Lo que se llevaron. Cap. 8. Dr. Navarro
Me he levantado inquieta. No sé por qué, bueno, sí lo sé, pero todavía no quiero reconocerlo. Desde que le mandé las fotografías a Jesús no he vuelto a recibir ningún mensaje suyo. Nada. Ni un gracias por mandarme las fotos como te dije. Ni un «ya lo he visto». Ni siquiera un «luego hablamos». Me preocupalo justo, porque sé que ha estado conectado. Lo he visto. Varias veces.
He abierto WhatsApp casi sin querer —eso me digo— y ahí estaba su última conexión, después apareció en línea. Desapareció. Volvió a conectarse. Como si estuviera leyendo. Como si estuviera pensando qué contestar. Como si hubiera empezado a escribir y después hubiese decidido borrar lo escrito. La última fotografía es la de la puerta del garaje.
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Esta mañana no he podido aguantar más y le he vuelto a mandar un mensaje.
Jesús, necesito que te pongas en contacto conmigo.
Ha estado el alcalde en tu finca valorando los daños y, según parece, va a solicitar una serie de indemnizaciones y ayudas. También han estado Iván, Raúl y Rubén. Supongo que estarán valorando los daños para trasladárselos al Ayuntamiento.
Me gustaría que te pusieras en contacto conmigo. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en decírmelo. De esto también se sale. Sé que tiene que ser un golpe enorme encontrarte la casa así después de el dinero y la ilusión que habías puesto en ella.
No te preocupes. Ya verás cómo el Ayuntamiento consigue las ayudas y poco a poco podremos salir adelante.
Un abrazo.
He esperado. No demasiado, diez minutos, lo he visto conectado y los puñeteros vistos azules. He esperado otros cinco. Nada. Ha aparecido el «escribiendo...». Ha desaparecido. Ha vuelto a aparecer. Otra vez nada. Después se ha desconectado.
Y ahí me he quedado yo, mirando una pantalla como una idiota. Han pasado dos horas. Después tres. No sé qué pensar. ¿Está en shock? Puede. Jesús no ha perdido una casa, con su piscina y su garaje, ha perdido algo mucho más complicado. La casa era, en cierto modo, su manera de regresar.
Su padre había sido el molinero. Bueno, decir «el molinero» ahora resulta casi anecdótico. El molino llevaba décadas cerrado cuando yo era pequeña y ya apenas quedaba de él algo más que las piedras y una historia que los mayores contaban de vez en cuando. Su padre fue de tradición familia molineros, él era conocido por otras cosas. Por las mujeres. Por el vino. Por desaparecer durante días. Por vivir como si las obligaciones fueran algo que siempre correspondía a los demás. La madre de Jesús cuentan que era una santa, de esas mujeres que envejecen demasiado pronto, siempre cansada, siempre esperando. Jesús tuvo dos hermanos. Una hermana que murió muy joven, según contaban, después de una gripe que se complicó y un hermano al que diagnosticaron esquizofrenia cuando apenas tenía dieciocho o diecinueve años.
Durante años se habló de que era una enfermedad provocada por el ambiente familiar. No sé si aquello tenía algún fundamento o era una de esas explicaciones que los pueblos necesitan para entender lo que no comprenden. Jesús fue el que salió adelante o el que aprendió a parecer que salía adelante. Su madre murió cuando él tenía ocho años y, a partir de entonces, la familia terminó de romperse. Su padre iba de un lado para otro, malvendió las tierras, se deshizo de lo que pudo, y Jesús acabó marchándose con unos tíos que vivían en otro pueblo y que no tenían hijos.
Venía en verano. Estudiaba fuera. Trabajaba fuera. Cada vez estaba un poco más lejos de aquí, pero no terminó de desprenderse del pueblo, necesitaba demostrar algo. Quería recuperar lo que sentía que le habían quitado, tiene esa especie de resquemor que se percibe en su mirada. Aquí no fue Jesús, ni fue del todo «el hijo del molinero», cuando su padre se hizo conocido por sus correrías, pasó a ser «el hijo de aquel».
Las malas lenguas llegaron a decir barbaridades. Que si iba con unas y con otras, mientras su hermana agonizaba y luego, más tarde, mientras su madre moría con la única compañía de Jesús; que si pagaba a mujeres del pueblo, que si hacía esto o aquello... Sabemos cómo funcionan los pueblos. Una historia empieza siendo cierta, después alguien le añade una frase, otro le pone una segunda y, al cabo de veinte años, qué hay de cierto.
