Los kodokusha
Impresiones:
Primero las redes y luego las impresiones,
no descarto de esta novela una segunda lectura en grupo, para el curso que viene,
quiero trabajar algunos temas antes. Al lío.
Una novela profunda y
conmovedora. Logra capta esa esencia agridulce de la crudeza del abandono
frente a la ternura de la reconciliación. ¿Qué queda de nosotros cuando ya no
estamos? Las cosas personales de mi yaya están en una caja de zapatos, su reloj
de pulsera, su reloj de mesilla, su bote de colonia, su pulsera de energía…, de
mi padre, sus libros y una carpeta de papeles. Los kodokusha,
Milena Michiko Flašar nos sumerge en el corazón de Japón para explorar el kodokushi: el fenómeno de las
muertes solitarias. A través de una narrativa delicada, porque narra la crudeza
con un sentimiento y un respeto admirable, sin sangre, sin excederse en el
drama, la autora nos presenta una realidad que, aunque situada en Oriente,
funciona para mí; mi yaya murió sola, recuerdo aquella llamada, me descalzaba
tras llegar del hospital, cuando sonó el teléfono, unos minutos después de irme
sufrió el segundo infarto y nada pudieron hacer, aquello me marcó, ¿sufrió, no
sufrió, se sintió acompañada o sola? ¿Alguien la dio la mano? Mi padre murió rodeado.
Una novela sobre los vínculos y el perdón. Y por supuesto la soledad, la de la
muerte, pero también la otra, las personas que desaparecen antes de llegar su
hora, como mi abuelo y el alzhéimer, y como tantos otros. Como decía Woody
Allen, el miedo a la finitud puede paralizarnos, pero esta lectura nos invita a
lo contrario: a vivir de tal manera que habitemos en la memoria de alguien.
Porque, al final, la verdadera muerte no es el último suspiro, sino el olvido.
¡Feliz lectura!
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No somos nadie, diría mi
abuela si hubiésemos leído juntas esta novela, no somos nadie. Era su frase
cuando alguien le contaba que fulanito murió ayer o menganito hace unos días se
quedó dormido y no despertó más. No somos nadie.
La soledad. Tanta como personas.
«Otro día más a la
espalda y sin ser una carga…»
«De mi perfil le gustó
su “falta de encanto”» y añade un poco después de nuestro protagonista, «Eres
un donnadie y lo reconoces. Tienes las agallas de dejarnos en evidencia, a
todos los superhéroes», no busca impresionar, no busca el postureo, resulta
extraño encontrar a alguien así en el mundo. «¿Me está tomando el pelo?», normal
que se lo pregunte.
«Discutí largo y
tendido. Discutimos hasta bien entrada la noche…, desperté despejado y fresco»,
la pena es que no lo hiciese en vida, que no preguntase todas las dudas y aclarase
las heridas, los vacíos… Su padre era un hombre cruel, testarudo, pero también
les enseñó lo que significaba la perseverancia. Y en su primer kodokushi, recogiendo
los enseres de su padre, descubrió otro lado, no el oscuro, uno donde ese
hombre escribía poemas emotivos “la luna de otoño”.
«¡No te pases con el
culto a los antepasados! Acabarás perdonando al viejo y al final será el mejor
padre del mundo», el perdón es lo más valioso para la salud mental, mirar
hacía atrás y que no duela, olvidar no, pero perdonar sí, para avanzar, para
aligerar carga.
«Una persona no era una
sandia que dejabas tirada por ahí y ya está»
«… se hizo natural
hablar como si no estuviera ahí. Me parecía despiadado tratarla como un objeto
inanimado. Al fin y al cabo, lo que perdía no era el oído»
Me ha gustado muchísimo,
pero te deja un peso y un miedo como el de Woody Allen que dice que cuando descubrió
que era mortal cogió miedo a vivir. No quiero morir sola, sin que nadie se
acuerde de mí, porque si uno vive tras la muerte es en la mente de aquellos que
le aman.
¡Feliz lectura!









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