Las rodadas. Cap. 3. Dr. Navarro


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—¿Qué hay, Raúl? —le conozco desde que éramos niños. Nuestros padres nunca fueron grandes amigos. En realidad, creo que se toleraban, en los pueblos eso cuenta como una buena relación.

Raúl heredó la casa de sus padres cuando todavía era muy joven. Tenía diecinueve años cuando los dos murieron en un accidente bastante extraño. Volcó el tractor y murieron en el acto. Después vino la caldera. La caldera se convirtió en su tragedia personal, más que la muerte de sus padres. Estuvo semanas dando problemas y, desde entonces, cada vez que alguien del pueblo le contaba cualquier desgracia, Raúl encontraba la manera de compararla con la suya.

—Se me ha roto la cisterna.

—Dices tú de cisterna. La caldera que tuve yo...

—Se me ha roto la persiana.

—Dices tú de persiana. Tú no sabes lo que es estar sin caldera...

Y así durante años. Por eso acabaron llamándole el Cansino. Coincidió, además, con aquel personaje de José Mota que repetía aquello de «dices tú de mili», y el pueblo hizo el resto. A Raúl no le hizo ninguna gracia. Por supuesto. Nunca le hacía gracia nada que viniera de los demás, pero él sí podía bautizar al resto.


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—¿Qué tal? —me preguntó.

—Bien —no era verdad, pero tampoco esperaba que me creyera.

—Supongo que te contó tu amigo.

—¿Quién? ¿Julián? 

—¿Qué otro?

—¿El qué?

—Que estuvimos aquí —señaló hacia mis tierras—. Toda la cuadrilla.

—Ya.

—Protegiendo esto —volví a mirar alrededor. Los pastos estaban quemados. Los frutales, perdidos. La tierra tenía ese color grisáceo que empieza a parecerse demasiado a la ceniza.

—No se os dio muy bien —sonrió. No sé si le molestó.

—Eso parece —se quedó mirando la casa—. Una lástima —no dije nada, pero ¿una lástima que no se quemara la casa o que lo que fuera que hiciesen no sirvió?—. Pero bueno —continuó—. Ya sabes que yo te lo quiero comprar —lo miré.

—¿El qué?

—Las tierras.

—¿Ahora?

—Ahora precisamente.

—¿Por qué? —se encogió de hombros.

—Porque ahora no valen lo mismo —aquello sí que me hizo gracia.

—Qué oportuno.

—No te lo tomes así, Naty. Te hago un favor.

—Seguro. Y no me vuelvas a llamar Naty—Raúl levantó las manos en son de paz. Siempre tuvo esa manera de entender los favores. Hacerte una oferta cuando estás peor y convencerte de que te está salvando.

—Míralo por el lado bueno —dijo—. La casa no se te ha quemado.

Miré hacia ella.


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—No.

—Tuviste suerte.

—Puede —se quedó unos segundos en silencio. Después Raúl me señaló hacia el otro lado.

—La de Jesús sí ardió.

—Ya lo sé.

—Una pena.

—Sí.

—Con la ampliación que había hecho —no respondí—. Y la piscina. Y el garaje —asentí.

Jesús no era uno de mis grandes amigos. Tampoco es que yo tenga demasiados amigos, pero era de las pocas personas del pueblo con las que hablaba. Los dos nos fuimos a estudiar fuera. Él Derecho. Yo lo que hoy se llama ADE. Él volvió con una familia, dos hijos y un Audi. Yo volví algunas veces, al principio encajaba, el mío era otro tipo de fracasada, pero era fracaso, al fin y al cabo; luego ya no encajé, cuando encarrilé mi vida, dejé de pertenecer. 

Este verano Jesús había terminado una ampliación de la casa y había hecho una piscina. Todo a lo grande. Quizá demasiado a lo grande para un pueblo en el que saben cuánto cuesta cada cosa. Y había cometido otro error. No contrató a Raúl. Ni a su cuadrilla. Trajo a gente de otro pueblo. Desde entonces empezaron los problemas. La licencia. Los pagos. Las distancias. El material. Siempre había algo. La obra se retrasó más de lo previsto y terminó costándole bastante más de lo que Jesús había calculado.


