Oposición de Sara Mesa
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Oposición de Sara MesaLa narradora de esta novela estudia para consolidar su futuro profesional. Ha conseguido un puesto de interina en una oficina administrativa, y afrontar una oposición parece ser el paso lógico en su carrera. Sin embargo, otro tipo de oposición, la interna, basada en su observación del día a día funcionarial, hace que no lo tenga nada claro. El edificio donde ha sido destinada, tan gigantesco como hermético, es un lugar de jerarquías incomprensibles, que la expulsa al mismo tiempo que la absorbe. Como nadie le explica sus funciones, se ve forzada a improvisar, disimular por vergüenza y registrar su malestar con dibujos y poemas tan desplazados de la realidad como el trabajo mismo. Los funcionarios que la rodean, cada uno con sus particularidades y conflictos, han desarrollado los tics y las manías propios de las rutinas laborales y la obediencia acrítica. Necesitada de vida útil, de pulso verdadero y de juego, la opositora tomará pequeñas decisiones subversivas sin prever sus posibles consecuencias disciplinarias.
Más o menos, por no repetir y porque escribo de memoria, la conversación fue algo así:
Cuando la mujer rígida del despacho contiguo entró a curiosear y ella hizo el ademán de presentarse, me di cuenta de que no se acordaba de mi nombre. «Sara», dije echándole un cable. «¿Sada?», preguntó ambas. «No, no, Sara», repetí, avergonzada. «Con erre», añadí, sin necesidad. «Ah, Sada. Bienvenida».
Leída en bruto, la escena resulta exagerada, forzada o sencillamente ridícula, como si Sara Mesa fuerza demasiado una situación cotidiana para que funcione, pero voy a darle una vuelta por si luego mejora, aunque aquí me plantaría.
Y si... El ridículo no está donde parece, a simple vista, intenta decir algo de las personas que ocupan un puesto público, han opositando para la administración pública y son demasiado zopencas. Y si... fuera en la personalidad de Sara. Me explico. Quizá vaya de que nuestra protagonista es tan insignificante, se siente insignificante, insignificante, tanto que no muestran interés para aprenderse su nombre 🤔 No va de que una funcionaria no sepa pronunciar Sara. Evidentemente, como digo, eso no se lo cree nadie. El punto no es lingüístico, es psicológico y relacional. La protagonista se siente a sí misma como insignificante, prescindible. Está ya colocada en una posición de sujeto que estorba, que pide perdón por existir, es más, asume ese nombre de Sada. Su mesa está desplazada, alejada de todos..., qué hace allí, se pregunta. El “¿Sada?” no habla de la funcionaria, sino del estado mental de quien se presenta: alguien tan insegura que acepta sin pelear incluso la deformación de su nombre. Me viene a la cabeza aquella canción que nos representó en Eurovisión, una mujer que aceptaba como valido llamarse zorra.
Ya he asumido que soy de esa forma
La zorra que tanto temía
Se fue empoderando
Y ahora es una zorra de postal
Que ya no le va mal
Soy una zorra de postal
Yo soy una mujer real
Y si me pongo visceral
Te zorra, pasaré...
Te habrás metido en un...
Soy una zorra de postal
Estoy en un buen momento
Desde la psicología, asumir un nombre impuesto no es empoderamiento, es internalización. El nombre propio cumple una función básica, delimita el yo, marca reconocimiento y establece existencia simbólica. Cuando alguien no te nombra bien (o te renombra), no es un error inocente: es una forma de desubjetivación. Te vuelve intercambiable, borrosa, prescindible. Yo no soy zorra ni Sada, soy Sara. El empoderamiento no está en gritar “soy una zorra de postal”, está en poder decir tranquilamente: “No. Ese no es mi nombre. No me defines tú.”. Me acabo de perder en divagaciones 🤣😂🤣
Voy con la primera frase que me para en seco. Si no acepto este pacto, la escena se cae y yo tiro la toalla, pero venga sigo, queda como una caricatura torpe del funcionariado y una queja mal afinada.
No mejora:
A punto de tirar la toalla...
Evidentemente escribe ideas muy sabidas por los pobres contribuyentes de a pie. Pero cuando yo hablo de esto con amigos funcionarios, entre broma y broma, me dicen: haber opositado, darle una vuelta a esta respuesta, yo ya lo hice.
Sara Mesa (Madrid, 1976) reside desde niña en Sevilla. En Anagrama se han publicado desde 2012 las novelas Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde de Novela): «Una escritura desnuda y fría, repleta de imágenes poderosas que desasosiegan en la misma medida que magnetizan» (Marta Sanz, El Confidencial); Cicatriz(Premio El Ojo Crítico de Narrativa): «Sara Mesa levanta una literatura de alto voltaje trabajada con precisión de orfebre» (Rafael Chirbes); la recuperada Un incendio invisible; Cara de pan: «Una pequeña obra maestra de la narrativa» (J. Ernesto Ayala-Dip, Qué Leer); Un amor: «Sus aristas se presentan bajo una prosa de limpieza desconcertante, escueta, ágil: se lee con la velocidad que asociamos al disfrute, pero al cerrarlo nos encontramos desamparados. Una novela magnífica» (Nadal Suau, El Cultural), La familia: «Ha escrito algunas de las historias más turbias de la literatura actual. Ahora arremete contra los falsos sueños de bienestar en La familia» (Laura Fernández, Babelia) y Oposición; además del muy celebrado volumen de relatos Mala letra: «Cuatro por cuatro, Cicatriz y Mala letra de Sara Mesa protagonizan desde hace meses la escena literaria española» (Christopher Domínguez Michael, Letras Libres); y el breve ensayo Silencio administrativo: «Una reflexión sobre el impacto brutal de la pobreza en los individuos que la sufren y sobre las actitudes imperantes frente a ellos en nuestra sociedad» (Edurne Portela, El País). S







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