Humo

 



Humo
de Iván Serguéievich Turguénev

Traducción: Victor Gallego Ballestero

Editorial: Alba






Sinopsis 

Después de varios años estudiando en Europa, Grigori M. Litvínov, un hombre «positivo», esforzado y discreto, descansa unos días en Baden-Baden, donde espera la llegada de su prometida. Baden-Baden es famosa por sus aguas y por su casino, y hasta ella «se arrastran […] como cucarachas» todos los sectores de la sociedad rusa, desde los más radicales eslavófilos, ruidosos y charlatanes, hasta los «muñecos muertos» de la milicia y la aristocracia, que se entretienen –por ejemplo- hipnotizando cangrejos. Litvínov se encuentra así, sin comprenderlo, en un bullicioso microcosmos del mundo al que se dispone a regresar y en el que de pronto reaparece, con la misma fuerza que en el pasado, la princesa Irina Osinin, su frustrado amor de juventud, ahora casada con un general y aburrida de todo. A partir de este doble reencuentro -con la pasión perdida y la Rusia abandonada- construyó Turguénev en Humo (1867), su penúltima novela, una intensa crónica de amor y decepción donde «la naturaleza no respeta la lógica» y un tremendo cuadro satírico que le valió la enemistad de sus compatriotas (especialmente la de Dostoievski) pero que no carece de una instigación convencida, aunque solitaria, al progreso y la civilización.

Otras lecturas de este autor, Diario de un hombre superfluo




Conclusión:

Humo es la lucidez de la decepción, se nota la melancolía que siente el autor ante la política.

Turguénev escribe una novela que es, a la vez, una punzante sátira social y un drama romántico asfixiante. A través de Litvínov, un hombre que busca la sensatez en un mundo de "muñecos muertos", el autor analiza la Rusia del XIX con una frialdad que, según cuentan, le costó la enemistad de sus contemporáneos, aunque yo no lo veo ni más crítico que otros, ni más punzante que otros autores rusos.

¿Por qué se tituló Humo?

El símbolo del humo: Todo en Baden-Baden —las ideas políticas grandilocuentes, los debates eslavófilos y la pasión recuperada con Irina— se deshace como el humo del tren, como las volutas, humo, nada más que humo. Nada es sólido, nada construye.

La crítica a la "seriedad" aristocrática, Turguénev denuncia la pose de una élite que habla francés para distanciarse de un pueblo que desprecia, y que confunde la retórica con la acción y que son tan patéticos que pierden con facilidad el hilo de su conversación, con quién hablaban y de qué.

Irina Osinin: Un personaje femenino fascinante, atrapada entre su lucidez y su incapacidad de romper con un sistema que la consume. Su relación con Litvínov es un duelo de vacilaciones. Aunque creo que es como todos esos muertos con los que se vive desde hace diez años.

Modernidad y estancamiento. Reflejo de una sociedad que desea ser moderna, que hace leyes por la libertad, pero responden como niños malcriados, necesitan herramientas pero que las fabrique otro, necesitas esclavos que trabajen para ellos, peor son modernos y liberales.

Una lectura cínica, bella y en algunos puntos muy actual, a veces, el progreso se pierde en discusiones de salón. 

¡Feliz lectura!






Para las redes sociales:

Humo, pasión y cangrejos hipnotizados... 

Si crees que los dramas actuales son intensos, es porque no conoce a Irina, me ha hinchado la vena.

¿De qué va Humo? Litvínov espera a su prometida, pero aparece Irina: su gran amor de juventud, ahora princesa, aburrida y peligrosamente encantadora. Alrededor de ellos, la alta sociedad rusa discute de grandes ideas, discuten y discuten, hacen bromas, muy al estilo español, unos ingleses, unos alemanes, unos cuantos franceses y llegan los rusos...

Lo que me llevo de esta lectura:

Esa gente "excelente" que no sirve para nada, no lo digo yo, lo dice el autor sin tapujos, porque si de algo se caracteriza Turguénev es de no tener pelos en la lengua. Hablan mucho y no hacen nada. ¿Te suena de algo hoy?

Irina: No es coquetería, es agotamiento, me ha caído fatal, se la ve venir con su cuento lacrimógeno. Vivir rodeada de personas vacías cansa más que trabajar en la mina.

