Los que miran hacia otro lado. Cap.6. Dr. Navarro
Anoche tuve mi primer comentario. Después de cinco días escribiendo y viendo cómo las visitas oscilaban entre nueve, diez y once personas, apareció por fin alguien al otro lado.
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«¿Vas a dejar de hacer reseñas literarias en tu blog?»
No. En absoluto. De hecho, me hizo gracia que esa fuera la primera pregunta, esperaba algo más truculento y oscuro, relacionado con lo que os estoy contando.
Este blog nació en 2021 por una razón bastante sencilla, estaba cansada de leer reseñas vacías. Me fijé en algunas cuentas literarias que entonces tenían muchísima repercusión y me encontré con algo que me decepcionó bastante. La mayoría de las veces lo que llamaban reseña era la sinopsis del libro escrita con otras palabras y, después, una colección de adjetivos. Maravilloso. Precioso. Imprescindible. Una lectura inolvidable.
Maravilloso, demasiado maravilloso y cuando terminaba de leer aquellas reseñas me preguntaba qué había leído la persona que las había escrito. En alguna ocasión tuve la sospecha de que no mucho. Sinopsis. Adjetivos. Cinco estrellas. Fin.
No me interesa. A mí me interesa saber qué me puede hacer una historia. Qué me provoca. Qué hay debajo de ella. Qué dice de sus personajes. Qué dice de nosotros. Supongo que estudiar Psicología tuvo algo que ver. Así que no, señor o señora desconocido que acaba de aparecer por aquí, no voy a dejar las reseñas. Seguiré hablando de libros. Seguiré mirándolos desde ese lugar que me ha interesado, entre la literatura y la psicología.
Esto de ahora es otra cosa. Esto es una manera bastante extraña de hablar con alguien sin tener que hablar con nadie. Me resulta mucho más sencillo escribirle a una pantalla que mantener una conversación de diez minutos con una persona. Sergio diría que eso demuestra que estoy más loca de lo que creo. Dejemos a Sergio para otro momento.
Y ahora, si os parece, vuelvo a lo que está ocurriendo aquí. Sobre las doce, apareció Iván. No sé si la palabra adecuada es aparecer, se plantó delante de mi puerta.
—Ya que estás aquí, podrías echar una mano —lo dijo como si llevara toda la vida esperando encontrarme disponible.
—¿Con qué?
—Con las cenizas. Hay que limpiar las calles —miré hacia el pueblo. Todavía quedaban pavesas acumuladas en los bordes de las casas, en las cunetas y contra las paredes.
—Claro.
—¿Has salido esta mañana?
—Un poco.
—¿Por dónde? —qué le importaba por dónde, por aquí, por el pueblo, por casa de Jesús, ¿esa última era la inquietud?
—Por mis tierras.
—Ya —se quedó callado unos segundos—. Es peligroso andar sola por ahí.
—No estoy sola. Tengo a Mastín y Alemán —les echó una ojeada rápida.
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No me pareció una amenaza, más bien un advertencia. No tenía ningún problema en ayudar. Lo que me molestaba era la forma. Como si mi presencia allí me convirtiera automáticamente en alguien que tenía que justificar por qué estaba ocupando un espacio que, según algunos, pertenecía a los que habían permanecido durante el incendio. No dije nada. Iván se marchó, su rostro inmutable, frío como siempre. Cogí mi mascarilla, una mochila con agua y dejé a Mastín y Alemán bien provistos de agua y comida.
Y recordé algo. Los perros. Los de Pedro. Me había enterado el día anterior, por el ir y venir de vehículos y por el ruido que había en la entrada del pueblo. Habían muerto. ¿Todos‽ O casi todos, me dijeron, pobres los desgraciados que sobrevivieron al infierno, pensé.
Pedro tenía una caseta donde mantenía hacinados a sus perros de caza. Treinta, quizá cuarenta. No he sabido cuántos, ni ellos lo saben, ni creo que él lo sepa. Dependía de la temporada, de los que se escapaban, de los que aparecían nuevos y de los que desaparecían. La caseta tenía techo de uralita, una puerta y poco más. Ninguna persona sensata consideraría adecuado para tener animales. Había denunciado aquello más de una vez. De distintas maneras. Incluso de forma anónima. No había ocurrido mucho. Bueno, sí. Alguna vez aparecía alguien de la Guardia Civil. Miraba. Hablaba con Pedro. Y se marchaba.
Mala suerte la de aquellos desdichados peludos, había algún parentesco por medio. Un primo. Un cuñado. Un hermano. En los pueblos los árboles genealógicos son eficaces para explicar por qué determinadas cosas no terminan de suceder. No se trata de que me molesten los perros de caza. Me molestaba la situación en la que estaban.
