a un padre.
Todo empieza por la célula. Una
célula de Álvaro se transforma, muta, se reprograma, se niega a morir. Pronto
vienen más, se rebelan ante el organismo, se reproducen, forman masas, bultos.
Con ellas llegan los síntomas y con los síntomas, el diagnóstico. Pero
Álvaro no lo escucha solo, porque quien está allí, junto a él, es Gabriela, su
hija. Será ella quien narre esos días y por tanto esta historia, la de una
familia que se enfrenta a un destino feroz y a la rabia y desolación de un
futuro que se convierte en amenaza.
Gabriela escribe aquí un
testimonio poético, un reconocimiento de lo poco preparados que estamos
para cuidar a quien nos ha cuidado. Un relato hecho de retazos rescatados al
recuerdo para narrar el difícil camino de una hija que empieza a asumir que
existirá un mundo incapaz de imaginar. Un mundo sin su padre.
Opinión
«Hemos disfrutado de un tiempo extra maravilloso, ahí
donde convertimos la enfermedad en vida y la vida en cotidianidad y la
cotidianidad, como siempre, en amor»
Conocí a Gabriela en una
presentación, hablamos de libros, de autoras, de la literatura como refugio y
de la escritura como terapia, me habló de su libro, de lo que volcó sobre él
tras la muerte de su padre, por cáncer me dijo, mi padre también murió de cáncer,
respondí. Supe cuando la escuché hablar de su relación con su padre, de su
duelo…, supe que tenía que leerlo, supe antes de abrirlo que me iba a remover
por dentro, que interiorizaría su lectura hasta hacerla mía, lo que no supe es
cuánto, porque cada palabra escrita sentí que se la dicté, cada emoción y
sentimiento, cada situación, lo viví en directo, quitando la distancia, Caracas
Madrid, añadiendo a su drama la dificultad para encontrar una silla de ruedas, una
ambulancia, alcohol y algodón, o el medicamento para el cáncer, que yo no viví y no puedo imaginar esa angustia sumada a todas la demás.
«No estoy preparada para déjate ir»
He
leído a escondidas, porque he llorado lo que no está escrito, la primera
pregunta que seguro asalta, por qué lees algo que te abre la caja de
Pandora, porque está lecturas son un cable a tierra, repetiré las palabras
de @aliciamz «Tengo el mejor compañero posible, me gusta mi trabajo, tengo muy
buenas amistades, mi casa es un refugio… Sin embargo, a veces asoma la
insatisfacción. Si fuera como menganita, si tuviera una casa en el centro de
Madrid, si mi pareja fuera más detallista, si tuviera más oportunidades…», de
un plumazo vuelvo a la realidad y recobro la cordura, lo verdaderamente
importante lo tengo ya, a los míos cerca.
Cuando
fui al hospital con mi padre porque le dolía el abdomen y le costaba miccionar, no
pensaba que cuatro horas después me sentaría en las escaleras de emergencias del
hospital a llorar sin consuelo, le quedan seis meses de vida, me dijo la doctora, si
hubiesen venido antes podríamos intentar una extirpación del tumor, pero es muy
grande. El riesgo de tener el umbral del dolor muy alto. La vida nos cambia en
segundos y de un plumazo recobras el sentido, ayer querías aventura en tu vida
rutinaria y monótona, ahora deseas esa rutina y monotonía. Tocaba entrar en la
habitación, decirle a mi padre que no quedaba tiempo. La relación con mi padre
no necesitaba de palabras. Me senté en la cama, le cogí de la mano y cuando
abrí la boca, las palabras se atascaron en la garganta, entonces él me sonrió y
me dijo, soy como los yogures con fecha de caducidad, le sonreí. Fue un
maravilloso tiempo de descuento, como lo llamábamos, hablamos, nos reímos, nos
permitimos decir todo lo que posponíamos para otro momento y nos dijimos muchos
te quiero, nunca es tarde. Nos adaptamos a la nueva rutina, la volvimos cotidiana,
tras los buenos días, el color de la bolsa, el estado de salud y estar pendiente
del móvil, me gustaba mi nueva rutina, entendedme, no quería que se acabase,
tal idea suponía una peor, un abismo que no quería superar ni cargar.
Miedo,
miedo al vacío, a la ausencia, a perder el apoyo que conocía desde siempre, a
saltar sin red, a pedalear sin frenos, a conducir sin guía. Añoré aquellos años
donde no te cuestionabas lo que era la felicidad, añoraba mi infancia, pobre,
con claroscuros, pero con mucho amor. He sido, soy, una mujer afortunada, tuve una infancia feliz. Dicen que
cuando los hijos se responsabilizan de los padres se acabó la infancia, para mí
fue cuando enterré a mi padre, y aunque tengo la enorme suerte de que me queda
mi madre y me aferro a ella con fuerza, sé que ese día dejé atrás mi infancia.
«La vida siempre continúa al día siguiente»
Es
una idea extraña, pero con todo aquel dolor que cargaba cuando mi padre se
moría me costaba entender porque el mundo seguía girando. Las últimas horas de
mi padre, se convirtió en la noche más larga de mi vida, hablamos hasta tarde, él
no quería dormir y yo no deseaba que lo hiciera, de vez en cuando fingía ir al
baño y acuclillada en el suelo del cuarto de baño llamaba a mi marido para que me diera fuerza y lloraba, lloraba, no
puedo dejarle ir, le decía. Estaba hablando con mi padre, sabía que mañana ya no estaría. No digáis nada, aquellos que penséis que te haces a la idea, os diré que no, y no minimicéis mi dolor contándome que es peor cuando se van sin tiempo a despedirse, el dolor es dolor en cualquier de sus despedidas, la intensidad no se puede cuantificar.
«El miedo es desconocer qué hay después del silencio y
enfrentarse al olvido»
No
sé qué hay más allá, le dije a mi padre cuando me preguntó dónde iría, lo que sí sé es que
no te olvidaré, «Soy lo que queda de mi padre», escribe Gabriela, dice mi madre que soy la imagen de mi padre, su forma de pensar, su serenidad y su tolerancia reflexiva.
La
muerte de mi padre me sumió en una depresión, no supe, ni creo que aprendiera a
gestionar el duelo, su ausencia fue grandísima, durante meses me negué a entrar
en casa, cuando lo hice salí corriendo, me faltaba el aire…
Gracias Gabriela por poner voz a
mis recuerdo y emociones. Nuestros padres tuvieron mucho en común. Me ha costado tanto escribir estas impresiones. Por cierto, Lucila, doloroso, cruel y mezquino, la ingratitud es lo que tiene, lo que esa hija no tuvo en cuenta fue la lección que enseñó a sus propios hijos.
Autora
Gabriela Consuegra nació y
creció en Caracas, desde donde empezó a escribir esta historia. La
terminó, después de muchas idas y venidas, en A Coruña, donde ahora
vive y ejerce como periodista. Prefiere las preguntas directas para
no acabar dando siempre vueltas de más, aunque con el paso del tiempo empieza a
reconocer que a veces en círculos también se avanza.






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