La hijastra

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La hijastra de Caroline Blackwood

Traductor: Íñigo Fernández Lomana

Editorial: Alba 

Número de páginas:112

Tiempo de lectura: 2h 35m









Una mujer en su treintena escribe y firma con la inicial "J" cartas sin destinatario concreto que nunca llega a enviar. Arnold, su exmarido, le pasa una pensión todos los meses despues de comprarle un lujoso apartamento con magníficas vistas en Manhattan. Allí vive ahora con Renata, la hija que Arnold tuvo en un matrimonio anterior, además de con Sally Ann, su propia hija, y con una interna francesa llamada Monique. Todas se llevan fatal, apenas se hablan. El abandono, la soledad y la ira que J. expresa en sus cartas contrastan con el silencio y la pasividad de su vida de encierro.






 

 


 

Primero redes y abajo mis impresiones:


Caroline Blackwood no escribe para entretener, sino para hacer una autopsia de la infelicidad. La hijastra, un libro breve, apenas 112 páginas, una novela con mucha profundidad, os lo aseguro. Lo que la hace fascinante es que nos obliga a habitar la mente de… ¿una villana? J es una víctima, pero de quién. Al sentirse abandonada por Arnold, proyecta todo ese dolor…, frustración convertida en ira, en los seres que tiene más cerca, sobre todo en los que relaciona directamente con Arnald. Esta novela abrió un doble debate, es cierto que está muy sesgado, solo contamos con las cartas que nunca manda J, donde habla de ella y su visión de la realidad, parece sincera, pero ¿cómo saberlo? Os dejo las conclusiones de los dos grupos. 

Primer grupo, Caroline Blackwood nos encierra en un apartamento donde el aire está viciado por la ira. La protagonista, incapaz de escupirle a la cara a su exmarido el dolor de su abandono, decide envenenar la vida de quienes dependen de ella. Es una cadena de infelicidad: Arnold abandona a “J”, "J" proyecta y las chicas absorben el impacto. No es solo una novela sobre una mujer difícil; es una lección sobre cómo el silencio frente al opresor se convierte en crueldad frente al inocente. "J" no es libre, es la carcelera de una prisión que Arnold le compró con vistas a Central Park.

Segundo grupo, un giro de tuerca fundamental que cambia por completo la perspectiva de la novela y nos obliga a mirar a Arnold con otros ojos. El análisis anterior estaba demasiado sesgado por la visión de "J", y ahí es donde reside la maestría de Caroline Blackwood, como lectores, al igual que en la vida real, no nos podemos quedar con lo que nos cuentan, hay que contrastar. La narradora nos manipula para que veamos a Arnold como el villano, cuando los hechos dicen otra cosa. Si Arnold no es el padre biológico de Renata y aun así la mantiene, le ha comprado un piso de lujo a su exmujer y se asegura de que no les falte de nada económicamente, el cuadro psicológico cambia radicalmente. Como ella no puede soportar su propia incapacidad para ser feliz, necesita convertir a Arnold en un monstruo. Si Arnold es "malo", ella tiene permiso para ser cruel con Renata y Monique. Es una forma de autojustificación: «Soy mala porque Arnold me obliga a serlo». Pero la realidad es que ella elige la amargura.

 

¡Feliz lectura!

 

Voy con la frases y reflexiones.

«… muchas veces lamentaba no ser una de esas personas que saben disfrutar de la vida a pesar de tener ventanas que dan todas al mismo patio opresivo de ladrillo amarillo. Y le decía a Arnold que para mí era importante la ilusión de estar por encima de las cosas. Arnold es un hombre inteligente. Como la mayor parte de los hombres inteligentes, a veces puede ser también muy cruel. Y ¿acaso hay algo más cruel que tomarse al pie de la letra lo que te dicen los demás?», varios puntos interesantes, el primero, nuestra protagonista no sabe disfrutar de la vida, prefiere vivir en sus ensoñaciones a que le muestren la realidad, pide cosas que en realidad no desea, porque cuando el hombre que la ama se las concede, le recrimina no sabe realmente lo que ella quiere de la vida. Retorcido. Un minuto. Ese ladrilla amarillento, ese muro que aborrece y luego añora, no genera la atmosfera claustrofóbica en la que nos adentramos. Caroline Blackwood, que fue esposa de Lucian Freud y de Robert Lowell, era una maestra en retratar la crueldad doméstica y la decadencia emocional.

            Si leéis a esta autora, deteneos en los espacios, una extensión de su angustia, de su depresión. Arnold de alguna forma puede estar diciendo, ¡aquí tienes lo que querías, ahora cállate! ¿Cómo es nuestra narradora? ¿Inconformista? ¿Por qué se pediría lo que no se quiere? ¿Por qué arremetes contra quien te da lo que pides?

