Cómo escuchar
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Cómo escuchar. Sabiduría clásica en tiempos de dispersión de Plutarco
Edición de Daniel Tubau
Editorial Rosamerón
Para las redes sociales
La escucha como refugio interior: por qué necesitamos volver a Plutarco
Vivimos hiperconectados, pero cada vez escuchamos menos. Nos abalanzamos sobre la réplica sin dejar que la palabra respire, atrapados en el piloto automático del ego y de la prisa. Por suerte, los grandes dilemas de nuestra dispersa modernidad ya fueron diagnosticados hace dos milenios. En su obra Cómo escuchar (recuperada por Daniel Tubau y editada por Rosamerón), Plutarco nos enseña que saber hablar exige, como condición ineludible, aprender a escuchar.
Lejos de ser un tratado árido, este libro es una joya psicológica que nos invita a frenar, a despojarnos de la fanfarronería y a entender que nuestra propia razón debe convertirse en la nueva autoridad frente a los deseos desatados. Conecta la sabiduría clásica con el psicoanálisis y nos recuerda por qué la naturaleza nos dio dos orejas y una sola lengua.
Una lectura necesaria y reveladora para reconectar con el valor del silencio, la pausa y el verdadero aprendizaje. ¿Te animas a descubrirlo?
¡Feliz lectura!
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Notas
"Para saber hablar es preciso saber escuchar"
No se puede decir más claro, quizás más alto, pero esta es la regla de oro.
Estoy tan de acuerdo con la introducción, que me ha gustado muchísimo, autores que no llegarán a ser bestsellers pero es de obligada, no me gusta este termino, necesaria lectura: Plutarco, Cicerón y Séneca, a este último lo he leído más, por una cosa o por otra, sale bastante mencionado en mis textos. Plutarco se le ha acusado de no alcanzar la elegancia de otros autores, el decía:
"Pues si bien es propio de los que hablan el no descuidar en absoluto una elocución placentera y convincente, el joven ha de preocuparse de ello lo menos posible, al menos al principio..."
Comprensible, la casa se empieza por los cimientos no por el tejado. Cómo escuchar fue concebido en los años de madurez de Plutarco.
"Su propia razón deberá convertirse en la nueva autoridad" "La ausencia de alguien que te ponga normas que algunos jóvenes, por falta de formación, toman por libertad, como dejar libres sujeciones a los deseos, los pone como dueños y señores, aunque más severos que los maestros y pedagogos de cuando éramos niños"
Cuando Plutarco señala que "su propia razón deberá convertirse en la nueva autoridad", está describiendo el tránsito hacia la madurez donde los controles externos —las normas, los límites y las figuras de autoridad que durante la infancia y la juventud organizaban nuestra conducta— deben ser internalizados. Ya no se trata de obedecer por el miedo al castigo o la búsqueda de la aprobación externa, sino de que el propio aparato psíquico (la capacidad reflexiva, el juicio crítico y la autoconciencia) sea capaz de contener los impulsos y guiar la acción de manera consciente.
En la segunda frase advierte del peligro que acecha en esa transición, confundir la emancipación con la impulsividad. Esa supuesta libertad que celebran los jóvenes —entender la ausencia de normas como un "dejar libres las sujeciones a los deseos"— no es verdadera autonomía, sino esclavitud interna. Al retirar los límites externos sin haber construido aún una estructura interna sólida, los propios apetitos, impulsos y deseos insaciables se convierten en tiranos mucho más crueles y severos que cualquier maestro o pedagogo de la infancia. La falta de autorregulación y contención emocional no libera a la persona, sino que la deja a merced de sus propias pulsiones, convirtiendo la mente en una cárcel donde los deseos desatados gobiernan sin oposición. En definitiva, Plutarco nos recuerda que la verdadera libertad psicológica exige la disciplina de la razón; sin ella, la supuesta autonomía se vuelve contra uno mismo.
"... solo viven como quieren quienes han aprendido a querer lo que deben; en los impulsos y las acciones ineducados y carentes de raciocinio hay algo innoble y en quien cambia muchas veces de intención algo de ruín"
Es una lectura fascinante de cómo entendían ya los antiguos el profundo impacto neurocognitivo y emocional que tiene el entorno verbal en el desarrollo del cerebro infantil y juvenil. Me pasaría todo el rato subiendo frases e ideas o reflexiones, os animo a leer esta obra.
