Los que tienen motivos. Cap. 5. Dr. Navarro
Por la tarde, decidí tomar cartas en el asunto. No sé qué me ha llevado a hacerlo, quizá el cansancio de darle vueltas a lo mismo, quizá la conversación con Julián, quizá las rodadas del tractor atravesando mis tierras hasta llegar a la casa de Jesús y convirtiendo mi mundo en un daño colateral. ¿Con qué derecho? O necesito saber qué está pasando. Porque allí ocurre algo, no sé qué, pero ocurre.
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He decidido acercarme a la casa de Jesús. No voy sola, voy con Mastín y Alemán. Sí, ya sé que no tengo demasiada imaginación para poner nombres a los perros. Apareció un mastín y lo llamé Mastín. Apareció un pastor alemán y lo llamé Alemán. No hay ninguna historia detrás. Ni homenaje, ni simbolismo, ni nada parecido. Cuando los vi, pensé que eran Mastín y Alemán y así se quedaron.
La verdad es que me siento mucho más segura con ellos. Gracias Julián. Van delante, detrás, se paran, olfatean, miran hacia los lados. No necesitan que les diga qué hacer. Están pendientes de mí y, al mismo tiempo, pendientes de lo que ocurre alrededor. Debería aprender de ellos.
Al llegar a donde estaba la antigua cerca de propiedad privada, vi cómo el tractor de Iván bajaba por la cuesta en dirección al pueblo. Iván. Las tierras altas de la finca de Jesús le pertenecieron antes a él, o mejor dicho, a su suegro, que las malvendió para pagar una letras de un préstamo. Otro interesado. Esto empieza a parecer una reunión de agraviados alrededor de una casa que ya no existe.
Un poco más adelante distinguí a alguien alejándose por el camino. Llevaba una vara en una mano y una mochila a la espalda. No podía verle bien la cara. Por la forma de caminar habría dicho que era Rubén, pero no me gusta asegurar cosas cuando no estoy segura. Rubén pertenece a la misma pandilla. Iván, Raúl, él… los de toda la vida.
Con Rubén nunca me llevé bien. No ocurrió nada concreto, no congeniamos. Yo me acercaba y él se alejaba. Yo saludaba y él parecía encontrar algo mucho más interesante que mirar a su espalda. Así desde que éramos adolescentes. Julián decía que quizá yo le gustaba. Siempre pensé, pienso, aque no me soportaba.
Lo observé mientras se alejaba. La corpulencia, la cabeza siempre inclinada hacia el suelo, esa manera de caminar como si llevara algo que le pesara dentro. Podría ser él. No estaba lo bastante cerca para asegurarlo, pero algo en sus movimientos me resultaba familiar. Si era Rubén, ya tenía a tres hombres que, por un motivo u otro, habían mostrado interés por estas tierras: Iván, Raúl y él. Los tres conocían el campo. Los tres sabían manejar un tractor. Los tres habían estado relacionados, de una manera u otra, con aquel supuesto cortafuegos. Y ninguno parecía tener demasiado interés en contarme qué había ocurrido.
Lo curioso era que yo no recordaba que ninguno tuviera problemas conmigo. Con Jesús, quizá. Conmigo, no, o eso creía. Esa última duda hizo que no apartase la mirada de Rubén mientras se alejaba por el camino.
Seguí caminando. Cada vez estaba más convencida de que aquello era una pésima idea. Lo cual no me hizo dar la vuelta. Esto demostraba en la malas condiciones mentales que me encontraba.
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Entrar en la casa de Jesús fue más complicado de lo que esperaba, la estructura estaba destrozada. Desde la entrada observé el desastre. Todo estaba negro. No oscuro. Negro. Las paredes, el suelo, lo que quedaba de las vigas... Todo cubierto de hollín y ceniza. No quedaban muebles. Ni puertas. Ni apenas objetos que permitieran reconocer aquella casa.