«… pero yo siempre me pongo celosa y me las arreglo pata fastidiarla pidiéndole que baje a Sally Ann a una de esas tétricas zonas infantiles llenas de cristales que tanto abundan en Central Park», como podéis ve nuestra protagonista y narradora no tiene desperdicio, odia Monique, la criada francesa que contrato y envió su marido desde Francia. Solo la deja salir del piso con su hija Sally, le molesta que tenga correspondencia, que escriba, que haya alguien que espera por Monique. Sabe que es cruel, despiadada y despótica con ella, con su propia hija y con su hijastra, Renata, que tiene trece años,  pero no puede evitarlo. Se levanta con la firme decisión de remediar su comportamiento, pero luego… No la saca porque teme que disfrute más que ella, de la vida, de la gente, «… descubriría en la gente una magia de la que yo ya me he cansado. La sacarían a bailar y yo tendría que pasarme la noche sola, mirándola con envidia, como una carabina de otros tiempos». Reconoce sin tapujos que no piensa permitir que la estancia de Monique en Estados Unidos sea placentera.

            ¿Qué tienen en común su hija, Monique y Renata? Dependen de ella. Pero ¿por qué ese odio contra Monique? Entendemos lo de Renata, la odia porque su padre Arnold la ha abandonado, «La he convertido en el blanco de la furia que debería dirigir contra su padre».

            Recordad que es la versión de ella, pero incluso leyendo su versión se ve la carencia del relato, ¿es sincera?, ¿o nos manipula?, ¿es consciente de que nos manipula? Arnold es un mal hombre, pero ¿lo es? «Arnald nunca ha sentido nada por Renata», si su padre no siente nada, ¿por qué va a sentirlo ella? «Y la gran cláusula que se omite en todas las cartas de Arnold es una en la que se advierte de que solo podré disfrutar de su infinita generosidad mientras acepte tener a Renata bajo mi custodia y cuidado», ¿realmente se omite? ¿O no son las intenciones de Arnold y por eso no lo escribe ni lo dice? ¿Es demoledora la voz interior de nuestra protagonista? «Se lo está pasando pipa a costa de la trampa diabólica que me ha tendido».

            Esta insatisfacción que describe la autora, es tan vivida que me hace pensar que sufrió algo muy parecido. Sus personajes se abren en canal, si no la conocéis, animaos. Investigo un poquito, nacida en la alta nobleza anglo-irlandesa, heredera de la fortuna Guinness, creció en una mansión. Su infancia rodeada de lujos, pero un abandono emocional absoluto por dentro. Como Renata. Su madre, Lady Maureen, era famosa por su belleza y por una frialdad legendaria, curioso, tal y como nuestra misteriosa escritora de cartas a Fulanita. La describen como una mujer encantadora, pero ojito, no la pillases de cruz, porque podía ser cruel.

Escribe diseccionando esa parte que la gente pretende ocultar de cara a la galería. En La hijastra, la narradora nos muestra su lado más vulnerable, sus pensamientos más oscuros, pero señala de todo eso a Arnold, parece anestesiada por el dolor y la maldad de ese hombre egoísta. Caroline no creía en los finales felices, creía en la supervivencia, a menudo a través del cinismo o el alcohol, ¿qué pasó con la madre de Renata? Una ultima idea sobre la autora y su obra, al conocer la vida de Blackwood, ese «no saber disfrutar de la vida» toma más relevancia, todo es herencia. Caroline era una mujer que lo tenía todo, belleza, dinero, talento, maridos geniales, y, sin embargo, siempre se sintió en la periferia de su propia felicidad.

«Pero Arnold siempre le ha espantado la fealdad en las mujeres jóvenes. Para él es una violación de la naturaleza. Es superior a sus fuerzas, igual que cuando ve una flor con los pétalos llenos de bichos. También le encanta presumir de las mujeres que le rodean».

¿Cuándo dejó la protagonista de sentir ese cariño y devoción por su hija Sally? «Ahora mismo, en cambio, me resulta imposible comprender de dónde pude sacar el menos place empujando a mi hija en un columpio». Y mientras Renata, cocina bollos para calmar esa ausencia afectiva, llenando su vacío con bolos de sobre.

 

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Caroline Blackwood.  Nació en Londres en 1931, en el seno de la aristocracia angloirlandesa. Su padre, que murió cuando ella tenía trece años, era Basil Blackwood, cuarto marqués de Dufferin y Ava; íntimo amigo de Evelyn Waugh, formaba parte del círculo descrito en Retorno a Brideshead. Su madre, Maureen Guinness, era una de las cuatro herederas de las célebres cervezas Guinness. Sin embargo, Caroline, bohemia y desafecta, siguió otro destino que el que la familia le tenía asignado: a los veintidós años se casó con el pintor Lucien Freud, con el consiguiente escándalo por la «boda judía». Posteriormente se casaría con el compositor Israel Citkowitz y con el poeta Robert Lowell. El crítico Cyril Connolly, el guionista Ivan Moffat y el fotógrafo Walker Evans se contaron también entre sus relaciones. No fue solo, como la llamó su biógrafa Nancy Schoenberger, una «musa peligrosa», mecenas de artistas, maestra de la anécdota y gran bebedora: ejerció el periodismo y a partir de la década de 1970 se dedicó a la literatura. A su primer libro, For All That I Found Here (1974), que reunía ficción y no ficción, siguieron las novelas de corte autobiográfico La hijastra (1976; Rara Avis núm. 51), que ganó ese año el Premio David Higham a la Mejor Primera Novela, y La anciana señora Webster (1977; Rara Avis núm. 50).

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