Lo que no se dice. Cap. 7. Dr. Navarro

Esa noche volví a escuchar un ruido. Me incorporé en la cama. Mastín levantó la cabeza. Alemán hizo lo mismo. Esperé el ladrido. No llegó. Los dos perros permanecieron inmóviles, mirando hacia la puerta. No gruñeron. No ladraron. Escuchaban. Fue complicado ese momento de claridad en mi mente, me hizo sentir un frío desagradable en la espalda, no estaban alarmados porque no reconocieran el ruido. Estaban escuchando a alguien que conocían.


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¿Estoy descubriendo algo o me estoy inventando una historia porque necesito encontrarle sentido a esto? 

A primera hora, Julián trajo a Mastín y a Alemán. No me había dado cuenta de cuánto los necesitaba hasta que los vi entrar por la puerta. Mastín recorrió la casa como si estuviera haciendo una inspección. Alemán fue hacia el porche, olisqueó el aire y se quedó allí unos segundos, mirando hacia el campo.

—Ya estáis en casa —les dije. Me sentí más segura.

Una estupidez. Dos perros no podían protegerme de lo que fuera que estaba ocurriendo en mi cabeza, pero su presencia cambiaba la atmósfera. El silencio ya no era absoluto. Había respiración, pasos, uñas contra el suelo. Había vida. Compañía.

—¿Has visto a Luisa? —le pregunté a Julián.

Negó con la cabeza mientras dejaba las correas sobre la mesa.

—No. Durante los primeros días estuvo con la cuadrilla de la noche. Después ya no sé nada.

—Es raro. No la he visto por el pueblo.

—Ahora todo el mundo anda por el monte. Buscando ganado, caballos, burros... Ya sabes cómo son estas cosas. Ella y su hermano tienen las caballerizas de Sotillo. Estará con eso o con los sobrinos.

—¿Y la cuñada? —Julián soltó una especie de bufido.

—Volvió a Cuba.

—¿Se fue?

—¿Quién aguanta a ese engendro? Borracho, voceras... —hizo una pausa—. Se marchó, pero dejó a los hijos.

—¿Dejó a los hijos?

—Sí —me quedé callada.

—Eso es contranatura, eso dice Maite —dijo Julián. Tenía que bajar a ver a Maite, la mujer de Julián, vergüenza me tenía que dar.

No respondí. En aquel pueblo había demasiadas cosas que parecían normales simplemente porque llevaban muchos años ocurriendo y algunas empezaban a dejar de parecérmelo.

—Bueno, te dejo a estos dos. Te harán compañía.

Miré a Mastín y a Alemán. Por primera vez desde que había vuelto, la idea de quedarme sola en aquella casa no me parecía tan buena.

Cuando Julián se marchó, pensé en subir al monte para averiguar dónde había enterrado Pedro a los perros. No llegué a hacerlo. El teléfono vibró. Era Sergio.


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¿Qué pasa? ¿No piensas echarme una mano?

Seguí leyendo. Era un asesinato o eso creían. Habían encontrado un piso revuelto. Sangre en el dormitorio matrimonial. Sangre en la habitación de los hijos. Muchísima sangre. Pero ningún cadáver. Los análisis todavía estaban pendientes, aunque apuntaba a que la sangre pertenecía a la mujer y a sus dos hijos.

La noche del sábado los vecinos habían escuchado una fuerte discusión. Después, el marido había salido del garaje con su coche, el de ella, el familiar, seguía aparcado con las maletas en el maletero. El lunes por la mañana, la mujer que acudía a limpiar había encontrado la casa patas arriba. No había restos humanos. No había cuerpos. No había una confesión. Ni siquiera una prueba que permitiera asegurar que el marido los hubiera matado. La sangre podía pertenecer a cualquiera de ellos. Incluso a él.

Pero Sergio tenía esa forma tan suya de decir las cosas cuando algo no le cuadraba.

Es el único que no está.

Hice una mueca.

Dos y dos son cuatro, Natalia.

Sergio no conjeturaba a la ligera. No después de tantos años trabajando juntos. Sabía que, con los datos que tenía, no podía afirmar que aquel hombre hubiera matado a nadie. Lo que quería era que hablara con él. Que le ayudara a construir un perfil. Una familia acomodada. Dos adolescentes. Un matrimonio normal. Ningún antecedente de violencia que conocieran los vecinos. Alguna discusión, alguna bronca, lo habitual. Y un lunes por la mañana, sangre por toda la casa.

Sin cadáveres. Ahí estaba el problema. Si Sergio tenía razón, ¿dónde estaban? ¿Para qué llevárselos?

—¿Cómo puede alguien llegar el viernes a su casa de vacaciones y el sábado matar a su mujer y a sus hijos? —murmuré.

No tenía respuesta. Tampoco entendía por qué se había llevado los cuerpos, si los había matado, ¿dónde estaban? ¿Y por qué? Cerré el mensaje. Volvería sobre ello después, quería subir al monte, pero ya no podía. Sergio había conseguido lo que pretendía, meterme una investigación en la cabeza.