No soy bombero, ni arquitecta, ni experta en incendios, pero algo no cuadraba. Había visto las casas y las fincas quemadas del pueblo cuando bajé a la tienda de ultramarinos. Había visto árboles quemados, tejados dañados, fachadas ennegrecidas. Aquello era diferente. El fuego había devorado la casa desde dentro.
—Debería preguntárselo a Sergio.
Lo dije en voz alta. Los perros me miraron.
—No.
No quería llamarlo. No quería involucrarme en lo que fuese que tuviera entre manos. No quería que apareciera Sergio con esa forma suya de mirar como si ya supiera la mitad de las cosas antes de que yo hubiera terminado de contarle la primera. Y, sobre todo, no quería volver a Madrid. Era lo que me convenía, pero no quería. Todavía no. No quería abandonar la casa del pueblo, ni a mis perros. No quería empezar a pensar en asesinatos. Yo había venido aquí para desaparecer.
Entré un poco más. Lo poco que vi estaba desordenado, los muelles de lo que parecía un sofá, delante de la chimenea, los platos y los vasos, más bien los restos, desperdigados por aquí y por allí. Mastín se quedó atrás. Alemán avanzó dos pasos y se detuvo. Gruñó. Me giré.
—¿Qué pasa? —Alemán volvió a gruñir.
Ladró dos veces. Se quedó mirando hacia una puerta lateral. Mastín no quería avanzar, se quedaba detrás de él, como protegiendo su trasero. Eso sí que me preocupó. Los perros no suelen equivocarse. Bueno, sí. Son perros. Se equivocan, pero no cuando los dos hacen lo mismo.
—Vale —retrocedí—. Nos vamos.
Por una vez decidí hacer caso a alguien, aunque fueran dos perros. Salí de la casa y avancé unos metros. Entonces vi al alcalde, ¿había salido de la casa o se dirigía a ella? ¿Qué hacía allí?
—¿Qué haces aquí, Natalia?
—Podría preguntarte lo mismo —sonrió.
Me explicó que estaba valorando los daños y estudiando qué ayudas podían solicitarse desde el Ayuntamiento y cuáles podrían llegar de la Diputación. Asentí. Lo normal. Lo lógico. El alcalde era más de ordenar que de hacer el trabajo sucio. De los que señalaban dónde había que limpiar mientras procuraban no mancharse el traje ni los zapatos de ceniza. No me imaginaba metido entre ruinas, removiendo escombros o levantando piedras. Además, ¿qué había que valorar allí? Vista una casa quemada, vistas todas. Devastación, ceniza, vigas ennegrecidas y poco más.
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No valoraba los daños de la casa. Evitaba las paredes. El tejado. Los árboles. Miraba la puerta del garaje. No era una mirada distraída. La observaba fijamente, durante demasiado tiempo.
Seguí la dirección de sus ojos. La puerta estaba ennegrecida y deformada por el calor. Según las malas lenguas, aquel garaje ocupaba casi tanto como la propia casa. Tenía bodega, sala de juegos, sauna y hasta una habitación del pánico. Nunca había sabido cuánto había de verdad y cuánto de imaginación pueblerina en todo aquello. Pero ahora, mirando al alcalde, empecé a pensar que quizá había algo más.
—¿Qué había ahí dentro? —pregunté.
El alcalde tardó un segundo más de lo normal en responder. Ese segundo me pareció demasiado largo.
—No lo sé. No he venido nunca —dijo el alcalde, señalando hacia lo que quedaba de la casa de Jesús—. Menuda desgracia.
Se quedó unos segundos mirando.
—Aunque Jesús siempre ha sido un poco así.
—¿Así cómo?
—Humilde no es —tuve que contener una sonrisa.
—Sus raíces son de aquí, eso sí. Sus padres eran de aquí, sus abuelos también. Pero él... él siempre ha sido un señorito de Madrid —no respondí—. Venía los fines de semana, aparcaba el coche y parecía que venía a inspeccionar el pueblo. Siempre mirando por encima del hombro.
—Quizá era solo...
—No, no. Yo lo conozco —aquello parecía importante para él.
—Una vez acudí a él por un problema que tuve con las ovejas.