Recuerdo a Jesús cada verano, había algo en él, una incomodidad, una especie de necesidad de demostrar que había conseguido algo. Cuando empezó a construir aquella casa, entendí muchas cosas. No era una casa. Era una respuesta. Una manera de decir, mirad dónde he llegado. Ahora no queda más que vacío.
Y si por eso no responde, han vuelto a ganar los de aquí. Los mismos que durante años se burlaron de él por las andanzas de su padre. Los mismos que nunca le permitieron dejar de ser el hijo del molinero. Y ahora, cuando por fin había conseguido regresar con una casa que era casi una declaración de intenciones, se la encontraba convertida en ceniza. No sabe qué decir para no delatar su estado de ánimo, está demasiado enfadado, puede que esto haya aumentado todavía más su rencor hacia la gente del pueblo.
¡Ay, madre del amor hermoso!
Acabo de decirle que han estado rondando los restos de su finca.
¡Uff!
Estoy sembrada. ¿Por qué no pensé antes en esto? Porque estaba molesta. Porque me sentí ofendida cuando no contestó a mis mensajes. Una reacción bastante poco profesional para alguien que se pasa media vida explicando a los demás que no todo silencio significa rechazo. Y ahí está mi vulnerabilidad.
Qué fácil es analizar a los demás cuando no eres tú quien está esperando una respuesta. Te entiendo, Jesús. Ahora sí. Quizá no querías hablar conmigo porque no sabías qué decir. Quizá estabas enfadado. Quizá necesitabas tiempo para asumir que la casa que construiste para regresar a tus raíces ya no existe. Después de tantos años intentando demostrarles a los de aquí que eras algo más que el hijo del molinero, ahora tengas la sensación de que han vuelto a ganar ellos. Y yo voy y te escribo que han estado rondando tus cenizas.
Magnífico, Navarro. A veces una debería pensar antes de escribir. Ahora será él quien se haga la misma pregunta que llevo días haciéndome yo. ¿Por qué estaban todos tan interesados en su finca? El alcalde. Iván. Raúl. Rubén. Me he quedado unos segundos mirando el teléfono.
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Después he escrito a Sergio.
¿Sabes algo de la sangre?
La respuesta ha tardado unos minutos.
Buenos días para ti también.
He sonreído cursiva y negrita, será provocador. Ese hombre tiene una capacidad extraordinaria para hacerme sentir que tengo cinco años cuando me escribe.
¡Buenos días! ¿Ya tenéis los resultados?
Esta vez ha tardado algo más.
Todavía estamos esperando confirmación del laboratorio.
¿Pero sabes ya si es sangre humana?
Natalia...
¿Qué?
Sí. Es sangre humana.
Me he quedado mirando la pantalla. Los tres puntos han aparecido. Han desaparecido. Han vuelto a aparecer.
Creemos que sí. Pero necesito la confirmación genética antes de decirte nada.
He sentido un pequeño escalofrío.
¿Y las cámaras?
Algunas funcionan. Otras no.
Qué conveniente.
Eres malaaaa...
¿Habéis averiguado dónde estuvieron?
Esta vez la respuesta ha sido inmediata.
Sí.
He esperado, pero le gusta incordiarme.
¿Y?
Estuvieron en un hotel durante una semana. Estamos hablando con el personal.
¿Tuvieron problemas?
Todavía no lo sabemos.
¿Y el marido?
Estamos reconstruyendo sus movimientos.
¿Tenía antecedentes?
Nada que nos permita explicar lo ocurrido.
Me he quedado callada unos segundos. Después he escrito:
Sergio, ¿tú crees que mató a su mujer y a sus hijos?
Tardó. Mucho. Cuando apareció su respuesta, fue mucho más corta de lo que esperaba.
Creo que algo ocurrió en esa casa. Y creo que todavía no sabemos ni la mitad.
El teléfono vuelve a vibrar. Sergio.
Antes de que desaparezcas —escribe—, hay una cosa más que quizá te interese.—¿Qué?
Tarda unos segundos. ¿Qué está haciendo? O me escribe o qué termine lo que sea.
El marido.
¡Oye, ¿vas conduciendo o qué?! ¿Qué pasa con él?
