Trece cuentos (1931-1963)

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Trece cuentos (1931-1963) de Luisa Carnés

Edita Hoja de Lata

 


Sinopsis

Una monja ruborizada con las carantoñas de una joven pareja; una cuadrilla de jornaleros que se planta ante el amo; un grupo de presas republicanas en las cárceles de la posguerra o un matrimonio interracial en los Estados Unidos de la segregación, son algunos de los argumentos que desarrolla Luisa Carnés, la gran narradora olvidada del 27, en esta primera antología de sus relatos. Tras su aclamada Tea Rooms, descubrimos ahora los cuentos de esta autora invisible, quizá la mejor narradora de su generación, en palabras de muchos. Relatos duros y emocionantes, como fue la vida de Luisa, en los que la mujer ocupa siempre un papel central: mujeres fuertes y decididas, sumisas y apocadas, madres coraje capaces de tomar como suyo al hijo ajeno, víctimas silenciosas o dignas e irreductibles. Dividido en cuatro bloques temáticos —los relatos de la República, los de la guerra civil y la posguerra, los de temática mexicana y los de la actualidad internacional de la época— este volumen deja constancia de la autora pidiendo un hueco en la literatura.




Impresiones.




Descubro a Luisa Carnés. Voy con el hilo psicológico de algunos relatos que demuestra que, aunque la tecnología cambie, nuestras miserias y miedos (la soledad, la traición, el narcisismo) son universales. Me parece preciosa la portada del libro, me fijé en su mirada y en sus manos. A veces, la intuición del lector es más fuerte que cualquier algoritmo. Carnés escribía con esas manos de obrera de sombrerería, y eso se nota en el gramaje de su verdad: no hay adornos, solo realidad pura. Ella se llevó esos cuentos al exilio en una cartera de piel como su bien más preciado, y hoy, gracias a la editorial Hoja de Lata, esos relatos tenemos la oportunidad de disfrutarlos. Una autora invisible durante décadas que vuelve para pedir su hueco. Si buscas literatura que te obligue a mirarte al espejo, Luisa Carnés es tu brújula.

Unos más que otros, pero todos me han fascinado. No había leído nada de esta autora y repasando en la biblioteca online su rostro me llamó la atención, algo en su mirada, en sus manos... Y ni lo dude.




            No voy a desmenuzar uno a uno los cuentos, pero sí que puedo decir que fueron de menos a más.

«La muerte fue vencida, pero la idea de una muerte no simultánea les hizo imposible la vida, habiendo llegado a constituir para ellos una obsesión que alteraba su ordinario reposo», psicología del vínculo. ¿Tienen miedo a morir o a quedarse solos? La respuesta es más que evidente. Y esa idea de no morir a la vez, destruye lo que hasta ese momento era su vida perfecta. No se disfruta del presente porque el futuro se hace asfixiantes. Esta frase me ha gustado muchísimo. A veces deseamos cosas, sin darnos cuenta de que la belleza de la vida reside en su fragilidad compartida. El drama de los mellizos no es la muerte, es que uno se vaya antes que otro, por lo que ellos llaman ley de vida, yo nací unos minutos antes. Si no nos vamos juntos, ¿para qué quedarnos siempre? Una reflexión brutal sobre la dependencia emocional y el miedo al vacío.

«Él se sentía halagado con la sumisión de aquella mujer que adivinaba sus menores deseos y recibía sus espaciadas caricias con gratitud felina», pero el marido de Benita no es trigo limpio, es cobarde, no sabe decir las cosas a la cara, prefiere que ella se vaya, pero se resiste, así que, fase dos, «Para despertar su furor y originar un motivo de ruptura fingía olvidar las cartas de su amante encima de los muebles y preguntaba después “¿Has visto por aquí una carta mía?”». Lo que describes es el retrato de un manipulador pasivo-agresivo con rasgos de narcisismo, un cuento muy de los míos, Una mujer fea. Él no ama a Benita; ama la proyección de poder que Benita le devuelve. Esa gratitud felina y la adivinación de sus deseos le hinchan el ego. Psicológicamente, él necesita una persona objeto para sentirse superior. En cuanto ella deja de serle útil o le estorba, la trata con el desprecio que se le tiene a un mueble viejo. ¿Conoces algún caso?