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Ahora no tenía ampliación. Ni piscina. Ni garaje. Ni siquiera casa. Solo quedaba en pie la barbacoa. 

—Debe de ser duro —dije. Raúl sonrió.

—Tendrá que asumirlo —no me gustó el tono—. ¿Tenía seguro?

—Supongo.

—Pues dale recuerdos de mi parte —Raúl me miró. Ambos sabíamos lo que significaban los seguros en aquellas circunstancias. 

—¿Te acuerdas cuando éramos pequeños? —sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—Sí.

—Íbamos al río.

—Sí —no quería seguir hablando de aquello, pero él continuó.

—Éramos una buena cuadrilla —no contesté.

Hay recuerdos que no desaparecen, solo dejan de tener palabras. Yo recuerdo el río. Recuerdo un perro. Un perro de esos que aparecen en todos los pueblos. Nadie sabe de quién es. Va de un lado para otro, come lo que encuentra y recibe alguna patada cuando se acerca demasiado. Aquel día estaba con ellos. No sé cuántos éramos. No recuerdo quién estaba. No recuerdo quién lanzó la primera piedra. No recuerdo quién tuvo la idea. Recuerdo a Raúl. Eso sí.

—Natalia, ¿has visto cómo nadan los perros?

Después lo lanzaron. Pero no al agua. Contra las rocas. Recuerdo el ruido. Los aullidos. El cuerpo golpeando. La sangre. Y aquellos ojos. Me quedé paralizada. No podía moverme. No podía hablar. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado. Dos minutos. Quince. Una hora. No lo sé. Solo recuerdo que seguí mirando hasta que dejó de moverse.


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Durante años no recordé quién lo había hecho. Ni cuántos niños había alrededor. Ni quién había dicho qué. Solo recordaba los ojos del perro apagándose. Y cada vez que alguien decía «el río», aquellos ojos volvían. No había vuelto allí desde entonces.

—¿Quieres algo más? —pregunté. Mi voz sonó más seca de lo que pretendía.

—No —Raúl bajó la mirada y con la punta del zapato empezó a remover las hojas y los pequeños restos de ramas que todavía quedaban entre las cenizas—. Seguiré mirando por aquí.

—Ya miro yo.

—Tú no sabes.

—¿No sé qué?

—Cómo comprobar si quedan focos —se agachó y cogió un palo. Lo clavó en un montón de hojas ennegrecidas. Una vez. Otra. Después levantó la vista.

—Vete a otro lado. Allí seguro que haces más falta.

—¿Perdona?

—Que te vayas con todos esos conocimientos que tienes... —sonrió.

—Doctora —la palabra salió cargada de desprecio—. Deberías hacértelo mirar.

—¿El qué?

—El coco —lo dijo riéndose—. Tanto escuchar a locos te tiene que estar afectando —me quedé mirándolo. No sé por qué, pero en ese momento volví a ver los ojos del perro.

—¿Quién estuvo aquí? —pregunté. Raúl dejó de sonreír.

—¿Aquí?

—Sí —señalé el terreno—. ¿Quién vino?

—¿Quién iba a venir? —se encogió de hombros—. Tus amigos de la infancia —miró alrededor—. Los de siempre —después arqueó la ceja—. Los que se quedaron.

Aquello me molestó.

—¿Qué quieres decir?

—Nada —volvió a remover las cenizas con el palo.

—Que algunos se van —silencio—. Y otros se quedan —me miró—. ¿Quién crees que se preocupa por los suyos?

No contesté. Raúl se dio la vuelta y comenzó a caminar. Entonces vi las rodadas. Al principio no les presté atención. Había pasado un tractor por allí. Eso era evidente. Después miré mejor. Las huellas iban desde la carretera hasta la casa de Jesús. En línea recta. Atravesaban mis tierras. No bordeaban la finca. No seguían el camino habitual. La atravesaban. Miré hacia Raúl. Seguía caminando.

—Raúl —se detuvo.

—¿Qué?

—¿Por dónde entrasteis con el tractor? —se giró.

—Por ahí —señaló la carretera principal.

—¿Para proteger mis tierras?

—Claro —miré de nuevo las huellas.

—¿Y por qué hasta la casa de Jesús? —hubo un silencio demasiado largo.


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—Porque por ahí avanzaba el fuego.