—¿Qué problema?
—Querían ponerme al lado una finca con perros de esos que se llevan ahora.
—¿Perros?
—Sí. Unos perros enormes. Perros checoslovacos o algo así... Yo qué sé. Una historia de esas que vienen de no sé qué programa del Ministerio para recuperar no sé qué especie de llobos —se encogió de hombros—. El caso es que querían ponerlos al lado de mis ovejas.
—Y acudiste a Jesús.
—Claro. Él es abogado. Pensé que sabría decirme si aquello se podía bloquear.
—¿Y qué te dijo?
El alcalde soltó una risa seca.
—Que podía hacer algo legalmente.
—¿Eso fue todo?
—No. Me dijo que no tenía tiempo y que me atendería uno de su empleados —hizo una pausa—. Sí. Un mindundi.
No pude evitar mirarlo.
—¿Un mindundi?
—¿Yo voy a pedir ayuda a Jesús y me manda a un mindundi?
—Quizá era un buen abogado.
—Me da igual —se volvió hacia la casa—. Desde entonces, para mí, Jesús siempre ha sido el señorito de Madrid.
No dije nada. Otro más. La lista aumentaba. Empezaba a preguntarme, ¿en serio se guarda tanto rencor como para aprovechar un incendio forestal y quemar una casa y medio monte?
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El alcalde tenía una cosa curiosa. Le molestaban los de fuera. Todos. Lo decía con una convicción que resultaría enternecedora si no fuera porque sus hijos hacían lo mismo que aquellos a los que criticaba. Sus hijos vivían y trabajaban en Madrid. Venían al pueblo los fines de semana, cuando podían y durante las vacaciones. Como yo, como Jesús y otros tantos. La diferencia, según él, debía de estar en alguna parte que todavía no había conseguido descubrir. Me tenía una especie de consideración cordial, de vez en cuando, necesitaba algo de mí, el valor que nos otorgaba dependía de lo que élpudiese sacar. Un favor, una opinión, una recomendación. Nunca se sabía. No creo que supiera lo de Sergio y, si lo sabía, jamás me lo había mencionado. Yo tampoco había hablado de ello. No tenía ningún interés en hacerlo, de hecho, solo Julia conocía mi relación con él.
El alcalde tenía una peculiar manera de conversar. En sus frases había alguien importante, un ministro, un empresario, un juez, el hijo de alguien, un amigo que conocía a alguien que podía hacer algo. Nunca era una amenaza directa. No hacía falta. Le bastaba con dejar caer las cosas.
—Esto ya se lo he comentado yo a...
—No te preocupes, porque conozco personalmente a...
—Si esto no se arregla, tendré que hablar con...
Después sonreía. Yo escuchaba. A veces incluso le daba la razón. No porque estuviera de acuerdo, sino porque había aprendido que determinados egos funcionan mejor cuando reciben un pequeño suministro de admiración. A este tipo de personas les gusta sentirse poderosas. Les gusta que les recuerden cuánto tienen, a quién conocen y cuánto podrían conseguir si se lo propusieran. Yo puedo ser muy buena escuchando, después de todo, llevo años haciéndolo.
—Tú eres una mujer inteligente, Natalia —me decía.
Yo sonreía. Él seguía hablando. Y mientras hablaba, yo observaba. Era lo único que tenía en común la consulta con el pueblo, la gente habla mucho cuando cree que la estás escuchando y casi siempre termina diciendo algo que no pretendía decir.
El alcalde volvió a mirar hacia la casa de Jesús. Esta vez no dijo nada, volvió a mirar la puerta del garaje. Yo al alcalde. Tenían que considerar que Jesús escondiera algo.
—Cómo se nota que han venido los de Madrid —lo dijo muy serio, mirando hacia el camino—. Estoy deseando que se vayan. Están siempre por medio. Aquí, allá, donde vayas te los encuentras.