Desde una perspectiva psicológica, la metáfora de Jenócrates que rescata Plutarco tiene una base muy sólida. El cerebro en desarrollo —y en especial durante la infancia y la adolescencia— carece todavía de un córtex prefrontal maduro, que es la estructura encargada del pensamiento crítico, el filtro lógico, la metacognición y el control de impulsos. Por eso, las palabras, los discursos y los estímulos verbales del exterior no entran a través de un filtro neutral; penetran de forma directa y moldean las conexiones neuronales mediante la plasticidad cerebral, interiorizándose como patrones de pensamiento, prejuicios o formas de relacionarse con el mundo.
Proteger los oídos de los niños y jóvenes frente a la desinformación, la agresividad verbal o las palabras "viles" no es un acto de censura ingenua ni de sobreprotección frágil, sino una medida de higiene mental y emocional. Es crear un entorno protegido de incubación mientras se consolida esa "salvaguarda de la filosofía" o, en términos actuales, las herramientas del pensamiento crítico. Solo cuando el aparato cognitivo ha madurado lo suficiente como para analizar las premisas, contrastar la información y detectar sesgos, la persona puede escuchar la discordancia o la falsedad sin que esta colonice su estructura psíquica. En definitiva, lo que entra por los sentidos construye el criterio; cuidar el alimento que recibe la mente es el único camino para que, el día de mañana, la razón pueda ejercer como autoridad.
Es tan importante hablar con uno mismo, escucharse, tan natural y de gran importancia en el desarrollo humano, ya lo dijo Piaget, ya lo dijo Vygotski, pero antes de ellos Plutarco, "... creo que está bien que uno discurra sobre el escuchar, tanto consigo mismo como con algún otro".
ES TAN IMPORTANTE APRENDER A ESCUHAR COMO APREDER A HABLAR
"Y dicen que la naturaleza nos ha dado a cada uno dos orejas y una sola lengua porque debemos hablar menos que escuchar"
¡Ay!, qué se puede añadir, ¿no es de rabiosa actualidad? Y los que interrumpen, también habla sobre ellos. Es fascinante cómo Plutarco anticipa lo que en la psicología moderna de la comunicación conocemos como escucha activa y regulación de la impulsividad conversacional. Desde una perspectiva psicológica, ese momento posterior a la intervención ajena es un terreno minado de sesgos cognitivos. Lo habitual, cuando discrepamos o nos apasiona el tema, es que mientras el otro habla no estemos escuchando, sino elaborando nuestra defensa, nuestra réplica o nuestra objeción en un segundo plano,. Esto en política está a la orden del día. Es el piloto automático del ego y de la reactividad, donde necesitamos cerrar el intercambio rápido para sentirnos seguros o ganar la partida dialéctica.
Dejar pasar ese tiempo de latencia antes de responder implica, en primer lugar, una inhibición de la respuesta automática. Al mismo tiempo, representa un respeto profundo por el proceso ajeno, reconociendo que el pensamiento no es un bloque estático, sino algo dinámico. Muchas veces, las personas necesitamos unos segundos de silencio tras hablar para matizar una idea, suavizar una frase desafortunada o darnos cuenta de que queríamos decir lo contrario, y abalanzarse con la réplica corta ese proceso de elaboración.
Como bien señala Plutarco, la falta de paciencia en la escucha destruye el diálogo simétrico, ya que quien interrumpe demuestra incapacidad para tolerar el vacío o la diferencia, convirtiendo la conversación en una lucha de esgrima verbal donde nadie escucha para comprender, sino para contraatacar o ser escuchado. El silencio aquí no es pasividad ni sumisión; es un espacio activo de contención, un acto de respeto profundo tanto hacia la mente del otro como hacia la propia serenidad mental para permitir que la palabra respire antes de ser juzgada.
"... es más necesario vaciar a los jóvenes de presunción y engreimiento que de aire a los odres si quieres verter de ellos algo útil..."
Plutarco traslada la noción de la empatía visual a la esfera del lenguaje y del pensamiento, anticipando de un modo extraordinario lo que la psicología contemporánea define como teoría de la mente y la capacidad de descentración. Solemos caer con facilidad en un fuerte sesgo egocéntrico al comunicarnos, asumiendo que nuestra visión de la realidad es objetiva y neutral, y juzgando el discurso ajeno con una osadía desmedida desde nuestra propia atalaya mental. Plutarco nos propone justo lo contrario, utilizar al interlocutor como un espejo reflexivo donde examinar la calidad, el tono y los efectos de nuestro propio pensamiento. Al ver reflejado en el rostro y en la respuesta del otro el impacto de lo que decimos, desactivamos la soberbia dogmática y cultivamos la prudencia. Nos recuerda que escuchar y hablar no son dos actos desconectados, sino un bucle continuo de retroalimentación donde cada palabra emitida revela nuestra propia estructura interna y nos obliga a ejercer un cuidado exquisito sobre el modo en que nos relacionamos con los demás a través del verbo.