La nobleza hablando francés para sentirse superior mientras el país real se desmorona. Una novela para reflexionar sobre la libertad interna, las decisiones que nos marcan y ese humo que a veces nos impide ver quiénes somos realmente.

 

¡Feliz lectura!

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Lectura en vivo:

Empiezo...

La frase que señalas —“rostro fresco y sonrosado, aunque de expresión seria”— abre una grieta muy interesante. En la literatura rusa del XIX, ese contraste nunca es inocente. Ese rostro cuidado, alimentado, protegido, contrasta con la seriedad. Y ahí aparece tu pregunta, que es muy potente: ¿de qué está hecha esa seriedad cuando no nace de la necesidad? En el fondo, Turguénev parece sugerir que en la clase privilegiada la gravedad puede ser, una pose cultural, una melancolía sin causa real o incluso una forma de vacío moral. Mientras tanto, fuera de ese mundo, la seriedad sí tiene raíz: hambre, desigualdad, sometimiento.

El episodio del príncipe Barnaúlov es brutal por su banalidad. Un hombre apela a la justicia, a las convicciones, incluso al espíritu de la época… y la respuesta es: no un castigo formal, sino un gesto humillante, caprichoso, casi teatral. Quitarle la levita no es solo despojarlo de ropa: es quitarle dignidad, identidad social, voz. Aquí Turguénev señala algo muy fino: el poder no siempre es violento en apariencia, pero sí deshumanizador.

Lo que destaco de la página 38 es casi grotesco: causar la muerte de doce obreros y recibir una medalla “Por haber sido útil”. Esto no es solo ironía: es una crítica a un sistema donde: el daño se reinterpreta como mérito, la responsabilidad desaparece y la utilidad se mide desde arriba, nunca desde quienes sufren.

La escena de los nobles bebiendo y perdiéndose en sus propias conversaciones es demoledora. "¿Qué acabó de decir?" "¿Con quién estaba discutiendo y de qué? ". Hablan de Rusia, de su destino, de grandes ideas…, pero no recuerdan qué han dicho, no escuchan y no construyen nada.

 “Personas excelentes que no sirven para nada”. Esta es probablemente una de las frases más modernas de la novela. Educados, cultos, correctos, incluso bienintencionado…, pero completamente ineficaces. Aquí hay una crítica muy profunda, saben hablar, saben pensar, pero no transforma la realidad

El párrafo de la página 44 tiene un tono casi humorístico, pero es muy afilado. Los iingleses, lo práctico; los alemanes, lo político concreto; los franceses, lo pasional y los rusos, lo abstracto, lo grandilocuente, lo improductivo. 

La esclavitud, aunque se haya abolido la servidumbre, la necesidad de obedecer sigue intacta. Pág. 45. Esto es una crítica mental y emocional. Turguénev está diciendo: La libertad externa no garantiza la libertad interna. La sumisión puede convertirse en hábito psicológico, busca un sustituto: un líder, una ideología, una moda, una “tendencia”... Es casi una anticipación de lo que hoy llamaríamos dependencia simbólica: si no hay amo real, lo inventamos.

“Sólo los pueblos nerviosos, enfermos y débiles…”, pág. 50. Esto desmonta completamente la idea romántica del orgullo nacional. “Hasta hablar con espuma en la boca”. "... son las personas ociosas las que más se entregan a ese entusiasmo". Es decir, quien no actúa, no construye, quien no tiene una vida real sólida…, se refugia en una identidad abstracta y grandilocuente.

Pág. 53. "... seamos más humildes y comedidos..." seguido de esto cuenta la historia del príncipe Coco. Para mí está claro el mensaje. La humildad, mientras el alumno calla ante los errores del maestro, el príncipe dilapida sin conciencia el esfuerzo de cientos de vidas. Y lo más inquietante no es el despilfarro, sino que el único malestar reconocido sea el del príncipe: sus nervios porque quería un casoplón, pero ojo, es un gran interlocutor. 

Irina y Litvínov, "Es usted... un verdadero estudiante". "... pero este vestido... ¿Es que no lo comprende usted?", un estudiante no es distinguido. ¿Se casarán? No creo, la princesa es peculiar y el tiene poca vista. "Usted mismo lo ha querido", el baile. "¡Hay que ver lo que significa la raza!". 

