Cumbres Borrascosas
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Cumbres Borrascosas de Emily Brontë
Traducción de Alejandro Pareja
Edita Edaf
La primera edición de Cumbres Borrascosas aparece en 1845 bajo el seudónimo de Ellis Bell. Durante años se leyó —y se vendió— como una novela romántica, pero basta una relectura adulta para que esa etiqueta empiece a resquebrajarse. La historia se abre con Lockwood, nuevo inquilino de la Granja de los Tordos, propiedad de Heathcliff. En una visita a Cumbres Borrascosas, su residencia, es recibido con una hostilidad casi grotesca por Cathy y Hareton Earnshaw. Desconcertado por ese clima de aspereza y rencor enquistado, Lockwood pide a Nelly Dean, ama de llaves, que le explique el origen de tanta amargura. Y lo que emerge no es una historia de amor, sino de daño acumulado.
Heathcliff llega a la familia Earnshaw como un niño adoptado, de origen gitano, marcado desde el inicio por el rechazo. El señor Earnshaw tiene dos hijos, Catherine y Hindley. Mientras Catherine y Heathcliff desarrollan un vínculo intenso, casi fusional, Hindley encarna el desprecio constante. Desde una lectura psicológica, Heathcliff crece sin pertenencia, sin contención y sin reconocimiento: el caldo de cultivo perfecto para una identidad construida desde la herida.
Catherine, atrapada entre el deseo y la conveniencia social, elige casarse con Edgar Linton. Su famosa confesión —“hay más de mí en él que en mí misma”— no es una declaración romántica, sino la descripción de una confusión: amar al otro porque funciona como espejo, no porque exista como sujeto separado. A partir de ahí, Heathcliff no ama: se venga. Acumula dinero en negocios turbios, regresa para destruir lo que siente que le fue arrebatado, se casa con Isabella —no por amor, sino como instrumento— y compra Cumbres Borrascosas cuando Hindley cae en la ruina. Su lógica emocional es clara: si yo sufrí, otros deben sufrir. Y, sin embargo, el sufrimiento no cesa.
Desde la psicología, Heathcliff es un personaje fascinante y devastador: baja autoestima, impulsividad, dominio absoluto de las emociones negativas, escasa empatía y una ética fracturada. Los celos, la inseguridad y la intolerancia al éxito ajeno lo empujan a ejercer poder mediante el daño. No hay redención, solo repetición. No estamos ante un héroe romántico, sino ante el retrato preciso de un maltratador emocional y físico.
Lo inquietante es que Emily Brontë no suaviza nada. No embellece la violencia ni la transforma en pasión noble. Fuimos nosotros, como lectores jóvenes, quienes lo hicimos. Idealizamos el amor desmesurado y pasamos por alto la miseria vital de los personajes. Confundimos intensidad con profundidad, obsesión con amor, destrucción con destino. Releer Cumbres Borrascosas desde la madurez —quizá desde una cierta ateísmo del amor y un agnosticismo del romanticismo— permite ver la novela como lo que realmente es: una crítica feroz al mito del amor absoluto. Aquí no hay salvación, solo herencia del trauma. El “amor” que no reconoce al otro como otro, conduce, inevitablemente, a la aniquilación.
Emily Brontë ya lo advirtió: no toda bestia se convierte en príncipe. A veces, simplemente deja más ruinas a su paso.
Leer, releer, es una forma de crecer.
¿Por qué leer este gran clásico? Porque no es una historia de amor: es una radiografía de la obsesión, el rencor y el daño cuando confundimos intensidad con amar.
Cumbres Borrascosas desmonta el mito del romanticismo ideal y muestra cómo un “amor” sin límites acaba en violencia y destrucción.
Leer este clásico es releerlo con ojos adultos: literatura feroz, psicológica y muy actual. En marzo comentamos, iré dejando frases impactantes y alguna cosilla psicológica 💯📚
¡Feliz lectura!
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