—¿Hasta su casa?

—Sí.

—¿Y entonces por qué no hay marcas de ida y vuelta? —Raúl me miró. Esta vez no sonrió.

—Estás viendo fantasmas, Naty.

—No —miré las rodadas otra vez—. Estoy viendo huellas.

Raúl soltó una pequeña carcajada.

—Siempre fuiste rara.

Y siguió andando. Yo me quedé allí. Mirando el terreno. Mirando mi casa. Mirando las marcas negras que atravesaban mis tierras desde la carretera hasta la casa de Jesús. No sabía qué significaban. Pero había algo que sí sabía, el tractor no había pasado por allí para proteger mi casa. Y por primera vez desde que había regresado al pueblo, pensé que quizá Antonio no era el único que veía cosas donde los demás no querían mirar.


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Raúl se alejó por el camino de la derecha, el que lleva hasta la carretera principal y, un kilómetro y medio después, al pueblo. Lo observé mientras se marchaba. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, deteniéndose de vez en cuando. Daba una patada a una piedra, removía las cenizas con la punta del zapato, se agachaba y volvía a mirar. Lo que había estado haciendo aquí. Esperé unos segundos. Entonces vi movimiento al otro lado. Por la izquierda apareció Julián.

Venía caminando deprisa, mirando al suelo. También daba patadas aquí y allá. También se agachaba. También observaba. Sonreí.

—¿De dónde vienes?

—De casa de Jesús —su expresión cambió.

—No queda nada, Natalia —intenté encontrar una palabra—. Está todo mucho más calcinado que el resto.

—¿Te ha llamado la atención?

—Bastante —se acercó hasta donde yo estaba—. Lo que no entiendo es lo que han hecho estos chicos con el cortafuegos.

—Eso mismo le acabo de decir a Raúl.

—¿Ha estado aquí el Cansino?

—Acaba de irse —Julián soltó una pequeña risa.

—¿Y qué quería?

—Según él, comprobar que no quedaban focos.

—Ya —no añadió más.

—¿Qué?

—Nada.

—Julián.

—Que estaba comprobando cuánto valen ahora las tierras que quiere comprarte.

—No se las voy a vender.

—Ya lo sé —miró alrededor—.Tranquila. Las tierras saldrán adelante.

—Eso dices tú.

—Las cenizas también sirven. Habrá que esperar —me quedé con la mirada fija en las cenizas—. Hay algo que no me cuadra —Julián dejó de sonreír.

—A mí tampoco —señalé las rodadas.


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—No entiendo por qué vinieron por aquí.

—¿El cortafuegos?

—Sí, lo dijeron en el pleno, pero el fuego estaba lejos cuando pasaron. Y si querían proteger las casas, lo lógico habría sido rodearlas —Julián siguió con la mirada las marcas del tractor—. Pero hicieron justo lo contrario. Atravesaron las fincas.

—Y fueron hacia la casa de Jesús —nos quedamos callados.

A lo lejos todavía podía verse a Raúl. Seguía haciendo lo mismo. Agachándose. Removiendo. Mirando.

—¿Crees que fueron ellos? —pregunté.

Julián tardó en contestar.

—No lo sé. ¿Tú qué piensas?

—Que no entiendo nada, pero empiezo a parecerme a Antonio, me escama.

—Y eso es lo que me preocupa. ¿Te has acercado a la casa de Jesús? —estaba claro que Julián tenía algo que le inquietaba.

—Sí.

—¿Y?

—Le hice fotos.

—¿Se las has mandado?

—Sí.

—¿Te ha contestado? —negué con la cabeza.

—Supongo que estará desolado.

Yo también lo estaba cuando lo vi. Jesús había invertido demasiado dinero en aquella casa. La ampliación acababa de terminar. La piscina sin estrenar. Ahora no había casa o, mejor dicho, quedaba una estructura ennegrecida que se parecía vagamente a lo que había sido.


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—He calculado las pérdidas —dije. Julián frunció la boca.

—No tienes que hacer eso ahora.

Es deformación. Autocastigo.

—Natalia intentas controlar algo que no puede controlarse —lo miré y sonreí con ternura.

—¿Quieres quitarme el pan?

—Ja,ja,ja... Te conozco desde que eras una cría. Y no tengo tanta paciencia como tú para escuchar —sonrió.

