Presagios
Presagios de Karin Fossum
Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Edita Random House
En un pequeño pueblo de Noruega, unos terribles malentendidos perturban la tranquilidad de sus habitantes: hospitales que anuncian accidentes que no han ocurrido, periódicos que publican esquelas de ancianos que siguen vivos..., presagios de que algo espantoso va a ocurrir.
El décimo caso del inspector Sejer.
El verano llega a su fin en una pequeña localidad rural de Noruega. Sus habitantes, acostumbrados a la tranquilidad de sus urbanizaciones rodeadas de bosques y lagos, no están preparados para lo que se avecina.
El mismo día que comienzan a producirse los extraños fenómenos, el inspector de policía Sejer recibe una extraña nota: «El infierno empieza ahora». Él y su compañero, el detective Jacob Skarre, se ponen manos a la obra para descubrir quién está detrás de tanta confusión. Probablemente ni siquiera el artífice de todo ello sea capaz de prever la marea de violencia que está a punto de desbordarse, porque, ¿quién sabe de qué es capaz la gente cuando ha perdido la sensación de seguridad?
Karim Fossum, la dama noruega del crimen, dibuja un fascinante retrato de una comunidad al borde del precipicio.
Otra lectura de la autora Malas intenciones
Conclusión
Presagios me ha gustado muchísimo. Una novela que empieza con una situación que me resultó difícil de aceptar, pero que poco a poco consigue atraparme hasta llegar a un final impactante.
Karin Fossum construye una historia sobre el miedo y, sobre todo, sobre la pérdida de esa sensación de seguridad que necesitamos para vivir tranquilos. Pero también plantea algo muy actual: nuestra necesidad de mostrarlo todo. Publicamos nuestros viajes, restaurantes, hoteles, alegrías y éxitos, nuestras redes sociales son una ventana abierta a nuestra intimidad, olvidando que no sabemos quién está mirando al otro lado ni qué puede despertar en esa persona aquello que mostramos.
Hay además una mirada dura hacia la infancia. «Hay niños que abren la puerta de su casa con miedo, que se encogen y entran en ella de puntillas, que no saben lo que les espera». Una frase que resume la vulnerabilidad de quienes crecen en hogares marcados por el abandono, la violencia, la desesperación o las carencias afectivas. Y Fossum no señala solo a las madres, recuerda también la ausencia del padre, su falta de participación y la violencia que puede ejercer sobre la madre. Los niños están a merced de sus progenitores y las heridas de esa infancia pueden acompañarlos durante muchos años.
Lo más interesante es que sabemos desde el principio quién está detrás de todo, y, sin embargo, la novela no pierde tensión. Al contrario, lo inquietante es intentar comprender qué hay detrás de sus actos y hasta dónde puede llegar una persona cuando se siente invisible, sola o abandonada.
Me ha gustado mucho y la recomiendo. Y cuando llegas al final queda una pregunta dando vueltas: ¿qué harías tú si algo así ocurriera en tu propia comunidad?
¡Feliz lectura!
Notas
Lectura en vivo, ojito con las notas, spoilers.
Voy por unas 80 páginas de Presagios y tengo que reconocer que estoy súper enganchada. Al principio no me convencía demasiado, pero la historia ha ido creciendo muchísimo.
Hay varias frases que me han llamado la atención. «La verdad no es siempre la mejor solución». «Porque sin seguridad la vida resulta muy difícil». Y otra que me parece fundamental: «El que depende de otros para todo se vuelve más manso que un cordero». Y creo que ahí está una de las claves de la novela: la seguridad. Lo que está haciendo quien provoca todo este caos no es asustar a unas personas; está consiguiendo que toda una comunidad se sienta vulnerable.
La tinta roja sobre el bebé es brutal porque introduce el miedo más básico de unos padres: que aquello que más quieren pueda morir. Y la falsa esquela provoca algo parecido en Gunilla Mort. Ella misma dice que, al leer su propia esquela, sintió que todo se le venía abajo. De repente, alguien le recuerda que puede morir.
«Soy capaz de transformar a toda una sociedad, pensó. Puedo derribar una ciudad entera, generando el caos...». Eso ya nos da una pista de que no estamos ante una simple gamberrada. Hay una intención de provocar miedo, de alterar la vida de los demás. Yo creo que puede ser Johnny, aunque todavía no lo sé con seguridad. Y eso es lo que me está haciendo seguir leyendo. Su madre es alcohólica, está desatendido y su abuelo, al que quiere muchísimo, tiene poco tiempo de vida. Me pregunto si detrás de esto hay una enorme necesidad de llamar la atención, de ser visto, de conseguir que alguien se dé cuenta de que existe. Quizá sea soledad. Quizá falta de afecto. Quizá rabia. O quizá haya algo más que todavía no estoy viendo.
Llevo 80 páginas y quiero saber por qué lo está haciendo. Y eso, para mí, significa que Karin Fossum ya me tiene dentro de la historia.
Substack
Cuando la intimidad deja de ser nuestra: miedo, infancia y exposición en Presagios
Presagios de Karin Fossum. Al principio hubo una escena que me resultó difícil de aceptar. Me parecía poco verosímil y, sobre todo, me provocaba una reacción inmediata como lectora: enfado. Sin embargo, unas páginas después dejé de preguntarme si aquella primera situación me convencía y empecé a preguntarme qué quería contar la autora. Y entonces la novela empezó a crecer.
