Las hijas del pintor de Emily Howes

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#Lashijasdelpintor

#EmilyHowes

Traducción #LauraVidal

Edita #Alba

 

Sinopsis

 

Peggy y Molly son las hijas, y modelos, de Thomas Gainsborough, uno de los retratistas ingleses más famosos del siglo XVIII. Ellas, además de hermanas, son muy buenas amigas. Sus juegos favoritos son espiar a su padre en su estudio y sacar de quicio a su madre, preocupada desde muy pronto por cómo presentar a sus hijas en sociedad. Pero su universo infantil se quiebra cuando Molly empieza a sufrir unos extraños ataques en los que pierde conciencia de la realidad. Peggy asume en secreto el cuidado de su hermana, pues sabe que, si se descubre su enfermedad, será internada en un manicomio. Así crecen las dos, hasta el día en que Peggy se enamora de un amigo de su padre, el encantador compositor Johann Fischer. Su romance con Johann desencadena una amarga traición y obliga a Peggy a cuestionarse el vínculo tan estrecho que tenía con su hermana.

Las hijas del pintor es una novela tierna y oscura sobre dos jóvenes que se desviven por asemejarse a la imagen idealizada de ellas que su padre enseña al mundo en sus retratos. Es la lucha de dos hermanas por entender la historia de un pasado familiar que les ha sido escamoteado.

 

 


Opinión

 

Los libros guardan la huella de mi memoria entre sus páginas, este la EVAU de mi hijo, así que no lo ha tenido nada fácil, porque mi cerebro era un hervidero de pensamientos, y pasó la prueba, consiguió su objetivo, distraerme y enseñarme.

                Me llamó la atención la portada, ese cuadro que en un principio no conocía su existencia, ni la del autor, ni lo historia que encerraba, me sedujo. Me atrapó la mirada de las dos niñas, el gesto protector, casi posesivo, los colores, la luz de sus rostros, no me resistí y me alegro muchísimo de mi intuición.

                Leyendo la novela me vino a la cabeza una pregunta del examen de lengua del año pasado de la EVAU, «¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?» Para ellas que vivieron la época, no lo sé, Margaret, conocida como Peg, vivió aterrada por Molly, por sus crisis de ausencia, porque se la llevasen lejos, que la encerraran en un manicomio de aquellos años, así que supongo que no, para mí, no. Esta novela refleja muy bien lo que era ser mujer en aquel momento. El papel estaba delegado al ámbito doméstico, criar hijos, atender el hogar y poco más. Sumisa ante el hombre, decoro «Lo hemos construido todo sobre la base de tu reputación» y silencio. Aunque el padre de Molly y Peg no era del todo convencional, el pintor Thomas Gainsborough, pintor de paisajes y retratista inglés, en el fondo, la presión social era mucha y tenía que seguir la corriente de la época.

 

«Sin un hombre las mujeres nos descarriamos»

 

Lo más importante para comprender la dedicación de Peg con su hermana es describir un poco los manicomios de 1700 que se multiplicaron en la época. Allí se encerraba a toda persona que supusiera una carga, no hacía falta tener un trastorno o enfermedad mental, entonces se clasificaban en: idiotas y lunáticos. Ya la novela nos deja claro que se creía que era consecuencia de posesiones diabólicas, por lo tanto, cualquier experimento estaba justificado para sacar al diablo del cuerpo, nos menciona de pasada alguno. No se trataba de curar, más bien de mantenerles aislados y lejos. Muchas de aquellas personas pasaron años encadenados a paredes y camas.

 

                A lo largo de la novela la autora deja caer una pregunta, ¿es lo mismo amor que abnegación? El síndrome del cuidador abnegado, esa es nuestra adorable Peg, lo sufren más mujeres que hombres, sacrificar todo, deseos, afectos e intereses por otros, en este caso por Molly. La he disfrutado, me ha evadido y he aprendido un poco más sobre el cuadro y las hijas del pintor.



