Los kodokusha


Los kodokusha de Milena Michiko Flašar 


Traducción Virginia Maza
Edita Editorial Mapa 

Páginas 271


SINOPSIS 

Los kodokusha es la última novela de Milena Michiko Flašar, una escritora austriaca de madre japonesa que alcanzó el éxito internacional con Ich nannte ihn Krawatte (Le llamé corbata. Ed. Siruela, 2015), libro que se ha traducido a varios idiomas y con el que ganó el Austrian Alpha Literature Prize en 2012. Los kodokusha, su tercer libro, es una novela de ficción que pone el foco en un fenómeno creciente en Japón conocido como kodokushi o muerte solitaria. En una sociedad tan fría y distante como la japonesa, cada vez más personas mueren en sus casas sin que familiares o amigos les echen en falta. Una realidad que nos muestra la importancia de fortalecer los vínculos interpersonales en una sociedad cada vez más individualista e hiperconectada digitalmente. 








Impresiones:


Primero las redes y luego las impresiones, no descarto de esta novela una segunda lectura en grupo, para el curso que viene, quiero trabajar algunos temas antes. Al lío.




Una novela profunda y conmovedora. Logra capta esa esencia agridulce de la crudeza del abandono frente a la ternura de la reconciliación. ¿Qué queda de nosotros cuando ya no estamos? Las cosas personales de mi yaya están en una caja de zapatos, su reloj de pulsera, su reloj de mesilla, su bote de colonia, su pulsera de energía…, de mi padre, sus libros y una carpeta de papeles. Los kodokusha, Milena Michiko Flašar nos sumerge en el corazón de Japón para explorar el kodokushi: el fenómeno de las muertes solitarias. A través de una narrativa delicada, porque narra la crudeza con un sentimiento y un respeto admirable, sin sangre, sin excederse en el drama, la autora nos presenta una realidad que, aunque situada en Oriente, funciona para mí; mi yaya murió sola, recuerdo aquella llamada, me descalzaba tras llegar del hospital, cuando sonó el teléfono, unos minutos después de irme sufrió el segundo infarto y nada pudieron hacer, aquello me marcó, ¿sufrió, no sufrió, se sintió acompañada o sola? ¿Alguien la dio la mano? Mi padre murió rodeado. Una novela sobre los vínculos y el perdón. Y por supuesto la soledad, la de la muerte, pero también la otra, las personas que desaparecen antes de llegar su hora, como mi abuelo y el alzhéimer, y como tantos otros. Como decía Woody Allen, el miedo a la finitud puede paralizarnos, pero esta lectura nos invita a lo contrario: a vivir de tal manera que habitemos en la memoria de alguien. Porque, al final, la verdadera muerte no es el último suspiro, sino el olvido.

 

¡Feliz lectura!




 

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No somos nadie, diría mi abuela si hubiésemos leído juntas esta novela, no somos nadie. Era su frase cuando alguien le contaba que fulanito murió ayer o menganito hace unos días se quedó dormido y no despertó más. No somos nadie.




            La soledad. Tanta como personas.


«Otro día más a la espalda y sin ser una carga…»


«De mi perfil le gustó su “falta de encanto”» y añade un poco después de nuestro protagonista, «Eres un donnadie y lo reconoces. Tienes las agallas de dejarnos en evidencia, a todos los superhéroes», no busca impresionar, no busca el postureo, resulta extraño encontrar a alguien así en el mundo. «¿Me está tomando el pelo?», normal que se lo pregunte.


«Discutí largo y tendido. Discutimos hasta bien entrada la noche…, desperté despejado y fresco», la pena es que no lo hiciese en vida, que no preguntase todas las dudas y aclarase las heridas, los vacíos… Su padre era un hombre cruel, testarudo, pero también les enseñó lo que significaba la perseverancia. Y en su primer kodokushi, recogiendo los enseres de su padre, descubrió otro lado, no el oscuro, uno donde ese hombre escribía poemas emotivos “la luna de otoño”.





«¡No te pases con el culto a los antepasados! Acabarás perdonando al viejo y al final será el mejor padre del mundo», el perdón es lo más valioso para la salud mental, mirar hacía atrás y que no duela, olvidar no, pero perdonar sí, para avanzar, para aligerar carga.


«Una persona no era una sandia que dejabas tirada por ahí y ya está»


«… se hizo natural hablar como si no estuviera ahí. Me parecía despiadado tratarla como un objeto inanimado. Al fin y al cabo, lo que perdía no era el oído»


Me ha gustado muchísimo, pero te deja un peso y un miedo como el de Woody Allen que dice que cuando descubrió que era mortal cogió miedo a vivir. No quiero morir sola, sin que nadie se acuerde de mí, porque si uno vive tras la muerte es en la mente de aquellos que le aman.

 

¡Feliz lectura!





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