Desde mi casa, a kilómetros, se podían escuchar los ladridos y los aullidos por la noche. Y el olor... El olor llegaba antes que los ladrilos.
Ahora estaban muertos. Pedro llevaba toda la mañana, desde las ocho, subiendo y bajando con una furgoneta. Habrá hecho una fosa y echado cal, no sé si es cierto, no sé siquiera dónde está para poder echar un ojo, pero eso hacen por aquí. Solo lo vi pasar. Una vez. Dos. Tres. Con la misma expresión. Como si estuviera transportando sacos de pienso, no cuerpos, no perros. Sacos.
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Me quedé mirándolo desde el porche, pensé de nuevo en Raúl. No sé por qué. Quizá porque desde que había hablado con él no conseguía quitármelo de la cabeza. Raúl siempre había tenido algo extraño con los animales.
Lo curioso es que no recuerdo con claridad aquellas escenas de Raúl con las ranas, las ratas o los conejos. Algunas las he reconstruido con los años, a través de lo que me han contado otros. De niña sí estaba con él en el río, y recuerdo las sensaciones, el miedo, la tensión, la repulsión, aquella necesidad de quedarme quieta y mirar hacia otro lado. Las imágenes se vuelven borrosas cuando intento colocarlas en un momento concreto.
Quizá porque los animales fueron creciendo y también cambiaron las circunstancias. Cuando Raúl empezó a acompañar a los hombres de caza, yo ya no estaba allí, lo que sé de aquellas escenas me llegó después, contado por otros. Quizá por eso mi memoria no conserva las imágenes, sino algo mucho más difícil de borrar, la sensación que dejaron en mí.
¿Por qué todo parece conducir al mismo sitio? ¿O persona? El incendio. Las tierras. La casa de Jesús. El cortafuegos. Las rodadas. Los hombres que aparecen y desaparecen. Y ahora los perros. Me estoy dando cuenta de que estoy haciendo lo que critico en Antonio. Estoy construyendo una historia y después buscando piezas que encajen en ella.
Una conspiración. Sonreí. Antonio estaría orgulloso de mí. Quizá solo sean perros muertos. Quizá solo sea un incendio. Quizá solo haya demasiadas casualidades. El problema es que las casualidades, cuando empiezan a acumularse, tienen la mala costumbre de parecerse demasiado a otra cosa, eso recita Sergio, y no le falta razón.
Por la tarde volví a casa, sucia y agotada. No tenía intención de escribir, pero acabé delante del ordenador. Escribí unas líneas sobre el comentario. Después otras. Y otras. Cuando terminé, miré las estadísticas. Once visitas. Sonreí. Once personas, o seis y cinco veces yo. No importa. Había alguien al otro lado., por lo menos una persona.
Me dispuse a cerrar y entró una notificación. Otro comentario. Lo abrí. Solo decía: «Yo tampoco dejaría de escribir». No sabía quién era, no tenía foto, ni nombre reconocible, solo una cuenta que no conocía. Me quedé mirando la pantalla. Qué tontería. Un comentario anónimo en un blog no debería significar nada, pero notaba esa sensación incómoda que nace en la boca del estómago. Lo cerré. Durante unos segundos pensé que ya estaba.
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El móvil vibró. Una segunda notificación. Un comentario. «A veces es mejor no contarlo todo». Me quedé quieta. ¿Por qué demonios había sincronizado las aplicaciones con el correo, los mensajes y toda aquella parafernalia?
Volví a abrir el blog. Lo leí dos veces. Después, una tercera. No había ninguna amenaza. Ni siquiera estaba segura de que tuviera algo que ver conmigo. Podía ser una frase cualquiera. Alguien recomendándome que no desvelara demasiado pronto mis sospechas. Alguien que estuviera leyendo aquello como lo que, en realidad, parecía ser, un thriller. Una estupidez. Una broma. Lo borré. Mejor dicho, no sé por qué, pero antes de cerrar la página hice una captura y lo dejé estar. Supongo que los psicólogos también tenemos nuestro sexto sentido o intuición.
Esa noche dormí mal. A las tres de la mañana me desperté. No había perros, me di cuenta con pesar que desde que había vuelto no me desperté con los ladridos, sentí una punzada de dolor. Los perros de Pedro no estaban, los míos tampoco, se los llevé a Julián, no quería dejarles solos y que sucediera algo. Me sentí más sola que nunca y más triste que de costumbre. «Le diré a Julián que me traiga los perros».