Pág. 92-93. El rechazo al progreso no nace de una convicción ideológica profunda, sino del miedo a que el conocimiento altere el orden establecido. Porque un pueblo que aprende a leer no solo accede a palabras, sino a preguntas. Y en cuanto aparecen las preguntas, el poder deja de ser incuestionable. Saben que retroceder en el tiempo es imposible, el daño está en esas escuelas públicas, "esos estudiantes, hijos de popes, plebeyo, toda esa morralla..., es ahí donde hay que detenerse y detener a los demás", aquí no voy a pasar por alto mencionar nuestro sistema educativo; el que yo disfruté, hija de obrero y ama de casa, al de la actualidad con máster y demás zarandajas, precios insultantes para padres obreros. Cuando veas las barbas de tu vecino cortar..., pues aplicaos el cuento fijandoos en la historia.  Divagaciones mías. 

Irina no traiciona lo que fue, sino que termina siendo absorbida por un sistema que ya intuía. Su lucidez no la salva, porque no basta con comprender cuando no se tiene margen de acción. Y quizá lo más inquietante no es su destino, sino la incapacidad de quienes la rodean para entenderlo: confunden decisiones personales con lo que, en realidad, son imposiciones sociales.

Pág. 100, Bidásov me trajo a la memoria un personaje odioso de Oblómov. Hay actos que parecen generosos, pero en realidad esconden una renuncia. Dar lo que uno necesita, a quien no respeta y sabiendo que no será devuelto, no es siempre nobleza: puede ser una forma silenciosa de incapacidad para decir NO. Y en ese gesto, casi insignificante, se revela el mismo carácter que en las grandes escenas: una mezcla de lucidez y pasividad que termina sosteniendo aquello que uno mismo desaprueba. Pág. 110. "Están bien; les he colocado a todos", aquí está la respuesta, ella logró posición y tiró de su familia.

No es frivolidad lo que sufre Irina y confiesa en la pág. 120, sino agotamiento. Llamar “coquetería” a su comportamiento es una forma de no escucharla. Porque lo que describe no es un capricho, sino una asfixia: la de vivir rodeada de formas vacías, de “muñecos muertos”, y reconocer, demasiado tarde, lo que habría sido una vida distinta. Y quizá lo más trágico no es su situación, sino que incluso cuando intenta explicarse, no es comprendida. Litvínov es una persona viva, ella vive rodeada de personas muertas, sin emociones ni sentimientos,  vacías. "... no abandoné Moscú por mi felicidad". Litvínov dice, "Sí... pero en cualquier cosa renuncio a comprenderla". 

No es la falta de recursos lo que se denuncia, sino la falta de impulso. Saber que algo no existe, se necesita y aun así no crearlo revela una forma de impotencia más profunda. Y en esa distancia entre lo que se ve y lo que se hace, se instala una especie de resignación que acaba pareciéndose demasiado a la incapacidad. "¿Por qué no las hay? Porque el alemán no las necesita; trilla el trigo en bruto y, por tanto, no se preocupa de inventarla y nosotros... ¡no somos capaces!".

En la pág. 134, dos ideas. Por un lado, la referencia a la “santa Rusia” y a la relación con la prometida introduce una observación sobre ciertas formas de relación marcadas por la violencia normalizada y, más aún, por su aceptación cultural. La idea de que esa actitud pueda incluso ser motivo de orgullo revela una crítica a un modelo social en el que la dominación masculina no solo existe, sino que se integra como algo casi legítimo o incluso valorado. No se trata tanto de describir un caso particular como de señalar un patrón cultural que convierte la desigualdad en costumbre. Por otro lado, cuando se afirma que el “ideal artístico” es la “fanfarronada desmañada”, el texto desplaza la crítica hacia el terreno estético e intelectual. Aquí se cuestiona un gusto colectivo, la apariencia sobre el contenido, el gesto exagerado sobre la autenticidad y cierta ostentación como forma de afirmación. En conjunto, el fragmento plantea que tanto en las relaciones personales como en el ámbito artístico existe una misma desviación: la tendencia a convertir en norma aquello que es, en el fondo, una forma de exceso, desequilibrio o superficialidad.