Cogí las correas de Mastín y Alemán y salí. Mi intención inicial era seguir los pasos de Pedro. Quería averiguar dónde había enterrado a los perros y, sobre todo, qué estaba haciendo con aquella fosa, pero no lo hice. Tiré hacia el pueblo. Al principio pensé que se me había olvidado. Después comprendí que no. Mi cabeza había encontrado algo más en lo que ocuparse, era lo que necesitaba. Llevaba días mirando mi campo convertido en ceniza, intentando no pensar demasiado en lo que había desaparecido bajo ella. Los árboles, los animales, los recuerdos. La casa seguía en pie, pero el resto parecía pertenecer a otro lugar. Apareció Raúl, Pedro e Iván. Las rodadas, los perros, la fosa, sus intereses, sus amenazas veladas. Un problema.

Un problema concreto, con un principio y un final posibles. Algo que podía observar, analizar, relacionar. Mi cabeza necesitaba un rompecabezas, los rompecabezas distraen de aquello que no queremos mirar. Había convertido a Pedro en una especie de velo. Algo detrás de lo que esconder el miedo de contemplar mis tierras y preguntarme qué demonios había pasado allí, y lo más importante,  qué iba a hacer. 

Lo de Pedro podía ser una sospecha, podía estar equivocada, podía no ser nada. Lo de Sergio era diferente. Había un coche con las maletassin deshacer. Había sangre. Había cuatro personas desaparecidas y un coche saliendo del garaje.

Eso era real. Por eso, sin darme demasiadas explicaciones, seguí bajando hacia el pueblo. Mastín caminaba unos metros por delante. Alemán iba detrás de mí. Mientras avanzaba pensé que quizá acababa de cometer un error, no sabía cuál de los dos problemas me encontraría antes.


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Llegué a la plaza y escuché voces. Después un golpe seco, metálico. Dos hombres estaban forcejeando. Algunos vecinos intentaban separarlos. Reconocí a Raúl. El otro era Pedro. Me detuve. No me acerqué. No quería llamar su atención. Pedro tenía la cara desencajada.

—¡Déjame en paz de una puta vez! —Raúl intentó acercarse otra vez—. ¡A mi mujer ni la nombres! ¿Me has oído? —Pedro lo empujó—. ¡Ni se te ocurra volver a...!

Aquello me hizo prestar atención, qué había dicho, ¿seguirla? o ¿Seguirme? ¿A quién?

—¡Soluciona tus putos problemas, Raúl! —gritó Pedro—. ¡Bastante tengo yo ya con los míos!

Raúl dijo algo que no alcancé a escuchar, Pedro volvió a perder los nervios.

—¡Y si no puedes con tu mierda, te pegas un tiro! Pero a mí déjame tranquilo.

Los hombres que estaban alrededor consiguieron separarlos. Mastín gruñó. Alemán permaneció quieto, mirando a Raúl. Yo también. Pedro se alejó unos metros, respirando con dificultad.

—¡Y no vuelvas a acercarte a ella! Lo del incendio, en una parte, me viene bien. En otra, me toca los huevos, así que, no vengas a hincharse más las pelotas. 

Aquella frase sí la escuché. No sabía quién era ella, una mujer o una casa o qué. Raúl estaba metido en algo que Pero quería mantener lejos de él. Miré alrededor. El alcalde estaba allí. También Iván. Unos metros más atrás, Raúl. Los cuatro. No juntos, pero demasiado cerca.

Demasiadas coincidencias para mi gusto. Lo del incendio, en una parte, me viene bien. En otra, me toca los huevos. Pensé en sus perros, en los que habían muerto, en los pocos que le quedaban, en la caseta, en el olor, en aquella fosa de la que nadie quería hablar. ¿Era esa la parte mala? Había perdido animales que necesitaba para cazar, pero para ellos era una herramienta más, no creo que fuera un problema encontrar sustitutos. 

¿Qué pasaba con la mujer de Pedro? ¿En qué con texto habría mencionado Raúl a la mujer de Pedro? ¿Qué sabía Pedro de Raúl? Me quedé pensando en lo de «mi mujer». ¿Qué demonios tenía Raúl que ver con la mujer de Pedro? Podía ser cualquier cosa. Un problema. Una deuda. Una discusión. Un asunto de tierras. En aquel pueblo todo parecía terminar mezclándose con todo. ¿Había tenido Raúl un lío con ella? La pregunta apareció en mi cabeza y la descarté casi al segundo. No era asunto mío.

Además, los amoríos no eran mi especialidad. En la consulta escuchaba de todo, pero allí había una frontera muy clara. Si alguien quería contarme que su marido le engañaba, que su mujer se había enamorado de otro o que llevaba diez años acostándose con su vecino, lo escuchaba y punto. Fuera de la consulta, no preguntaba. Nunca. Me parecía una intromisión. Y bastante tenía con mis propios problemas.