No dije nada. Yo estaba en medio. Los de Madrid. Empezaba a cansarme aquella expresión. En el pueblo parecía haberse convertido en una categoría social. Los de aquí y los de Madrid. Los que se quedaron y los que se fueron. Los que ayudaron y los que, según algunos, huyeron. El alcalde siguió hablando.
—Además, ahora tenemos otro problema. Se me murió un galgo.
No sabía qué tenía que ver un galgo muerto con los de Madrid, pero con el alcalde nunca estaba demasiado segura de por dónde iba a salir la conversación. El alcalde era así, le gusta escuchar su propia voz. Le gustaba contar a quién conocía, dónde veraneaban sus hijos, quién tenía una finca, quién había cenado con un ministro, quién tenía dinero y, sobre todo, quién tenía influencia.
—El que me lo regaló —continuó—, el ministro.
Claro. El ministro. No recuerdo cuál. Me lo había dicho otras veces, pero mi memoria tenía la desagradable costumbre de eliminar determinados nombres cuando no me interesaban lo suficiente.
—El que vive en Jaén. Tiene una finca de toros bravos.
Asentí como si aquello aclarara algo.
—Me ha mandado otros dos labradores —hizo una pausa—. De color chocolate —no sabía qué responder, no sirvo para simpleza y sé que esperaba una—. Son preciosos —añadió—. Mini y Miti.
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Miré a mis perros. Mastín y Alemán estaban sentados a mi lado, observándolo. No parecían impresionados por la aristocracia canina del alcalde.
—El problema —continuó— es que estos perros tuyos molestan.
—¿Mis perros?
—Cada vez que pasáis cerca de mi casa los míos se ponen a ladrar, los tuyos gruñen y ya los míos no paran.
Miré a Mastín. Después a Alemán. Los dos seguían mirando al alcalde.
—Es que tienen buen oído —dije por no parecer demasiado lerda.
—Pues que ladren menos los tuyos.
—Eso tendrás que negociarlo con ellos.
No sonrió. El alcalde no sabía cuándo estaba bromeando. Yo no sabía bromear. Se quedó mirando hacia la carretera.
—Los de Madrid... —otra vez—. Siempre igual. Vienen, se meten por todas partes y luego se marchan.
Pensé en Jesús. En su casa. En la piscina que acababa de construir. En el garaje. En las tierras. En Raúl. En Iván. En Rubén. En las rodadas. Y en aquella casa calcinada. No dije nada. Empezaba a tener la sensación de que el incendio no había terminado de quemar lo que tenía que quemar. Y por eso había tanta gente empeñada en seguir removiendo las cenizas.
Miré de nuevo hacia la casa. La puerta del garaje seguía allí. Negra. Deformada, pero firme. Intenté imaginar qué podía haber detrás. Conociendo a Jesús, más cosas de las que cualquiera necesitaría en una vida. Aquel garaje era casi una cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones: grande como media casa, con bodega, sala de juegos, sauna y, según las malas lenguas, hasta una habitación del pánico. Lo que me preocupaba no era saber qué podía guardar allí. Lo que me preocupaba era que demasiada gente pareciera tener algo contra él y saber demasiado de su vida privada.
Raúl resentido por no contratarlo para la obra. Iván tenía sus propios motivos para estar molesto. Rubén rondaba por allí sin dar demasiadas explicaciones. Y ahora el alcalde. Quizá ninguno de ellos tuviera un motivo suficiente para querer verlo arruinado. El problema no era descubrir quién tenía motivos para odiar a Jesús, porque estaba claro que los que manejaba los plenos del Ayuntamiento y las decisiones importantes, le tenían una guardada y poder para aburrir en aquel pueblo de 200 habitantes censados. El pequeño ecosistema de poder del pueblo.
Y Jesús era uno de nosotros. De los que se iban. De los que volvían. De los que nunca terminaban de pertenecer. Ese era el problema.
No sé qué ocurrió en esa casa, empiezo a pensar que saben lo que hay que buscar. Y yo acabo de meterme en medio.
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Os leo mañana.
¿Y ahora qué hago? ¿De quién desconfiaríais?
© Gemma entre lecturas, 2026
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