El fuego que no debía estar allí. Cap. 9. Dr. Navarro

 

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Llegué a casa de Julián pensando que encontraría los animales, a Maite dando órdenes, a Julián entrando y saliendo, a Ceci pidiendo dinero, benditos veinte años; esperaba algún comentario absurdo sobre el pueblo que me permitiera olvidarme durante un rato de Jesús, de Sergio y de las preguntas que llevo acumulando estos días, pero ya desde el camino supe que algo no estaba bien. Había visto el coche de Ceci, mejor dicho, lo que quedaba de él. Me detuve.

El coche estaba calcinado. Un árbol había caído sobre el capó y el metal había quedado retorcido bajo el peso del tronco. Me acerqué unos pasos. No sé cuánto tiempo permanecí allí. Mirándolo. Imaginando cómo había ocurrido y por qué Julián no me había dicho ni una palabra. 
 
Levanté la vista y miré las tierras. Las de Julián. Las que conocía desde niña. No quedaba mucho a lo que agarrarse. Todo quemado. Los árboles. Los pastos. Los cercados. La tierra negra. La ceniza. Sentí un vacío en el estómago. Julián me lo había ocultado, le pregunté varias veces, por el ganado,  las tierras, la casa y por ellas.

¿Por qué? Ni siquiera una de esas frases suyas de «no te preocupes, Natalia, esto no es nada». Esto sí era algo. Era mucho. Seguí caminando hasta la casa catalogando el desastre.

—¿Dónde está Maite? —Julián estaba sentado fuera, con los brazos apoyados sobre las rodillas. No contestó inmediatamente. Lo miré—. Julián.

Levantó la cabeza. Entonces lo vi. Tenía la cara de alguien que llevaba demasiado tiempo intentando no derrumbarse. ¿Había estado tan centrada en mis chorradas que no vi lo que tenía delante?

—Está en el hospital —sentí que algo se me cerraba dentro.
—¿Qué ha pasado?
—Ceci también.
—¿Ceci? —asintió.
—Tiene quemaduras de segundo grado en las manos y en las piernas.

Me quedé quieta.

—¿Cómo?
—Salieron de aquí cuando empezó el fuego —miré en la dirección donde encontré el coche.
—¿Ese coche? —Julián asintió.
—El árbol cayó encima. Tuvo que salir por el otro lado.
—¿Y Maite?
—Con ella.
—¿Está herida?
—No como Ceci, pero estaba con ella cuando la encontraron.
—¿Quién las encontró?
—Iván —sentí un pequeño sobresalto.
—¿Iván?
—Estaba haciendo el cortafuegos. Las encontró cuando intentaban salir, le sorprendió el fuego..

Me quedé mirando hacia las tierras. ¿Le sorprendió? El cortafuegos. Otra vez aquella palabra, últimamente aparecía demasiado.

—¿Y cómo llegaron hasta allí? —Julián negó con la cabeza.
—Intentaban llegar hacia la casa de Jesús —sentí un escalofrío.
—¿Hacia la casa de Jesús?
—Sí —No entendia—. El camino del pueblo estaba cortado por el fuego —continuó—. No podían bajar por allí. Así que intentaron subir, no había incendio en lo alto del monte, no había,  era la ruta más lógica.


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Miré hacia las tierras altas. No me cuadró. El incendio había llegado hasta mi casa, después había avanzado hacia la casa de Jesús y las tierras de Julián. Pero aquel fuego... ¿Aquel fuego había aparecido allí? ¿Justo allí? Me agaché y cogí un poco de ceniza entre los dedos. La dejé caer.

—¿De dónde salió? —Julián me miró.
—¿Qué?
—El fuego.
—Natalia...
—No tiene sentido —se hizo un silencio.
—¿Qué quieres decir? —señalé hacia arriba.
—Mi casa estaba antes. Las tierras altas están detrás. El fuego llegó hasta allí con una fuerza que no parecía tener cuando empezó —Julián no respondió—. Ceci termina en el hospital intentando escapar hacia la casa de Jesús —me incorporé—. ¿Por qué?

Julián bajó la mirada.

—No lo sé.

Pero lo dijo demasiado rápido, lo conocía desde niña, sabía cuándo no sabía algo y cuándo prefería no decirlo.

—¿Dónde está Maite ahora?
—Con Ceci.
—¿Está consciente, Ceci? —negó con la cabeza—. ¿Y Maite? 
—A ratos.

Aquello me golpeó en el pecho, era lo más parecido que tenía a una familia. Maite. Ceci. La mujer que siempre parecía estar en todas partes, que no paraba quieta, la que sabía quién había comprado qué, la que escuchaba las conversaciones sin que nadie se diera cuenta, la que conocía cada movimiento del pueblo, ahora estaba en un hospital. Inconsciente. Y Ceci tenía las manos y las piernas quemadas. Miré otra vez hacia el lugar donde estaba el coche. Pensé en Iván. En Raúl. En Rubén. En el alcalde. En Jesús. En el supuesto cortafuegos. En las rodadas que atravesaban mis tierras y en aquel fuego que, por alguna razón, había avanzado justo hacia aquí.

Demasiadas casualidades empiezan a dejar de parecer casualidades.

Me senté junto a Julián en el porche y nos quedamos mirando el horizonte. No hablamos.
A esas alturas ya no sabía qué podía decirse. Había cosas que, cuando ocurrían, dejaban de admitir palabras. Al anochecer llamé a Mastín y Alemán y regresé a casa.