—No sé qué hago aquí —miré de nuevo las tierras.

—¿Quieres volver a Madrid?

—Debería.

—Entonces vuelve.

Pero no me moví. Había algo que me decía que no debía irme. No sabía qué era. Solo sabía que estaba ahí.

—Es lo lógico. Estoy saturada —dije—. Más de lo normal. Necesito irme, encerrarme en casa y no hablar con nadie durante unos días.

—Eso también lo sé.

—Pero hay algo... —señalé las rodadas—. Esto no me gusta.

—Raúl nunca ha tenido buenas ideas —Julián suspiró—. Ya de niño... —Nos miramos. Y entonces lo dijo—. Acuérdate de lo del perro.

Sentí que el cuerpo se me tensaba. Los ojos. Otra vez los ojos. El río. Los ojos del perro.

—Sí —dije muy despacio—. Los ojos. Solo veo los ojos del perro.

Julián bajó la mirada.

—Lo pasaste muy mal.

—Estuve en terapia.

—Lo sé.

—Pensaba que lo había superado.

—¿Y no?—negué con la cabeza.

Respiré.

—Es extraño. Sé que había más niños. Sé que ocurrió algo. Sé que Raúl estaba allí, pero cuando intento recordar, no aparecen ellos.

—¿Qué aparece?

—El río —hice una pausa—. Y los ojos.

Julián no insistió. Por eso le quiero. Sabe cuándo callarse. El río. No sé por qué esa palabra me produce todavía esa reacción. Es absurdo. Soy psicóloga. Sé que una palabra puede convertirse en un estímulo asociado a una experiencia traumática. Sé que el cuerpo puede recordar antes que la conciencia. Sé que una persona puede evitar durante años un lugar, un olor, una canción o incluso una palabra sin comprender del todo por qué. Lo sé. Cuando pienso en aquel río, mi cuerpo se adelanta a mí. Se me tensa el cuello. Aprieto los dientes. Siento una presión en el pecho. Y aparecen unos ojos. Solo eso. Unos ojos.

No recuerdo las caras de los niños que estaban conmigo. No recuerdo cuántos éramos. No recuerdo quién habló primero ni quién cogió al perro. No recuerdo quién lo lanzó. Es como si alrededor de aquella imagen hubiera una habitación vacía. Y en el centro estuvieran los ojos del perro. Durante años pensé que había olvidado lo demás. Ahora no estoy tan segura. Porque no es lo mismo olvidar una tarde de la infancia que sentir que, cuando intentas acercarte a ella, algo dentro de ti cierra una puerta.

Y yo no sé qué hay detrás.

—¿Y ahora qué? —preguntó después.

—No lo sé.

Miré hacia el camino.

—¿Los perros? Sé que tenía que haberte preguntado antes —Julián sonrió ligeramente.

—Están con el ganado.

—¿Con las vacas?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Los dos.

—¿Por qué no están aquí?

—Porque no queda nada que proteger y no quería tenerlos encerrados —asentí con la cabeza.

—No los traigas.

—¿Seguro?

—Sí.

Miré alrededor. El campo estaba muerto. No había pájaros. Ni insectos. 

—Déjalos con las ovejas y las vacas. Iré a verlos.

—Como quieras.

Julián empezó a marcharse.

—Natalia.

—¿Sí?

—No te quedes sola con esto.

Lo miré. Quise decirle que estaba acostumbrada. Que llevaba toda la vida haciéndolo. Pero no dije nada. Porque, por primera vez, no estaba segura de que fuera cierto. Julián se marchó. Yo volví a mirar las rodadas. Las seguí con los ojos. Carretera. Mi finca. La casa de Jesús. Una línea demasiado recta para ser casual. Y entonces pensé algo no encajaba, quizá Raúl no estaba comprobando si quedaban focos. Quizá estaba comprobando otra cosa.

¿Cuál?


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Os leo mañana. Ahí seguís leyendo, así no me siento tan sola. No sé si quiero convertir a Raúl en mi chivo expiatorio o está detrás de algo. ¿Vosotros, lectores imparciales, qué pensáis? 


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© Gemma entre lecturas, 2026

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Gracias por cuidar también las palabras de los demás. 🤍

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