Ja,ja,ja. El pueblo no te sienta bien, doctora. Estamos tirando del hilo de sus empresas.
Frunzo el ceño.
¿Qué empresas?
Tiene unas cuantas. Demasiadas para alguien que, en teoría, lleva una vida bastante normal. Y aquí viene lo interesante: muchas no tienen una ubicación física clara. Algunas aparecen registradas en direcciones donde no hay ninguna actividad. Otras cambian de domicilio constantemente. Mueven cantidades importantes de dinero, pero cuando intentamos averiguar qué hacen exactamente...
¿Nada?
Nada de nada.
Me quedo mirando la pantalla.
¿Empresas fantasma?
Es una de las posibilidades.
¿Y la otra?
Que sean empresas utilizadas para mover dinero que no debería estar moviéndose.
Vale, pues más o menos lo mismo.
Eso ya cambia bastante las cosas.
¿Entonces ya no crees que haya matado a su mujer y a los chicos?
Tarda un poco más en contestar.
No estoy diciendo eso. Pero ya no estoy dispuesto a apostar por esa hipótesis.
¿Qué piensas?
Que podemos estar ante un ajuste de cuentas.
Leo la frase dos veces.
¿Por las empresas?
Por las empresas, por el dinero y porque hay algo que no me cuadra. Si este hombre hubiese matado a su mujer y a sus hijos, ¿por qué llevárselos?
No tengo respuesta.
En fin —continúa—. Si estuvieran muertos, lo lógico habría sido dejar los cuerpos allí y desaparecer. Si quería ocultar el crimen, habría limpiado la casa. No habría dejado sangre.
¿Crees que se los llevaron vivos?
Esta vez Sergio tarda bastante en responder.
No lo sé, Natalia. Malherido..., o la sangre sea de él, de la mujer...
Hay muchas combinaciones. El tipo mató a los que fueron a por él y su familia, y se llevaron los cuerpos...
Eso hace aguas por todos los flancos. Pero te compro que fueron a por él, alguien quiere algo de ese hombre.
¿Dinero?
Puede.
¿Documentación?
También.
¿Información?
Eso también.
Me quedé callada, ¿estaba conmigo o estaba a por uvas? Silencio. Siento un pequeño escalofrío. Por una vez el silencio me molestó.
Quizá querían llevárselos con ellos hasta que él les entregara lo que fuese que les pertenece.
¿Y después?
Ya veremos si aparecen.
¿Y eso, doctora?
No me tomes el pelo, Sergio, ¿para que llevárselos si están muertos o moribundos? Dijiste que había mucha sangre, pinta mal, además, con qué pueden amenazarle..., fue él, típico caso de violencia de género.
Ahí está mi doctora.
Deje el teléfono sobre la mesa. No me gusta que me llame doctora, ¿en quéhora se lo conté? Vuelve a vibrar.
Una cosa más.
¿Qué? ¿No tienes que hacer cosas de madero?
"Madero" eso es antiguo hasta para ti. No publiques nada de esto.
Miré la pantalla. Sonreí sin ganas.
¿Me estás dando una orden?
Te estoy conociendo desde hace cuatro años, sé que una orden contigo sirve para conseguir lo contrario. Y por eso mismo, ten cuidado, Navarro.
He dejado el teléfono sobre la mesa. Dos casos. Dos casas.
Necesito caminar. He decidido bajar a casa de Julián. Necesitaba salir. Necesitaba ver gente. Bueno. «Ver gente» quizá sea demasiado. Necesitaba ver a Maite. Y pasaear con el ganado. Los animales tienen una ventaja sobre las personas, nunca esperan de ti una conversación que no quieres tener. Además, quiero preguntarle por Luisa. Y, dentro de este pueblo, Luisa era la persona que menos me agotaba.
He cogido las llaves. Antes de salir he mirado otra vez el teléfono. Ningún mensaje de Jesús. Nada. He guardado el móvil en el bolsillo. No voy a buscar respuestas, hoy no, mañana. El problema es que conozco demasiado bien esa frase. Cuando me digo que voy a dejar de buscar algo, significa que ya estoy obsesionada con encontrarlo.
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Os leo mañana.
Y decidme una cosa, ¿vosotros qué pensáis que sucedió en aquella casa?
© Gemma entre lecturas, 2026
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