El ángel y los perversos
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El ángel y los perversos DE Lucie Delarue-Mardrus
Traducción: Andrés Ruiz Merino
EDITA Alba
Sinopsis
Nace con una «particularidad física». A su padre, un rico militar retirado, le causa «el más monstruoso espanto». Su madre le trata siempre de usted. Le crían como niño, tal vez destinado a ser benedictino, como dicen sus curas preceptores. Pero a los diecinueve años un médico aconseja que viva como una mujer y que cambien su género en el Registro Civil. «Aprender a ser una chica fue para mí, desde entonces, tan importante como prepararme para el bachillerato», dice. Diez años después, vive en París. Como Marion, frecuenta salones de lesbianas, donde todas se extrañan de que alardee de no amar nada ni a nadie. Como Mario, escribe artículos y obras de teatro que firman otros y los homosexuales lo adoran. «¿Tendré que estar siempre, por el hecho de ser dos, solo o sola?», se pregunta mientras ayuda a sus amigas mundanas a arreglar sus entuertos sentimentales. ¿Cuál será su destino? ¿Tiene elección? O mejor: ¿debe elegir? Lucie Delarue-Mardrus publicó en 1930 El ángel y los perversos, una novela pionera en tratar lo que entonces se llamaba «hermafroditismo» y hoy llamamos intersexualidad, llevando el tema de lo mitológico a lo humano. El cinismo y el descreimiento con que el personaje afronta su condición de anomalía social conducen, sin embargo, a un cambio de actitud por el que finalmente descubre una conciliación, una posibilidad de ser felizmente hombre y mujer a la vez.
La lectura de El ángel y los perversos comenzó con una promesa sugerente: la infancia de Marion, marcada por la fragilidad, la inteligencia precoz y una sensibilidad casi dolorosa, abría un camino narrativo lleno de posibilidades. Sin embargo, a medida que la historia avanza, esa intensidad inicial se dispersa en una acumulación de escenas que, lejos de profundizar, parecen diluir el conflicto.
El retrato familiar se construye desde la distancia: una madre aparentemente fría que, solo en el último instante, revela un afecto contenido —un gesto tardío que deja más desasosiego que consuelo— y un padre rígido, incapaz de ofrecer refugio emocional. Ese descubrimiento final, cuando Marion escucha por primera vez una palabra de ternura, resulta conmovedor, pero también cruel en su fugacidad: el amor llega cuando ya no puede reparar nada.
La infancia de Marion queda así atravesada por la carencia afectiva, lo que se traduce en una interioridad compleja: un niño brillante, febril en su aprendizaje, pero también exhausto, a ratos indolente, siempre vulnerable. En ese vacío nace la figura del hermano imaginario, un desdoblamiento que no desaparece con el tiempo, sino que se consolida como mecanismo de supervivencia frente a una realidad hostil.
El paso a la adolescencia no alivia esa herida, sino que la agrava. La expulsión simbólica del hogar, el internado, la experiencia del abuso y la consiguiente repulsión hacia la sexualidad configuran un universo donde el cuerpo se convierte en conflicto. La intervención del tío —y la decisión de encauzar su identidad hacia lo femenino— no hace sino reforzar esa sensación de desarraigo, de identidad impuesta más que elegida.
Sin embargo, a pesar de la potencia de estos elementos, la novela no termina de articularlos en un discurso sólido. Los personajes tienden a la caricatura —padres severos, clérigos grotescos, niños crueles— y la repetición de ciertas atmósferas acaba restando profundidad en lugar de añadir matices. Lo que podría haber sido una exploración incisiva de la identidad, el trauma y la construcción del yo, se queda en una serie de episodios que no siempre dialogan entre sí.
El resultado es una obra que, pese a sus momentos de intensidad, no logra sostener el interés ni ofrecer una verdadera evolución emocional. Permanece la sensación de que había una historia poderosa latente, pero que nunca termina de desplegarse del todo.
¡Feliz lectura!
PD:
Me persigue los cuentos de las Mil y una noche, la autora se casó con su traductor, está claro que es una señal, tengo que leerlo entero.
Lucie Delarue-Mardrus fue una de las figuras destacadas del París de la Belle Époque. Personalidad polifacética, cultivó un gran número de artes, de la literatura, el teatro y el ensayo a la escultura y la fotografía; fue además modelo de pintores, escultores y fotógrafos. Nacida en 1874 en Honfleur (Normandía), hija de un próspero abogado con relaciones con los círculos artísticos y musicales parisinos, tuvo una educación esmerada y a los veintiséis años se casó con el orientalista, poeta y traductor (de las Mil y una noches) Joseph-Charles Mardrus, con quien viajó al norte de África, Turquía, Siria e Italia, países sobre los que escribió reportajes fotográficos. En 1901 publicó su primer volumen de poemas, Occident (al que en el curso de su carrera siguieron una docena más), en 1906 estrenó la obra de teatro Sapho desesperée, y en 1908 publicó la novela Marie fille mère, primera de una larguísima serie compuesta por más de cincuenta títulos entre los que destacan Le roman de six petites filles (1909), L’ex-voto (1922), La petite fille comme ça (1927), François et la liberté (1933) o Le roi des reflets (1944). Escribió también biografías como Sainte Thérèse de Lisieux (1926) y unas Mémoires (1936). En 1926 se divorció de su marido. Tuvo varias relaciones lésbicas, entre ellas una con la escritora estadounidense Natalie Clifford Barney, que regía uno de los salones literarios más frecuentados de París, y que sirvió de inspiración para uno de los personajes principales (Laurette) de L’ange et les pervers (1930). Murió arruinada en 1945 en Château-Gontier.





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