Llevaba cuatro años trabajando con Sergio y ni siquiera sabía por qué se había separado. Podía preguntárselo. Claro que podía, pero no lo había hecho. No porque no me interesara, sino porque había cosas que uno aprende a respetar. Sergio tampoco me preguntaba por qué vivía encerrada en mi casa de Madrid, ni por qué había convertido una parte del piso en consulta, ni por qué desaparecía del mundo cada vez que podía. Funcionábamos así.

Él sabía dónde terminaba mi trabajo y empezaba mi vida. Yo sabía dónde terminaba el suyo y empezaba la suya. Así que no. No iba a ponerme a investigar si Raúl se había acostado con la mujer de Pedro. Aunque, bien pensado... ¿Por qué demonios le había dicho que no volviera a seguirla?

Mastín volvió a gruñir. Alemán levantó la cabeza. Los dos miraban hacia el mismo lugar,  seguí sus ojos. El alcalde acababa de girarse hacia nosotros. Y durante un instante tuve la sensación de que no estaba mirando a los perros. Me estaba mirando a mí. No sé qué había ocurrido aquella mañana en el pueblo, estaban los ánimos revueltos, pero creo que el incendio no ha terminado. Solo ha cambiado de forma.


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Ya que estaba allí, decidí acercarme al ultramarinos de Alicia. Necesitaba agua y algo de comida. Y, si era sincera, también quería comprobar qué se cocía en el pueblo. La tienda de Alicia era nuestro particular termómetro social. No hacía falta preguntar demasiado. Bastaba con entrar, coger una cesta y escuchar. El gallinero estaba revuelto.

—Esa siempre ha sido una fresca —decía una voz a mi espalda.

—¿Fresca? Lo que es es una desagradecida. Con el marido que tiene y todavía quiere más.

—Hay mujeres que no saben conformarse —puse los ojos en blanco. No había cambiado nada.

Seguíamos siendo mucho más despiadados con las mujeres que con los hombres. A un hombre se le perdonaban las infidelidades, las borracheras, las malas decisiones, incluso cierta violencia de carácter. Una mujer, en cambio, podía equivocarse una sola vez y pasaría el resto de su vida pagando por ello. Lo curioso era que muchas veces éramos nosotras mismas las encargadas de mantener el tribunal abierto. Habíamos aprendido a vigilar a las demás con una severidad que jamás aplicábamos a ellos. Cogí una botella de agua.

—¿Qué dices tú, Alicia?

—Nada, hija. Ya sabes cómo son estas —Alicia me miró y sonrió—. Aunque de ti sí que sabemos poco.

Mala señal. Levanté la vista. Eso me pasa por intentar socializar.

—¿Ah, sí? — una de las mujeres soltó una risita. Las conocía a la mayoría,  pero no por sus nombres, la del Celedonio, la Pollina, la de la Juani, la madre del médico. 

—Pues claro. Cincuenta y cuatro años y aquí estás.

—¿Aquí dónde?

—Sola —ahí estaba. No tardaron ni tres segundos.

—¿Nunca te has casado?

—No.

—¿Y novio?

—Tampoco.

—¿Pareja en Madrid?

—No.

—¿Nunca has traído a nadie al pueblo?

—No.

Se miraron entre ellas. Yo seguí colocando las cuatro cosas en la cinta de la caja.

—Pues hija...

Otra intervino.

—¿No serás de esas...?

Dejó la frase suspendida. La miré.

—¿De cuáles?

Bajó la voz.

—Ya sabes.

—No. No sé —Claro que sabía, pero la obligué a verbalizarlo.

—De esas invertidas.

Tuve que contener una carcajada.

—¿Invertidas?

—Sí, mujer.

—¿Y eso qué significa?

Ahora sí se hizo silencio. La mujer se puso colorada.

—Pues... que te gustan las mujeres.

—Ah —miré las estanterías, aguantando la risa.

—No.

—Entonces algo raro habrá.

Aquello me hizo sonreír.

—Probablemente —Alicia soltó una carcajada.

—Déjala, mujer. La doctora siempre ha sido un poco suya.

La doctora. Otra vez. Me giré hacia ellas.

—No soy doctora.

—Ya estamos —dijo Alicia.

—Licenciada en Psicología.

—Pues eso.

—No, no es eso.

—Para nosotros eres la doctora Navarro.

Me rendí. Era más fácil discutir sobre mi orientación sexual que explicarles la diferencia entre una licenciatura y un doctorado. Pagué la compra. Cuando salí, pensé que quizá aquello era lo más parecido a una radiografía social del pueblo.

Aquí nadie preguntaba si eras feliz, preguntaban si estabas casada. Nadie quería saber qué habías conseguido, querían saber con quién dormías. Y si no había nadie, empezaban las teorías. Sonreí.


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He vuelto a casa con la sensación de haber pasado el día dentro de una conversación que llevaba años produciéndose sin mí.

Hablaré con Sergio. Necesito saber qué ocurrió en aquella casa de Madrid, sin involucrarme demasiado, necesito averiguar qué demonios estaba buscando alguien anoche en mis tierras.

Cada vez tengo más preguntas y menos respuestas.


Os leo mañana.

¿Vosotros qué creéis que están ocultando?


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© Gemma entre lecturas, 2026


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