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Pensaba que el silencio era agradable, comprendí que no. Demasiado silencio. Me incorporé en la cama. Escuché. Nada. Volví a acostarme. Entonces lo oí. Un golpe. Seco. Después otro. Me levanté. Miré por la ventana. Nada. Solo la oscuridad. Me puse las gafas. Nada. Esperé. Otro golpe. Esta vez más lejos. Como si alguien estuviera golpeando una piedra con una herramienta metálica. Cogí una chaqueta y bajé. No salí.
Me quedé detrás de la puerta. Esperando. Entonces vi una luz. Muy débil. No era la luz blanca de un teléfono. Era amarillenta. Una linterna pequeña. Se movía entre las cenizas. De un lado a otro. Me quedé paralizada. La figura estaba agachada. Buscaba algo. No parecía mirar las rodadas del tractor. Tampoco se acercaba a la casa de Jesús. Se detenía. Removía. Miraba. Avanzaba unos metros. Volvía a agacharse.
Pensé en llamar a la Guardia Civil. Después pensé en Sergio. Después en que no quería meter a Sergio en aquello. Después que sí. Después que estaba exagerando. La persona podía estar buscando cualquier cosa. ¿Está en tus tierras, imbécil? Por la noche y como un ladrón. No busca un animal, en el incendio se soltaron caballos, burros, vacas, ovejas y cabras, tendrían alguna posibilidad si eran libres, pero ¿quién busca animales como ese tipo? ¿Por qué me engaño? Un objeto perdido, es más coherente. Podría haber salido a comprobar que no quedaran rescoldos, esto último me convenció durante tres segundos. La persona llevaba una mochila, una vara y algo más, que no distinguía.
Esperé. La figura se acercó unos metros. Después otros, hacia mi casa. Cogí el teléfono. No marqué ningún número. La figura se detuvo, parecía mirar hacia la casa, sentí un escalofrío. Salió corriendo. ¡¿No pudo verme?! No había dicho ni una palabra, a no ser que tuviese el oído muy fino y escuchara mi respiración acelerada y mi corazón saliéndome por la boca. No había hecho ningún ruido. Echó a correr.
Me quedé mirando cómo desaparecía entre los árboles. No podía decir quién era. No podía decir si era hombre o mujer. No podía decir si era alguien del pueblo. El no parece una constante en mi vida.
A la mañana siguiente volví a leer la conversación del blog. La frase seguía allí. A veces es mejor no contarlo todo. La borré. Mejor dejar de escribir durante unos días, a los cinco minutos, descarte la idea, escribir me ordena la cabeza, al menos me permite fingir que la tengo ordenada, pero me preocupa el tipo de anoche y ante anoche.
Y si no era Raúl..., entonces ya no sé quién estaba allí. Los perros no ladraron. Ni siquiera gruñeron, los perros conocen a mucha gente del pueblo. Conocen a Iván. A Raúl. A Rubén. A Pedro. A Julián. A casi todos. ¿Quién del pueblo puede acercarse a mi casa sin que los perros lo consideren una amenaza? Esa lista es bastante más corta. Demasiado corta.
No sé si debería contaros esto. Pero ya que estamos... Esta tarde he vuelto a ver a Pedro, subía por la carretera. La furgoneta vacía y ese olor..., ¡dios mío! He cerrado la ventana. No le vi bajar. Esta historia parece que la escriben los hombres, diréis, ¿en tu pueblo no hay mujeres?
Sí, muchas, destacaría a una, Luisa. No la he visto desde que llegué. Eso sí que me parece extraño, Luisa está donde hace falta, con el tractor, con la excavadora, con el camión, con las manos llenas de grasa y el mono de trabajo. Nadie la considera una mujer. La consideran uno de ellos, por eso no había reparado en su ausencia, ahora que lo pienso... ¿Dónde está Luisa?
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«Le diré a Julián que me traiga los perros». No, mejor ahora, sí, parezco una paranoica.
—Tráeme a los perros —hubo un silencio al otro lado.
—¿Ahora? Son las 5:30 de la mañana.
—Sí, ahora, pareces despierto.
—Natalia, están con el ganado. No les pasa nada.
—Ha vuelto a estar aquí —esta vez no discutió.
—Vale. Te los llevo esta tarde.
—¿No puedes antes?
—Estás obsesionándote con esto.
—Puede ser, pero prefiero obsesionarme con alguien dentro de mi finca que descubrir mañana que tenía razón —se rio.
—Sigues siendo la misma.
—Y tú sigues pensando que existe una explicación sencilla para los casos complejos.
—Porque la tiene.
—Pues tráeme a los perros.
Colgué.
Os leo mañana.
¿Qué haríais si descubrierais que alguien está entrando por la noche en vuestra propiedad y no supierais qué está buscando?
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© Gemma entre lecturas, 2026
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