¿Por qué tanta frase en francés? Se pregunta en el grupo, respuesta por si os interesa, el uso constante del francés por parte de la nobleza rusa del siglo XIX no es un simple recurso estilístico: cumple una función muy concreta. El francés como marca de clase, en esa época, la aristocracia rusa hablaba francés porque, era la lengua de la cultura y el prestigio europeo, funcionaba como señal de pertenencia a la élite y los diferenciaba del pueblo, que hablaba ruso.

Irina le ha declarado su amor y, con ello, ha abierto una posibilidad que él creía extinguida. Al mismo tiempo, Tania lo busca, acercándose sin saber que todo ha cambiado. En ese cruce de caminos, Litvinov deja de sentirse dueño de sí mismo: ya no hay claridad moral, sino una mezcla confusa de miedo y una audacia casi febril, como si hubiera cruzado una línea invisible. La comparación con el prisionero o el ladrón no es casual: al actuar contra lo que era su propio orden, se percibe a sí mismo como alguien que ha perdido su posición interior. Se siente vencido de pronto, no por otros, sino por su propia vacilación. El honor, que antes parecía firme, se vuelve incierto. Este Litvínov es un necio, hacer oídos sordos a Potuguin...

El tren es raro no encontrar una novela rusa que no mencione este medio de transporte, aquí prolonga el instante en el que Litvinov queda suspendido entre dos vidas, sin poder ya regresar del todo a ninguna. El tren es un símbolo en la narrativa rusa del XIX. En Rusia, el ferrocarril no era solo un medio de transporte, era algo nuevo y representaba el progreso técnico europeo, introducía velocidad en una sociedad aún anclada en estructuras antiguas. Interesante aporte de Ramón R.

Pág. 224. "Pero para una mujer el pasaporte no era tan necesario...".

Las mujeres dependían del permiso marital o paterno para muchas acciones, incluyendo en algunos casos la solicitud de sus propios documentos de identidad. De hecho, muchas mujeres casadas aparecían simplemente como acompañantes en el pasaporte de su marido.

Pág. 238-239. «¡Humo, humo! Todo es humo. Todo parece cambiar sin pausa… Humo, humo. Humo, humo y nada más».

Turguénev nos advierte de algo vital: la libertad externa no sirve de nada si el hábito psicológico de la sumisión sigue intacto. Si no tenemos un amo real, nos inventamos uno en forma de ideología, tendencia o validación externa. ¿Cuántos de nuestros deseos hoy son realmente nuestros y cuántos son solo humo?





Iván Serguéievich Turguénev nació en Orel en 1818, hijo de un militar retirado y de una rica terrateniente. Se crio en Spásskoie, en la finca materna, educado por tutores; estudió Filosofía en Moscú, San Petersburgo y Berlín, de donde regresó a Rusia convertido en un liberal occidentalista. A partir de entonces su vida transcurrió entre su país y distintas ciudades de Europa, especialmente París, sin que llegara a establecer en ninguna parte residencia fija.

En 1847 inició en la revista El Contemporáneo la serie de Relatos de un cazador, una visión realista de la vida campesina rusa que, según se dijo, influyó en la decisión del zar Alejandro II de emancipar a los siervos de la gleba. Su primera novela, Rudin (ALBA CLÁSICA núm. XV), se publicó en 1856, cuando el autor gozaba ya de gran notoriedad. Siguieron, entre otras, Nido de nobles (1859; ALBA CLÁSICA núm. CXXX), En vísperas (1860), Padres e hijos (1862; ALBA CLÁSICA núm. CXXXIII), Humo (1867; ALBA CLÁSICA núm. LXII) y Tierras vírgenes (1876).

Escribió asimismo excelentes relatos y novelas cortas de tema íntimo (una extensa antología de este género puede encontrarse en ALBA CLÁSICA MAIOR núm. XLIV) y unas memorables Páginas autobiográficas (1869-1883; ALBA CLÁSICA núm. XXXVIII). Sobre el protagonista de Nido de nobles pesa una maldición que parece pensada para el mismo Turguénev: «No harás tu nido en ninguna parte y andarás errante toda la vida». Murió en Bougival, cerca de París, en 1883.



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