Escenas de una infancia
Escenas de una infancia de Jon Fosse
Entre fragmentos y relatos pasé el fin de semana con Jon Fosse. Qué gozada reencontrarme con su mundo interior ❤️🩹
Para las redes sociales
Escenas de una infancia de Jon Fosse, es una lectura sobre la fragilidad humana, los vínculos familiares y esas emociones contradictorias que a menudo no sabemos gestionar. Aunque los primeros textos no terminaron de atraparme, El pelo de Line cambió mi percepción de la obra. En él encontramos a un adolescente dividido entre el amor que siente por su padre y la vergüenza que le producen sus rarezas y limitaciones. Un conflicto psicológico muy interesante, marcado por la necesidad de encajar y el miedo a la mirada ajena. Su padre, con sus momentos de apatía, sus migrañas y su vulnerabilidad, nos muestra que detrás de determinados comportamientos puede existir un sufrimiento que no siempre sabemos reconocer.
En Ya puede venir el perro, Fosse juega con nuestras emociones y nos hace compartir la rabia del protagonista ante la posibilidad de perder a su animal. Dos relatos que provocan sentimientos muy distintos, pero que tienen algo en común, la capacidad de mostrarnos cómo el amor, el miedo, la vergüenza y la ira pueden convivir dentro de nosotros.
Una prosa de ritmo particular, repeticiones y silencios que invita a detenerse más en lo que sienten los personajes que en lo que sucede. Una lectura desigual para mí, pero con escenas que dejan huella.
¡Feliz lectura!
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Conclusión
Escenas de una infancia de Jon Fosse, me ha parecido una lectura de emociones contenidas, silencios y pensamientos que se enredan hasta convertirse en una especie de laberinto interior. He de reconocer que los primeros textos no terminaron de atraparme. La muerte, el miedo a desaparecer, la familia y la fragilidad humana aparecen desde el principio, como preocupaciones que atraviesan la mirada del autor. Sin embargo, fue con El pelo de Line cuando empecé a conectar con lo que me gusta de Fosse.
En este relato encontramos algo interesante desde el punto de vista psicológico, la contradicción entre el amor que sentimos por alguien y la vergüenza que, en determinadas circunstancias, nos provoca su comportamiento. El protagonista quiere a su padre, sabe que es un buen hombre y reconoce cuánto se preocupa por él, pero al mismo tiempo le incomodan sus rarezas, sus limitaciones y la posibilidad de que los demás lo juzguen. Es un conflicto muy reconocible en la adolescencia, una etapa en la que la mirada ajena adquiere un peso enorme y en la que el deseo de pertenecer puede entrar en contradicción con los afectos más profundos.
La figura del padre despierta también una lectura conmovedora. Sus días de apatía, sus dificultades para desenvolverse y sus migrañas nos permiten imaginar a una persona que arrastra un sufrimiento que no siempre sabemos interpretar desde fuera. No podemos afirmar que exista un diagnóstico concreto, pero sí percibir una fragilidad física y emocional que condiciona su vida y también la relación con su hijo. Y quizá lo más doloroso para el protagonista sea descubrir que su padre, esa figura que debería representar seguridad, también puede llorar. La vergüenza que confiesa sentir ante sus lágrimas parece esconder algo más complejo, la dificultad de aceptar la vulnerabilidad de alguien a quien queremos.
En Ya puede venir el perro, Fosse cambia por completo el foco emocional. Nos introduce en una situación que va creciendo a través de la sospecha, la rabia y la imaginación del protagonista. Al principio parece que estamos ante un hombre enfadado con su perro, pero poco a poco entendemos que detrás de sus expresiones bruscas hay cariño y preocupación. La posibilidad de que el vecino haya matado al animal transforma ese enfado en una ira mucho más profunda. Y aquí el autor consigue que el lector termine participando de esa escalada emocional. También nosotros nos ponemos en guardia, compartimos su indignación y esperamos saber qué ha ocurrido.
El desenlace deja preguntas abiertas. ¿Qué pasó con el perro? ¿El protagonista se niega a aceptar su muerte? Fosse no parece interesado en ofrecernos todas las respuestas, sino en dejarnos dentro de la incertidumbre de sus personajes.
La presencia de la música, la guitarra, y la relación que puede establecerse entre ella y la escritura de Fosse. Su prosa tiene ritmo, repeticiones, cadencias y silencios. No es una lectura que avance por la acción, sino por el movimiento de los pensamientos y las emociones. En ocasiones, la ausencia de puntos y la acumulación de comas reproducen esa mente que no consigue detenerse, que vuelve una y otra vez sobre lo mismo, como sucede con el protagonista de El pelo de Line. La rumiación.
Al final, me quedo con esa capacidad de Fosse para mostrar las contradicciones humanas sin resolverlas por nosotros. La vergüenza de querer y, al mismo tiempo, sentirse incómodo; la rabia que nace del miedo a perder; la fragilidad de los padres cuando dejamos de mirarlos como figuras invulnerables. Son escenas pequeñas, pero detrás de ellas hay emociones muy reconocibles. Muchas veces, lo que más nos remueve no es lo extraordinario, sino aquello que sucede dentro de nosotros y que ni siquiera sabemos explicar, porque conocemos esas sensaciones.
¡Feliz lectura!