«Además, ¿quién eres tú para responder por los otros? Tú eres el único que ha hablado. Los demás no han dicho esta boca es mía» ¿Os suena? A todos nos ha pasado. En el calor de la queja, todos somos valientes. Pero cuando llega la hora de la verdad, el "nosotros" se convierte en un silencio espeso. La autora en su cuento Olivos retrata esa soledad del que se queda con la palabra en la boca mientras los demás no dicen esta boca es mía. Es una lección de psicología social básica: la pasión es compartida, pero la responsabilidad siempre es individual. Una lectura que te hace mirarte al espejo y preguntarte: ¿Quién soy yo cuando los demás callan? ¡Qué bofetada de realidad!

«No comprendía entonces por qué una adolescencia puede ser amarga, ni unos pensamientos juveniles, viejos», ¿Quién tiene derecho a arrebatarnos la única vida que tenemos? Carnés nos habla de esa casa-refugio que se vuelve pena tras el bombardeo y la muerte de la madre. Es la tragedia de la "vejez juvenil". Me pregunto cómo un solo hombre desde un despacho puede mover los hilos de miles de manos armadas. Quizás la respuesta está en que el despacho es experto en fabricar miedos y silencios, los mismos silencios que dejan a Benita sola o a los vecinos de los Olivos mudos. La guerra es, al final, la derrota de la palabra frente a la orden. La psicología social ha estudiado esto durante décadas para intentar entender por qué no nos rebelamos masivamente ante órdenes atroces. Con esa frase sobre los «pensamientos viejos», nos describe el trauma: cuando la violencia te obliga a madurar a golpes, te roba la juventud y te deja una "vejez interior" prematura.

«Y en los días que vinieron. No había descanso. No se sabía quién era, pero se la sentía en todas partes. Se la sentía como algo impalpable, pegajoso y frío, algo que enmudece el labio…», la desconfianza en una cárcel de presas políticas. ¿Liviana era o no culpable? Esta es la esencia del terror psicológico en los sistemas represivos: no hace falta que la traición sea real para que el miedo destruya la convivencia. En La chivata, Luisa Carnés nos sumerge en esa atmósfera de paranoia colectiva donde la sospecha es más corrosiva que la propia verdad. La mayor tortura no es el hambre, lo dice, es la desconfianza. Cuando dejamos de confiar en el que tenemos al lado, la victoria del opresor es completa. Carnés nos recuerda que la sospecha es un ente frío y pegajoso que destruye lo más humano que tenemos: la lealtad. Sin brújula es un cuento que nos habla de lo mismo, pero dándole una vuelta de tuerca.

Una autora magnífica.  

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Autora




Luisa Carnés. (Madrid, 1905-México D.F., 1964) fue una novelista y periodista española, autora invisibilizada de la Generación del 27. Nació en el seno de una familia obrera en el madrileño barrio de Las Letras. A los once años entró a trabajar en un taller de sombrerería y en 1928 vio publicada su primera obra, Peregrinos de calvario, una colección de narraciones breves. De lo vivido en su nuevo trabajo como camarera en un salón de té saldría Tea Rooms. Mujeres obreras (1934), recibida calurosamente por la crítica, que destacó de ella su carácter innovador y su fuerza narrativa. De formación autodidacta, Carnés consiguió con esta novela una calurosa acogida por parte de la crítica y el público. Su carrera, como la de tantas otras, se vio truncada por el golpe militar del 18 de julio de 1936, que desencadenó la guerra civil.

Tras la derrota del bando republicano se exilió en México, donde murió prematuramente en el más completo de los olvidos para la historia de la literatura española. Luisa Carnés marchó al exilio con lo puesto, llevándose como único equipaje una cartera de piel que contenía, entre otras cosas, su bien más preciado, sus relatos. Ochenta años después, verán por fin la luz en la antología Trece cuentos (1931-1963).

 

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