Encendí la luz de la cocina, dejé las llaves sobre la mesa y, en lugar de preparar algo para cenar, saqué un mapa del Valle del Tiétar. Lo extendí sobre la mesa. Necesitaba verlo desde arriba. El incendio había comenzado en Sotillo. Eso lo sabía. El segundo día, empujado por el viento, había avanzado con una fuerza que nadie parecía haber previsto. Había respetado la M-501 en algunos tramos y, en otros, había encontrado caminos para atravesarla y continuar. Después había llegado hasta nuestro pueblo. Allí el trabajo de los vecinos y de los equipos de emergencia había conseguido salvar buena parte del casco urbano. El fuego había seguido después la línea de la carretera comarcal, avanzando por las zonas de monte.

Mi pueblo quedaba en una ladera más alejada de la carretera. Busqué mi casa en el mapa. Después la de Jesús. Después la de Julián. Las tres formaban casi un triángulo. Jesús ocupaba el vértice más alto. Me quedé mirando aquel dibujo durante unos segundos. Si el incendio había llegado hasta mi finca, después había alcanzado la de Jesús y, más tarde, había avanzado hacia las tierras de Julián, ¿por qué allí? ¿Por qué en la finca de Jesús el fuego había adquirido aquella violencia? No me refería a que hubiera ardido la casa, había cambiado, había cogido fuerza, velocidad, había sorprendido a quienes estaban allí. Después había continuado hasta encontrarse con el frente principal.

Cogí un lápiz y marqué el recorrido. Una línea. Después otra. Volví a mirar. No soy experta en incendios forestales. Ni mucho menos, pero había aprendido algo durante aquellos días, el fuego no hacía lo que quería. Dependía del viento, de la vegetación, de la pendiente, de la humedad, de aquello que encontraba a su paso. Así que había otra posibilidad, una que hasta ese momento no parecía razonable, el fuego que alcanzó mi casa no llegó desde dónde creía. 

¿Otro foco? Y si ese foco había comenzado en la finca de Jesús... Levanté la cabeza. Miré hacia la oscuridad que se veía desde la ventana. La casa de Jesús. El supuesto cortafuegos.
Las rodadas del tractor. La mancha marrón que Julián y yo habíamos encontrado entre las cenizas, ¿algún acelerante? 

Volví a mirar el mapa. Quizá estaba intentando construir un sentido donde no lo había. Eso también podía ocurrir, la gente que quiero tiene que sufrir por una razón,  no por el azar. Cuando una persona tiene miedo, el cerebro hace algo extraordinario, odia los espacios vacíos, las preguntas sin respuesta. Los rellena. Une puntos. Busca patrones. Convierte coincidencias en explicaciones porque una explicación, incluso equivocada, resulta menos insoportable que no entender nada. Lo sabía. Era psicóloga.

Si había sido un único incendio..., ¿por qué parecía que la finca de Jesús había sido el lugar donde el fuego había decidido detenerse un instante, coger aire y volver a lanzarse hacia nosotros? Apoyé el lápiz sobre el mapa. ¿Y si el incendio de Jesús no había sido una consecuencia? ¿Y si había sido el principio? ¿Cómo cambiaba la narrativa? 


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Volví a mirar el mapa. La casa de Jesús. Mi casa. Las tierras de Julián. Y ahora Ceci. Me quedé quieta.

Hasta aquel momento había pensado en ella como una consecuencia más del incendio. Una víctima, sí, pero una víctima del fuego. Una de esas desgracias que ocurren cuando algo se descontrola, pero ¿y si no era tan sencillo? Ceci estaba en el hospital. Maite también. Y si Ceci no sobrevivía...

Aparté el lápiz del mapa. No quería pensar en ello, pero pensé. Si alguien había provocado aquel incendio, aunque no hubiera querido matar a Ceci, ¿qué ocurriría si moría a consecuencia de las quemaduras? ¿Sería un asesinato? ¿Un homicidio? ¿Un accidente? ¿Otro daño colateral?

Me levanté y fui hasta la estantería donde guardaba algunos de mis libros de psicología jurídica. No tenía sentido buscar aquello allí, pero necesitaba hacer algo con las manos. Cogí el teléfono. Busqué. Era más rápido y preciso. «Muerte provocada por incendio. Responsabilidad penal». Empecé a leer.

No tardé demasiado en encontrar el artículo 351 del Código Penal. Provocar un incendio que comporte peligro para la vida o la integridad física de las personas podía constituir un delito muy grave. Volví a leerlo.

Después busqué incendios forestales. Luego imprudencia. Luego homicidio. Cerré varias páginas. No porque hubiera encontrado la respuesta, lo contrario. Había encontrado demasiadas preguntas. La ley no hablaba de «daños colaterales» como lo hacíamos nosotros cuando intentábamos explicar una desgracia. Hablaba de conductas, de peligros, de consecuencias, de intención, de imprudencia. Y de responsabilidad.

Me quedé mirando la pantalla. Ceci no era una cifra. No era una consecuencia inevitable del incendio. Era una persona. Una chica que había salido de casa intentando salvarse y que había terminado en un hospital con quemaduras de segundo grado. Y si alguien había decidido prender aquel fuego... Tragué saliva.

La pregunta no fuera quién había provocado el incendio, que sí, alguien tendría que responder por cada una de las personas a las que aquel fuego había alcanzado, quizá descubriendo el porqué,  encontrará el quién. Miré otra vez el mapa. Y marqué con una cruz la casa de Julián. Después la mía. Después la de Jesús.

¿Vosotros qué pensáis?
Os leo mañana.
Natalia.




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© Gemma entre lecturas, 2026

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