¿Leer o no leer?

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Vamos con una reflexión 





No es que La Pombo no lea, eso no fue exactamente lo que dijo o quizá no fue lo que yo entendí, ni que Bonete lea ciento cuarenta libros al año. Esa discusión ya estaba resuelta hace siglos en El conde Lucanor, en la fábula del labrador, su hijo y el asno Reseña : hagas lo que hagas, siempre habrá juicio.


No se trata de cuánto se lee, ni siquiera de qué se lee; ni de contar libros, ni páginas. Se trata de en qué se invierte el tiempo, y el tiempo, como el deseo, solo concierne a quien lo habita.


En mi caso, como en el de Bonete, profesión y pasión se sostienen mutuamente. Leo porque ahí se articula mi trabajo y mi placer. Mi cuñada no tiene tiempo para leer: baila. Yo no tengo tiempo para bailar: leo. No es jerarquía, es elección.


Lo que incomoda de las cifras ajenas no es su veracidad, sino lo que activan: comparación, culpa, sensación de insuficiencia, y, porque no, cifras o contratos o colaboraciones que se creen que existen. De ahí el negacionismo, que no discute datos, sino el malestar que esos datos despiertan.


Y quizá la pregunta de fondo no sea por qué alguien lee tanto, sino por qué sentimos que debemos justificarnos por la manera en que damos sentido a nuestro tiempo. 


Desde la psicología clínica, meternos en la vida ajena no es simple curiosidad: suele ser un mecanismo de regulación interna. Comparación social, sin ninguna duda, evaluar al otro nos ayuda a ubicarnos: voy bien / voy mal. Cuando la identidad es frágil o el propio proyecto vital no está claro, la comparación se vuelve constante y ruidosa. También podría ser lo que decía Carl Jung, Todo lo que nos irrita de los demás puede llevarnos a una comprensión de nosotros mismos, atribuimos al otro lo que no toleramos en nosotros: culpa, inseguridad, deseos no realizados. Criticar cómo vive el otro alivia momentáneamente el conflicto interno. Opinar sobre la vida ajena da una ilusión de orden. Si puedo juzgar, clasificar o corregir al otro, siento que el mundo, y yo dentro de él, es más predecible, yo no lo consigo, porque el otro miente, esto sirva para regulación de la autoestima, rebajar al otro (o cuestionar sus elecciones) puede funcionar como un parche narcisista: no me eleva de verdad, pero me calma.


Mirar hacia fuera distrae de preguntas más incómodas: ¿qué quiero?, ¿en qué gasto mi tiempo?, ¿qué estoy postergando? Y el juicio suele hablar más del que lo emite que del objeto juzgado.


¡Feliz Lectura!



PD: 

Voy con datos sobre mi año lector. Siempre he pensado, sin pruebas, solo como intuición, que los influencers literarios reciben camiones de libros de las editoriales. Y sí, eso despierta una envidia sana, si es que la envidia puede serlo.


Hubo un tiempo en que fantaseé con serlo, no por la visibilidad, sino por ese privilegio: vivir rodeada de libros, tener acceso constante a ellos. Pero para llegar ahí hace falta algo más que leer mucho; hace falta una diferencia, una voz, una constancia que no es solo pasión.


Quizá ahí esté el punto ciego de la crítica: no tanto en lo que el otro recibe, sino en lo que ha sabido construir para recibirlo.











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