No habla de unos extraños acontecimientos que alteran la tranquilidad de una pequeña comunidad noruega, habla del miedo, de la vulnerabilidad, de la necesidad que tenemos de sentir que nuestra casa, nuestra familia y nuestra vida cotidiana están a salvo. Y también habla de algo que hoy resulta reconocible: cuánto mostramos de nuestra vida a los demás.
«Porque sin seguridad la vida resulta muy difícil».
Parece una afirmación sencilla, pero contiene mucho. Necesitamos sentir que existe cierto orden. Que cuando cerramos la puerta de nuestra casa podemos descansar. Que nuestros hijos están protegidos. Que las personas que queremos seguirán ahí mañana. Que nuestra vida conserva cierta continuidad. Cuando esa sensación desaparece, todo cambia. Eso es lo que ocurre en Presagios. Los acontecimientos que se producen en la comunidad no son actos destinados a provocar miedo, son pequeñas grietas en la percepción de seguridad. No hace falta que la amenaza sea constante, basta con demostrar que puede existir. Una de las formas más eficaces de generar miedo: conseguir que las personas empiecen a imaginar lo que podría suceder.
Hay otro aspecto de la novela que me ha hecho pensar en nuestro presente. Fossum parte de algo muy concreto: los artículos que aparecen publicados en los periódicos, esas noticias inocentes en las que las personas cuentan sus éxitos, sus celebraciones, sus acontecimientos familiares. Pero mientras leía, no podía dejar de pensar en nuestras redes sociales. Hemos adquirido la costumbre de publicarlo todo. Que hemos ido a un restaurante. Que estamos en un hotel maravilloso. Que hemos viajado.Que hemos comprado algo. Que estamos celebrando. Que somos felices. Instagram, Facebook, X y otras aplicaciones pueden convertirse en una especie de ventana abierta hacia nuestra intimidad. Y quizá hemos olvidado algo importante: la alegría también es íntima. No toda felicidad necesita ser mostrada. No porque haya algo malo en compartirla, sino porque cuando convertimos nuestra vida en escaparate dejamos de controlar quién observa aquello que enseñamos y tampoco sabemos qué siente quien está mirando.
Lo que para nosotros es una celebración puede despertar tristeza en otra persona. Envidia. Frustración. Sensación de fracaso. Soledad. O incluso rabia. La novela lleva esta idea hasta un extremo inquietante: alguien observa la vida de los demás y descubre que puede utilizar aquello que sabe para alterar su sensación de seguridad.
«Hay niños que abren la puerta de su casa con miedo, que se encogen y entran en ella de puntillas, que no saben lo que les espera».
Es una frase durísima. Porque una casa debería ser el lugar donde un niño puede dejar de estar alerta. Cuando ocurre lo contrario, cuando la casa es imprevisible, el niño aprende algo terrible: que no puede anticipar lo que va a suceder. ¿Habrá gritos? ¿Habrá silencio? ¿Habrá violencia? ¿Estará su madre bien? ¿Estará su padre? ¿Podrá acercarse? ¿Será mejor desaparecer y no molestar?
Un niño necesita a sus adultos para regularse y sentirse seguro. Cuando esos adultos son la fuente de incertidumbre, el niño queda atrapado en una contradicción imposible: necesita protección de las mismas personas de las que debe protegerse. Y esa experiencia puede dejar huellas profundas. En las páginas 164 y 165 aparece otra reflexión interesante. La novela plantea hasta qué punto se puede responsabilizar a las madres de las desgracias de sus hijos. Y la respuesta es incómoda: sí, pueden existir responsabilidades, pero no podemos olvidar el contexto. El niño está sometido a los enfados, los caprichos, la desesperación, la amargura y las carencias de quienes lo cuidan. Pero también está sometido a la desaparición del padre. A su ausencia. A su falta de participación. Y, en los casos más graves, a la violencia que el padre ejerce sobre la madre. Es una cuestión que me parece importante porque durante mucho tiempo hemos tendido a colocar sobre las madres una parte desproporcionada de la responsabilidad sobre el bienestar emocional de los hijos.
Pero un niño no crece dentro de una relación madre-hijo, crece dentro de un sistema familiar y cuando ese sistema está marcado por la ausencia, la violencia, el abandono o la inseguridad, las consecuencias pueden acompañarlo durante mucho tiempo.
¿Qué ocurre cuando alguien invisible consigue que todos miren?
Sabemos desde muy pronto quién está detrás de los acontecimientos y eso no le resta fuerza a la novela, el misterio no está en descubrir al culpable, está, para mí, en intentar comprenderlo. ¿Qué lleva a una persona a querer alterar la vida de toda una comunidad? ¿Qué ocurre cuando alguien siente que nadie lo mira, nadie lo escucha y nadie se ocupa de él? ¿Puede el caos convertirse en una forma de hacerse visible?
La novela sugiere que detrás de determinadas conductas puede existir una mezcla dolorosa de soledad, abandono, rabia y necesidad de atención, ojito, eso no significa justificar. Comprender y justificar son cosas diferentes, pero intentar comprender puede ayudarnos a mirar más allá de la conducta visible.
El miedo funciona, no necesita demostrar que algo va a ocurrir, le basta con convencernos de que podría ocurrir y cuando esa posibilidad entra en nuestra cabeza, resulta muy difícil expulsarla.
Me ha gustado muchísimo.
Os leo.
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