El jardinero y la muerte
Hi
El jardinero y la muerte de
Gueorgui Gospodínov
Traducción María Vítova
Editorial Impedimenta
Sinopsis
«Mi padre era jardinero.
Ahora es jardín.» En El jardinero y la muerte, Gueorgui Gospodínov nos
sumerge en los interminables meses durante los que, día tras día, vio cómo se
iba apagando la vida de su padre. Mientras este moría a su lado consumido por
la enfermedad, Gospodínov le sostuvo la mano hasta que llegó el fin. Y aun en
su lecho de muerte, para él seguía siendo el más alto, el más guapo, el más
amable. Seguía siendo su padre. Entre los campos de fresas de la infancia y el
inevitable adiós, Gospodínov teje un relato íntimo sobre el duelo y la memoria.
¿Cómo se despide una vida en sus últimos días? ¿Cómo se enfrenta un hijo al
derrumbe del héroe que lo protegió? ¿Seguimos existiendo si se va la última
persona que nos recordaba como niños? ¿Y cómo afrontamos la ausencia de quienes
nos hicieron ser quiénes somos?
Este no es un libro sobre
la muerte, sino sobre el dolor de presenciar el final de una vida. Es una
historia sobre padres e hijos, sobre la peculiar cultura del silencio que a
menudo los envuelve y que puede teñir incluso los vínculos más profundos. Un mutismo
que marcó de un modo irónico la vida del autor, ya que su padre fue un hombre
muy callado y, a la vez, un sublime contador de historias.
Conclusión.
Leer a Gospodínov cuando se ha atravesado un duelo como el que narra no es un
acto literario, es mirar hacia atrás.
Hay libros que llegan para
explicarnos lo que el corazón aún no sabe nombrar. Gueorgui Gospodínov escribe
en El jardinero y la muerte: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». Es
muy duro ver la transformación que se produce en el padre que nos protegió, un
hombre alto y fuerte, convertido en un ser frágil, y nosotros, los hijos,
pasamos a ser sus cuidadores, dicen que es entonces cuando maduramos.
Desde un punto de vista
psicológico, la muerte de un padre, si la relación fue de amor y cuidado,
supone el derrumbe de nuestra estructura fundamental. Gospodínov lo describe
como la caída de un Atlas. No importa cuántos años tengamos, cuántos títulos
hayamos acumulado o cuán independientes seamos; cuando ese pilar se dobla,
volvemos a ser niños desamparados.
Es la "primera autopsia en
vida". La incomprensión ante el lenguaje médico, esa barrera fría que nos
habla de "fase cuatro" cuando nosotros solo vemos un dolor de espalda,
nos deja desnudos. El autor nos recuerda que no nos han enseñado a envejecer ni
a morir. En nuestra cultura, la muerte es un tabú que se susurra, y ese
silencio la vuelve más aterradora.
La pérdida activa una maquinaria
extraña: la de la memoria involuntaria. Como señalo en mis notas, la ausencia
es tan pesada que llena cada minuto libre. Es entonces cuando recurrimos a la "Sherezade
interna". Narramos para sobrevivir. Contamos historias para abrir pasillos
paralelos donde la muerte no pueda entrar, intentando que la vida de quien se
fue no sea un punto final, sino un punto y seguido que nos libere del dolor.
La muerte trae más que vacío,
trae muchos “y si…”, esa culpa humana que nos hace creer que podíamos haber
hecho algo más, o que nos lleva a decir, como hice yo con mi compañero de
cuatro patas: "Aguanta, no puedo con todo", egoísmo. Es la
resistencia desesperada a que el mundo, tal como lo conocemos, se desmorone.
Gospodínov y mi propia vivencia
coinciden en una verdad dolorosa: el fin del mundo no llega para todos al mismo
tiempo. Mientras yo sostenía la mano de mi padre y sentía que el universo se
apagaba, fuera había gente riendo en terrazas. Ese vacío se ensancha cuando el
entorno no comprende la magnitud de la pérdida. Decir "era mayor" o
"no es para tanto" es desconocer que no lloramos solo una cifra, sino
la pérdida de la persona que desde niños nos acompañó.
A pesar del dolor, existe una
belleza melancólica en los últimos días. Esa adaptación a la "nueva
rutina" del hospital o del lecho de muerte, donde el simple hecho de estar
juntos, cuando el dolor remite, se convierte en un regalo.
Este no es un libro sobre la
muerte, sino sobre la tristeza de la vida que se va. Es un testimonio sobre
cómo el dolor puede borrar los colores y la música de nuestro mundo, dejándonos
en un blanco y negro que solo el tiempo y la memoria logran volver a colorear. Al
final, nos queda la suerte de haber tenido a esos padres que, con sus luces y
sombras, proyectaron en nosotros más claridad que oscuridad. Nos queda ser el
jardín donde ellos sigan floreciendo, asegurándonos de que, mientras los
recordemos, nunca dejen de existir.
¡Feliz lectura!