LAS PREGUNTAS SENSATAS AYUDAN AL ORADOR A MOSTRAR LO QUE SABE
Los consejos que se encuentran bajo este epígrafe, me recuerdan a como preguntar a la IA.
Pitágoras decía, con la filosofía he ganado el no admirarme por nada. "Esto lo interpreta como no alabar ni apreciar nada, llevándolo al desprecio, tratando de alcanzar la distinción mediante el desdén".
Acudir a la escucha movido por el genuino deseo de aprender requiere un acto previo, despojarse del ego. Lo habitual cuando nos sentimos inseguros ante la competencia o la agudeza de los demás es activar mecanismos de defensa, como la fanfarronería, la altanería o la simulación de suficiencia, para camuflar nuestras propias inseguridades y el miedo al juicio ajeno. Plutarco, a través de los ejemplos de Cleantes y Jenócrates, nos muestra lo contrario, la verdadera fortaleza psicológica reside en la aceptación serena de nuestros propios límites cognitivos temporales. Os lo dice una disléxica.
Cuando uno es capaz de tolerar la frustración de ir a un ritmo diferente, de soportar la risa superficial de quienes se creen provistos de un talento innato y, sobre todo, de reírse de uno mismo con ligereza, se produce una liberación psíquica enorme. Esa capacidad de ironizar sobre la propia lentitud disuelve el peso del perfeccionismo y del qué dirán, abriendo el espacio mental necesario para que la curiosidad y el raciocinio fluyan sin interferencias. En definitiva, el verdadero aprendizaje solo puede florecer allí donde el deseo de comprender supera con creces la vanidad de aparentar.
Ojito, y es importante, "... unos por lentitud de espíritu, que son desagradables y cansinos, que cuando están a solas no están dispuestos a tomarse molestias, pero se las causan al orador preguntando muchas veces sobre lo mismo", esto se ve en las clases, una y otra vez la misma pregunta, se nota que no se leyeron el capítulo previsto, pero incordian al resto por no parecer menos.
La segunda parte es igual de interesante, El arte de escuchar... a los demás de Daniel Tubau.
"La neurociencia ha confirmado en gran parte las intuiciones de Macrobio y ha revelado que contar historias estimula la activación de hormonas como la oxitocina o las endorfinas... despierta sentimientos de empatía o entusiasmo..."
Qué voy a deciros sobre escuchar como terapia. La reflexión de Daniel Tubau pone de relieve el poder transformador de la palabra cuando encuentra un espacio de continencia adecuado. La decisión de Freud de colocar al paciente en el diván, retirando su propia mirada directa, no fue un capricho técnico, sino una estrategia magistral para minimizar el impacto del narcisismo y de la mirada del otro, facilitando que emerja la asociación libre sin la censura de la complacencia o el miedo inmediato al juicio. Al igual que el confesor tras la celosía o el sabio antiguo que sabe guardar silencio, el analista se convierte en esa pantalla neutra donde el sujeto puede proyectar sus contenidos internos más profundos.
Lo fascinante que señala el texto es la paradoja humana, a pesar de que muchos terapeutas a lo largo de la historia no hayan cumplido de manera ideal con los exigentes requisitos de la escucha activa que ya teorizaba Plutarco —pudiendo distraerse o flaquear en su atención—, el simple hecho de articular el discurso en voz alta ante alguien que representa una figura de acogida ejerce un efecto terapéutico colosal. Poner en palabras el dolor, la inquietud o el trauma reorganiza la experiencia psíquica. El consultante no solo se escucha a sí mismo a través de su propio relato, sino que experimenta el alivio fundamental de no estar solo con sus fantasmas, comprobando que el sufrimiento compartido y verbalizado pierde parte de su destructividad.
Me encanta la anécdota del juez japonés, os la dejo para que la descubrías. El caso de la orquesta en la República Federal Alemana, los prejuicios sobre las mujeres, ahí lo dejo.
Muy recomendable.






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