Las entrevistas de Núremberg de Leon Goldensohn
TRADUCTOR: Amado Diéguez Rodríguez
Editorial: Taurus
SINOPSIS
En 1946, con los juicios de Núremberg en marcha, el psiquiatra del ejército estadounidense Leon Goldensohn recibió el encargo de entrevistar a dos docenas de líderes alemanes encausados, así como a numerosos testigos de la defensa y de la acusación. El contenido de estas conversaciones no se ha desvelado hasta ahora, más de cincuenta años después.
Robert Gellately -uno de los principales historiadores especializados en la Alemania nazi- nos ofrece en este libro treinta y tres de estas entrevistas (cuidadosamente transcritas, editadas y anotadas) con soldados y algunos de los oficiales nazis de mayor graduación encarcelados en Núremberg, entre los que se encuentran Hans Frank, Hermann Göring, Ernest Kaltenbrunner y Joachim von Ribbentrop.
Como entrevistador, Goldensohn era especialmente astuto y, en cada una de las conversaciones, logró extraer las motivaciones y la desviación moral que llevó a estos hombres a planear y cometer tan diabólicos crímenes. Nos presenta a unos soldados y oficiales que se debaten entre la admisión y la negación de los hechos, bien acusando a sus superiores o considerando que actuaron correctamente en todo momento.
Gracias a la información biográfica y las notas con las que Gellately ha completado cada entrevista, esta obra aporta información imprescindible para comprender la mentalidad y la misión de una ideología enloquecida.
Lectura en vivo...
Me llama la atención que, incluso después de una guerra de una magnitud tan devastadora, los Aliados no tenían una posición común sobre qué hacer con los dirigentes nazis. Percibo que había desacuerdos profundos entre las potencias vencedoras: algunos defendían ejecuciones inmediatas, otros insistían en la necesidad de un proceso judicial. Esto me lleva a una reflexión más amplia sobre la dificultad humana para alcanzar consensos, incluso cuando parece existir un enemigo o una responsabilidad identificados.
Me resulta significativo que el propio juicio de Núremberg fuese, en cierto modo, el resultado de una negociación y de tensiones políticas previas, más que una consecuencia automática de la derrota alemana.
Me sorprende que hubiera reticencias británicas respecto al procesamiento de Rudolf Hess. Más allá del caso concreto, vuelvo a encontrarme con las complejidades políticas que rodearon Núremberg y que contrastan con la imagen simplificada que solemos tener de aquellos acontecimientos, o yo tenía. Me produce rechazo la expresión «haber cometido crueldades gratuitas e innecesarias durante el desarrollo del conflicto». Percibo una enorme distancia entre el lenguaje empleado y la realidad de los hechos. Para mi, esa formulación atenúa algo que fue mucho más que una serie de crueldades: un sistema organizado de persecución, exterminio y violencia extrema. El lenguaje tiende a volverse técnico, abstracto o aséptico. A veces es necesario para definir responsabilidades legales; otras veces produce una sensación extraña, como si las palabras no alcanzaran a contener la magnitud moral de lo ocurrido.
Hay una idea moral que aparece aquí y que parece conectarse con mis observaciones anteriores: una sociedad demuestra quién es cuando juzga a quienes han cometido los peores crímenes. Si se eliminan las garantías porque los acusados resultan odiosos, el proceso deja de diferenciarse de aquello que pretende condenar. Lo respeto, pero que duro es dar lo que ellos no ofrecieron.
Me ha llamado la atención —e incluso me ha provocado cierta sonrisita— que la ignorancia aparezca como estrategia defensiva entre los acusados de Núremberg. Muchos alegaban no saber lo que ocurría, pese a ocupar puestos de responsabilidad dentro del aparato nazi. Me resulta llamativo el recurso a la compartimentación: cada uno afirmaba conocer únicamente una pequeña parcela de la maquinaria y, por tanto, no sentirse responsable del conjunto. Esa lectura me lleva a establecer un paralelismo con situaciones contemporáneas en las que personas investigadas o juzgadas afirman desconocer actuaciones que ocurrían en entornos muy próximos a ellas. A los pobres eso no nos vale.
Me llama la atención el intento de algunos abogados defensores de presentar el régimen nazi como una estructura caótica, fragmentada y sin una dirección clara, dentro de esa estrategia, resultaba útil sostener que nadie conocía el alcance de lo que ocurría, que pocos creían en la ideología oficial y que la maquinaria funcionaba casi de forma autónoma. Me produce rechazo la consecuencia implícita de ese razonamiento: si nadie sabía, nadie decidía y nadie compartía las ideas que sustentaban el sistema, entonces la responsabilidad parece diluirse hasta desaparecer. ¿Por qué funcionó tan al milímetro? Me molesta, la contradicción evidente entre la magnitud, la organización y la persistencia de los crímenes cometidos y la imagen de desorden e ignorancia generalizada que algunas defensas intentaban transmitir.

Después de cien páginas de las entrevistas de Leon Goldensohn, lo que más me está impresionando no son tanto los crímenes —cuya magnitud ya conocemos— como las explicaciones de quienes participaron en ellos. Una y otra vez aparecen hombres que se consideran íntegros, cultos, buenos padres de familia y personas normales, pero que siguen justificando decisiones que condujeron al horror. Casi todos alegan ignorancia, se refugian en la burocracia, en la compartimentación del sistema o en la obediencia debida; nadie sabía nada, nadie decidió nada y, sin embargo, la maquinaria funcionó. Lo más inquietante es comprobar que muchos no parecen locos ni monstruos, sino personas corrientes que continúan construyendo relatos para preservar una imagen aceptable de sí mismos. Goldensohn, con sus notas minuciosas y su interés por comprender más que por juzgar, va dejando al descubierto una pregunta que atraviesa todo el libro: cómo seres humanos normales fueron capaces de participar, justificar o mirar hacia otro lado ante algunas de las mayores atrocidades de la historia. Y quizá lo más perturbador es que muchos de ellos, incluso después de las pruebas, los testimonios y las condenas, seguían convencidos de que, en el fondo, habían actuado correctamente o que no había otra alternativa posible.
Se detecta la distancia entre la conducta realizada y la narrativa que la persona construye después para convivir con ella. No son entrevistas clínicas en sentido estricto, pero permiten observar mecanismos como la negación, la racionalización o la disociación moral de una manera casi directa.
Leon Goldensohn era médico y psiquiatra. Ingresó en el ejércitode Estados Unidos en 1943 y enseguida le destinaron a Francia y Alemania. Llegó a Núremberg seis semanas antes de los juicios y se quedó allí hasta julio del mismo año. Falleció en 1961.
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