Los perros saben cosas. Cap. 4. Dr. Navarro

—¿Qué recuerdas?

—El perro.

—¿Y los niños?

—No.

—¿Ninguno?

—Ninguno.

—¿Qué sientes cuando intentas recordarlos? —tardo en contestar.

—Que no quiero hacerlo.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Me desperté sobresaltada con el libro en las manos y las gafas ladeadas, respiré con fuerza, apagué la luz y volví a dormirme.


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Me desperté antes de que sonara el despertador. No es que hubiera dormido mal. Es que no había dormido. Hay noches en las que el cuerpo se acuesta, pero la cabeza se queda levantada haciendo guardia. A las siete escuché el coche de Julián. Me asomé a la ventana. Los vi, los dos perros salieron del coche como si hubieran estado esperando aquel momento toda su vida. Abrí la puerta y entraron corriendo. Mastín me golpeó con el hocico en la mano. Alemán dio dos vueltas alrededor de mí y después se tumbó a mis pies.



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—¡Hola, chicos!

Me agaché y los abracé. No suelo abrazar demasiado, ni a las personas ni a los perros, pero ellos no preguntan ni cuestionan. Julián se quedó en la puerta con Astucia, su mano derecha con la ovejas, un mestizo de border collie.

—¿Qué te pasa?

—Nada —negó con la cabeza y la boca fruncida.

—Natalia.

—¿Qué?

—No me digas nada. Te conozco desde que eras una cría —odio que me conozcan demasiado.

—Anoche entró alguien en la finca —Julián dejó de sonreír.

—¿Cómo que entró alguien? —se lo conté. No todo. No le dije que había pensado en Raúl. Eso todavía me lo guardaba.


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—¿Viste quién era?

—No.

—¿Hombre?

—No lo sé.

—¿Seguro que era una persona? —lo miré.

—Julián, a las cinco de la mañana no están los zorros buscando setas con linterna —no sonrió. Se acercó hasta la ventana.

—¿Por dónde? —señalé.

—Por allí —salió al porche. Los perros fueron detrás de él. Yo también.

El paisaje seguía siendo desolador, no sé qué esperaba cada mañana al despertar, qué las cosas se arreglasen solas o que todo fuera una pesadilla. Aquella mañana había algo diferente. Las cenizas estaban quietas. El viento apenas las movía y esa neblina que se te pega a la piel y al pelo había desaparecido. Julián bajó los escalones y caminó hacia el terreno. Se agachó. No tocó nada. Solo miró.


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—Aquí.

—¿Qué?

—Ven —me acerqué. Señalaba un punto concreto—. ¿Qué ves?

—Ceniza.

—Eso ya. Mira bien —me agaché y aproximé la cabeza, sin gafas veo menos que un topo. Había una marca—. Aquí hay algo —aparté la ceniza con la punta del dedo, sin tocarlo. Era una mancha marrón, espesa, brillante. No parecía ceniza ni tierra quemada.

—¿Qué es?

—No tengo ni idea —Julián se quedó mirándola.

—No lo toques, Julián.

—No pensaba hacerlo. 

—¡Aquí no estuvo! 

—Sí —insistió y yo negué. 

—Anoche no vino a buscar por aquí.

—¿Entonces? —señalé hacia el otro lado.

—¿Vino siguiendo las rodadas‽ —sentí un pequeño vacío en el estómago—. ¿Las del tractor? —asentí.

—Las mismas que vío por la mañana. ¿Por qué? —los perros olfateaban el suelo. Mastín avanzó unos metros. Se detuvo. Levantó la cabeza. Miró hacia la casa de Jesús. Y comenzó a gruñir. No ladró. Gruñó bajito como si hubiera reconocido algo.

—¿Qué pasa? —Julián no respondió.

El perro siguió mirando. Yo también. La casa de Jesús estaba allí, al fondo, lo que quedaba de ella. Una idea empezó a cobrar fuerza, entendí algo que hasta ese momento no había querido entender, el cortafuegos no terminaba cerca de la casa, iba hacia ella y la mía fue un daño colateral.

—Julián.

—Ya.

—¿Por qué? —se encogió de hombros.

—Eso es lo que llevo preguntándome desde ayer.

Los dos nos quedamos callados. Mi teléfono vibró. Lo saqué del bolsillo. Un mensaje de WhatsApp de Sergio Fernández. Había escrito, en cursiva y negrita. 

¿Estás despierta?

Lo leí, sentí la mirada de Julián clavada en mí.

—¿Quién es?

—Un problema.

—¿De los gordos?

—Siempre.

Fue estar en línea y entrar otro.

Necesito hablar contigo.

Y después un tercero.

Es sobre un asesinato.


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Guardé el teléfono. No respondí. Todavía no. Miré otra vez hacia la casa de Jesús. Pensé que el incendio no era el principio de esta historia, quizá era el momento en que alguien había cometido el error de dejar algo al descubierto.


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Os leo. ¿Veo fantasmas donde no hay?




© Gemma entre lecturas, 2026

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