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Notas:
«Ni siquiera al final, más
bien por la mitad, pero luego vuelve a estar vivo, en todas las historias de
antes de irse y en las de después». «Tal vez por eso narramos. Para abrir otro
pasillo paralelo donde el mundo y todos los que lo habitan estén en su sitio,
para desviar la narración hacia otra hilera cuando la cosa se ponga peligrosa y
la muerte se desborde…». «Este no es un libro sobre la muerte, sino sobre la
tristeza por la vida que se va».
«Está tan ausente que llena
cada minuto libre con su ausencia». La ausencia pone en marcha la maquinaria de
la memoria, cosas en las que no había pensado… Reproduciría sus palabras haciéndolas mías, cada una de ellas, junto con sentimiento y emociones.
«… llorar como un niño»,
podemos ser muy adultos, muy maduros e independientes, pero esa sensación de
desamparo, de incertidumbre y de miedo, ahora a quién acudiré…, sobrecoge con
independencia de la edad, si la relación con tu padre fue buena. «El fin del
mundo no llega para todos al mismo tiempo», mientras tú te rompes por dentro,
otros van de fiesta, ríen en una terraza o van a restaurantes. La vida
continúa.
Curiosa, segunda lectura de
este mes que se menciona a Sherezade y Los cuentos de la mil y una noche,
tengo que leerlo, he leído fragmentos, pero nunca entero.
«La primera autopsia, aún
en vida y sin anestesia, la realidad del leguaje». Real como la vida misma,
recuerdo el diagnóstico, fase cuarta, pocos meses de vida. Incomprensión total
a ese lenguaje, qué ha dicho, le pregunté a mi hermano, si papá solo tiene
dolor de espalda.
«Lo primero que pienso: no
nos han enseñado a envejecer. ¿Qué se hace al final de la vida…?». No nos han
enseñado a aceptar la muerte como algo natural, más que a envejecer, hablar de
muerte es tabú, se susurra, se obvia en las conversaciones por si la atrae. La
inmortalidad de mi padre residía en que sus nietos no le olvidasen, viviría en
la memoria de ellos. Coco, recuerdo que alguien me dijo, es preciosa,
lleva a tus hijos, es de una sensibilidad increíble, y los llevé sin informarme
más. Mi padre murió en marzo, pocos días después del día del padre, malditas fechas
recordatorias, creo que fue en navidad cuando nos sentamos en la sala de cine…,
el resto os lo podéis imaginar. Lloramos muchísimo, salimos con una sensación
de vacío inmenso, cuando lo contamos en una comida alguien dijo, no era para
tanto, ella tenía a sus dos padres vivos.
«Lo mejor y lo peor siempre
en el mismo año», no fue mi caso, diagnóstico de cáncer para mi padre, ingreso
de mi sobrino con una enfermedad rara sin diagnostico ni tratamiento, cierre de
la empresa de trabajo y mi perrete, mi compañero de fatigas durante diecisiete
años, se me va por un tumor vestibular, recuerdo lo que le dije al oído,
aguanta, no puedo con todo.
Pensamiento mágico,
sufrimos lo mismo. Algo muy humano, culpabilizarnos.
«No iremos al hospital, le
digo una noche, yo también me quedo más tranquilo…», la misma dura decisión.
«Ahora puedo decir, por extraño
que suene, que mientras estaba a su lado, sobre todo cuando el dolor remitía,
pensaba en lo bonito que era estar juntos. Incluso en esa situación». Me
adapté, nos adaptamos a aquella nueva rutina, nos gustaba aquella rutina,
sabíamos que la alternativa no era mejor.
«… el dolor arrasa con
todo», así es, en mi caso, tras la muerte de mi padre, arrasó con la música y
con los colores, mi vida se volvió en blanco y negro, una caída libra a un pozo
del que me costó salir. Mientras escuchaba frases como, era mayor, mejor él que
tú. «Mi padre como si lo hubiera intuido me ayudó con delicadeza. Igual que
durante toda su vida…», así fue, nos agarramos a todo lo que podíamos para
alargar el tiempo, hasta que dijo, déjame ir, estoy cansado. En realidad, no
dependía de nosotros, se le acababa el tiempo. Fuiste lo mejor que me pasó en
la vida. Este tipo de lecturas me demuestran la suerte que tuve, que tengo, mis
padres no son perfectos, tienen sus luces y sus sombras, pero proyectaron en mí
más de lo primero que de lo segundo.
«Ojalá no sea una carga
para mis hijos…»
No se lee el libre de la
misma forma y con la misma intensidad teniendo a los dos padres, que faltando
uno, es un testimonio duro, que remueve, que he tenido que dejar para deshacerme
del nudo en la garganta.
«Mi padre era aquel Atlas…
Y no tengo a quién pedir ayuda»
¡Feliz lectura!
Autor
Gueorgui Gospodínov
es el escritor búlgaro más importante desde la caída del telón de acero.
Finalista del premio Von Rezzori o el Brücke Berlin y ganador del premio Booker
Internacional y del Strega Internacional por su novela Las Tempestálidas, su
obra ha sido traducida ya a más de treinta idiomas.











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