Notas
Vamos con las notas, he de reconocer que hasta que no llegué al relato de El pelo de Line, no disfruté de la lectura.
Los primeros cortos, porque no sé si se pueden llamar relatos, hablan de la muerte y la familia, la gran obsesión del autor, el miedo de un abuelo a la muerte, miedo a la propia muerte, un amigo muere de repente...
pág. 33, esta escena me recuerda a otra leída..., creo que Hermanos...
Interesante la guitarra, las vueltas que da, sí, Jon Fosse toca la guitarra, además del acordeón y el violín. De hecho, su relación con la música es muy estrecha y directa, en su juventud estuvo muy vinculado al rock y llegó a formar parte de una banda de música en su etapa joven en Noruega, antes de centrarse en la literatura y el teatro. Su estilo literario se caracteriza por el ritmo, la repetición, la cadencia y el silencio, muy musical.
"Siempre estoy de acuerdo con los que no están de acuerdo"
"Me hago fumador... y también que me ocurre algo bueno en el alma"
El pelo de Line
Nuestro protagonista se pasa el día rumiando, no deja de dar vueltas a lo que dirán los demás de su padre, a coincidir con Line y su bella melena. Decide no ir a comprar con él, porque se avergüenza de sus rarezas, que las tiene muy marcadas, pequeñas manías, o grandes como se quiera mirar, algunas incapacitantes, como salir de casa, otras menos inquietantes como comprarse americanas baratas un par de tallas más grande de la que usa. Pero estas rarezas, más alguna limitación como problemas para memorizar números, no convierten a su padre en un mal hombre, todo lo contrario, se preocupa por él, le quiere..., nuestro protagonista lo sabe, por eso la decisión que toma, le provoca esa rumiación, una disonancia cognitiva.
"Una de las cosas que más corte me dan es que mi padre tenga lágrimas en los ojos"
Me encanta especular con la situación que nos platea el autor, vamos a ello:
Los cambios de alegría y los días de letargo en el sillón que menciona describen de manera fiel un cuadro clínico compatible con una depresión crónica o un trastorno del estado de ánimo no tratado, ligado a dolencias psicosomáticas crónicas como las migrañas severas. El padre, la apatía profunda, el repliegue en el sillón, la incapacidad funcional para salir de casa o gestionar tareas cotidianas, la voz, el ritmo de sus preguntas recurrentes, como si estuviese dormido o sin energía. Las fuertes migrañas no son un mero detalle ambiental, este autor no da puntada sin hilo; en psicología de la salud, el dolor crónico altera la disponibilidad emocional y la tolerancia a los estímulos del entorno. Un padre con dolor crónico e incapacitante vive en un estado de agotamiento constante que reduce su paciencia, amplifica su tristeza y alimenta su aislamiento.
Para un hijo adolescente, este patrón es desconcertante, no hay un "villano" al que odiar, sino una figura frágil atrapada en su propio sufrimiento invisible, él mismo reconoce que a su padre le ha sucedido algo y por eso es como es. El letargo no es pereza; es el síntoma físico y emocional de un colapso interno. Puedes no estar de acuerdo.
Cuando el protagonista confiesa que lo que más vergüenza le da es ver lágrimas en los ojos de su padre, se revela una ruptura en la jerarquía natural de protección. Lo habitual es que el padre sea el pilar inquebrantable que sostiene al hijo frente al mundo. Aquí ocurre lo contrario, el padre muestra una gran fragilidad emocional. La rumiación constante sobre lo que dirán los demás, el miedo al qué dirán por las americanas grandes, las rarezas, responde a una etapa vital (la adolescencia) donde la pertenencia al grupo es vital, pero también a una hipervigilancia ansiosa. El adolescente experimenta una profunda culpa por avergonzarse. Sabe que su padre es un buen hombre, que le quiere y que se preocupa por él (el afecto es real y recíproco). Esa es la raíz de su disonancia cognitiva, el conflicto entre el amor leal y el rechazo automático o la incomodidad social. Desear que el padre "encaje" para no sufrir la burla ajena choca con el reconocimiento de su bondad, lo que le sumerge en un bucle de rumiación obsesiva y auto-reproche "¿Cómo puedo avergonzarme de alguien que me quiere y sufre?". Y esto está magistralmente tramitado en el relato con el texto largo y la ausencia de puntos, solo comas.
Ya puede venir el perro
"Puto perro", parece enfadado cuando va calle abajo detrás de su perro, pero no, quiere a su perro, por eso va calle abajo, pero no quita que se enfade y diga cosas que no siente. ¿Qué sucede si el vecino le mata al perro con una escopeta? Oyó algo parecido a un disparo, una mujer se lo confirma, mata muchos gatos, a mí me mató el gato, y ya salta el imagenio. Y según vamos leyendo, ¿cómo nos sentimos los lectores? Nos entra la misma rabia que a él. "Le voy a acuchillar el corazón", dice entre otras muchas frases, esto cala en el lector y mucho, nos ponemos en guardia, ¿sí o no?
Es curioso como dos relatos seguidos trasmiten diferentes emociones. "... ese puto bicho está muerto".
"No se habla más de los muertos", pero era un mataperros. ¿Qué pasó con el perro? ¿Se niega a reconocer la muerte del perro o todo lo que sucedió después?
¡Feliz lectura!











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