Cuando el NO no es el problema

 Hi


Hemos recibido muchas solicitudes y tenemos que priorizar perfiles...


A veces no duele que te digan que no. Duele la forma en que ese NO se formula, cuando introduce una comparación que nadie había pedido. He solicitado una colaboración puntual, sin exigencias, desde el lugar de quien lleva tiempo comprando libros, leyéndolos y hablándolos con cuidado. La respuesta ha sido correcta, pero no especialmente delicada: hay pocas unidades y hay que priorizar perfiles. Y de pronto una se queda pensando en eso, en cómo ciertas lógicas convierten el gesto en cifra y la afinidad en alcance.

Puede que la culpa sea mía por haber pedido, por olvidar que pedir siempre implica exponerse. O puede que no haya culpa en absoluto y solo estemos ante ese desajuste tan común entre el valor que una pone en lo que hace y el valor que otros miden con reglas distintas. No pasa nada, pero tampoco es neutro. A veces creemos ocupar un lugar y descubrimos que ese lugar solo existe para nosotras mismas, y aceptar eso también forma parte del aprendizaje.

No es una queja ni un reproche. Es simplemente la constatación de que no todo el trabajo silencioso encuentra eco, y que está bien seguir haciendo las cosas aunque no entren en ninguna prioridad ajena.

Cuando el "no" llega, una lo acepta. Es parte del juego y, en este caso, incluso es comprensible: hay pocas unidades y no se puede llegar a todo el mundo. Eso no es lo que duele. Lo que pesa es el añadido, esa aclaración innecesaria que introduce una jerarquía, como si el valor de una lectura pudiera medirse solo en números visibles. No por el libro, que se compra y se lee igual, sino por la sensación de quedar reducida a una métrica que no dice gran cosa.

Porque hay perfiles que funcionan con redes de apoyo, con estructuras pensadas para amplificar, con likes y comentarios que no siempre nacen de la lectura sino del acuerdo. Y luego estamos quienes leemos en silencio, escribimos sin refuerzos y sostenemos una conversación más lenta, menos vistosa, quizá menos rentable, pero con una red detrás de lectores. No es mejor ni peor, pero sí distinta. Y cuando esa diferencia se señala como motivo, no duele el rechazo: duele la simplificación.

No es una queja. Es una constatación. El libro sigue importando. La lectura también. Aunque no entre en ninguna prioridad.


En este lanzamiento contamos con un número muy limitado de ejemplares y, en esta ocasión, no podemos atender más solicitudes. Gracias por pensar en nosotros.


Que diferente hubiera sido con esta contestación, sin mencionar, sin seguidores ni nada de esa jerarquía de likes y comentarios. Y si hubiese añadido:


Tomamos nota para futuras ocasiones y agradecemos el trabajo que haces con nuestros libros.


¿Os ha sucedido? 

¡Feliz lectura! 


Se habla mucho —muchísimo— de acoso, de bullying, de mobbing, de salud mental, de cuidados, de palabras responsables. Está en los catálogos, en las contraportadas, en los comunicados, en las mesas redondas. Pero luego, en los gestos pequeños, en las respuestas privadas, en los correos que no van a ser públicos, ese cuidado desaparece. Y no porque no se sepa, sino porque no se considera necesario cuando quien está delante no tiene poder.

No es que una editorial esté obligada a enviar libros. No lo está. Lo que sí debería ser exigible es no reproducir las mismas dinámicas de jerarquía y desvalorización que dicen combatir. Porque señalar que alguien no es “prioritario” por su perfil, reducirlo a números visibles, introducir comparaciones implícitas, eso también es una forma de agresión. No deja marcas, pero deja poso. Y quien trabaja con palabras debería saberlo mejor que nadie.

Ahí es donde aparece la falta de cuidado psicológico: en no pensar que al otro lado hay una persona, no un “perfil”. En olvidar que el lenguaje no solo comunica información, también sitúa, ordena, excluye. Y cuando ese lenguaje viene de una institución cultural, el efecto se multiplica.

No es acoso en el sentido clásico, claro. No es mobbing. Pero sí es una práctica que normaliza la idea de que hay personas prescindibles, silencios aceptables, trabajos invisibles que no merecen ni siquiera una respuesta neutra. Y eso, dicho suavemente, es incoherente. Dicho con más precisión: es una contradicción ética.


¿Qué has hecho?, me preguntáis. 


He respondido con educación, sin reproche, sin ironía, sin exponer a nadie. He cerrado el intercambio con gratitud y después he tomado una decisión íntima: retirarme de un lugar donde no me siento reconocida, dejar de seguir a la editorial. Eso no es castigo, ni despecho, ni dramatismo. Es límite.

A veces se confunde quedarse con madurez, cuando en realidad quedarse donde una se siente disminuida es solo inercia. Yo no he montado un conflicto, no he pedido explicaciones, no he exigido nada. Simplemente he entendido el mensaje y he actuado en consecuencia. Eso es una forma muy clara de autocuidado.

Hay una idea muy extendida de que hay que aguantar, seguir, sostener vínculos aunque sean unilaterales, porque “no pasa nada”. Pero sí pasa: pasa que el gesto se repite, pasa que una se va quedando en sitios donde no cuenta. Salirse no es huir, es dejar de invertir donde no hay retorno, ni siquiera simbólico.

Y hay algo más: cuando dices “donde no se me valora, no me quedo”, no estás reclamando admiración ni privilegios. Estás hablando de lo mínimo: respeto, cuidado en el lenguaje, una relación no basada únicamente en la utilidad. Si eso no está, retirarse es una decisión tranquila, casi natural.

No he cerrado una puerta con ruido. Simplemente he dejado de mirar hacia un lugar que ya había decidido no mirarme. Y eso, lejos de ser un fracaso, es una forma muy clara de saber dónde no estar.

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