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 Las hijas del pintor: cuando el amor se confunde con el sacrificio


Inspirada en las hijas reales del pintor Thomas Gainsborough, la novela nos presenta a Peggy y Molly, dos hermanas cuya infancia transcurre entre lienzos, juegos y la aparente calidez de un hogar artístico. Sin embargo, bajo la belleza de los retratos se esconde una realidad marcada por el miedo, el silencio y la necesidad de mantener las apariencias.

El contraste entre la imagen y la realidad, Gainsborough inmortalizó a sus hijas en cuadros llenos de luz y serenidad, pero la literatura nos recuerda que un retrato nunca puede capturar la complejidad de una familia. Detrás de esos rostros perfectos habitan el miedo, la culpa y una responsabilidad demasiado pesada para una niña.

El peso invisible del cuidador

Resulta imposible no fijarse en Peggy. Gran parte de su identidad se construye alrededor del cuidado de Molly. Vive pendiente de protegerla, de ocultar sus crisis y de evitar que termine encerrada en uno de los manicomios del siglo XVIII.

Hoy hablaríamos de sobrecarga del cuidador o incluso de un patrón de autoabandono. Peggy aprende que querer significa sacrificarse. Poco a poco deja de preguntarse qué desea ella para centrarse en las necesidades de su hermana. Esta dinámica sigue siendo muy actual. Muchas personas, sobre todo mujeres, acaban confundiendo el amor con la renuncia permanente. Cuidar se convierte en el centro de su identidad hasta el punto de sentir culpa cuando piensan en sí mismas.

La novela plantea una cuestión que merece detenerse a pensar: ¿Dónde termina el amor y dónde empieza la abnegación? No siempre es fácil responder.

La enfermedad mental antes de la ciencia

Uno de los aspectos más inquietantes del libro es su contexto histórico. En el siglo XVIII la enfermedad mental estaba rodeada de supersticiones, desconocimiento y miedo. Los manicomios no eran lugares destinados a la recuperación. En muchos casos funcionaban como espacios de exclusión social. Bastaba con ser considerado una carga, comportarse de forma diferente o no ajustarse a las normas para acabar aislado. Las crisis de Molly representan ese terror constante. Su mayor amenaza no es la enfermedad, sino la respuesta de una sociedad incapaz de comprenderla.

Leer estas páginas invita también a valorar el enorme camino recorrido por la psicología y la psiquiatría. Aún quedan muchos estigmas, pero el cambio respecto a aquella época resulta inmenso.

El poder de las expectativas

Hay una frase que resume el universo de las protagonistas: «Lo hemos construido todo sobre la base de tu reputación». La reputación femenina era un patrimonio familiar. El comportamiento de una mujer podía determinar el prestigio, el futuro e incluso la estabilidad económica de toda una familia. La presión por parecer perfecta no es exclusiva del siglo XVIII. Hoy quizá ya no dependa de un matrimonio concertado, pero continúa manifestándose de otras formas: la necesidad de proyectar éxito, felicidad o una vida impecable en redes sociales.

Los retratos de Gainsborough funcionan casi como el Instagram de su tiempo: muestran la versión idealizada de una familia mientras esconden aquello que no debe verse.

¿Fue mejor cualquier tiempo pasado? Mientras leía la novela recordé una pregunta de un examen de la EVAU: «¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?». Después de acompañar a Peggy y Molly, mi respuesta es clara: no.

Idealizamos otras épocas porque contemplamos sus cuadros, su música o su arquitectura, pero olvidamos las limitaciones, sobre todo para las mujeres, las personas con enfermedades mentales o cualquiera que se apartara de la norma.

La novela desmonta esa nostalgia mostrando que la belleza artística podía convivir con una enorme falta de libertad.

Una historia que permanece

Emily Howes escribe con delicadeza una historia donde la ternura convive con la oscuridad. No necesita grandes giros para emocionar; le basta con mostrar cómo una niña acaba convirtiéndose en adulta demasiado pronto porque cree que el amor consiste en olvidarse de sí misma. Quizá esa sea la mayor virtud de Las hijas del pintor, recordarnos que las familias siempre tienen dos versiones. La que muestran al mundo y la que solo conocen quienes viven dentro de ellas.

Y, como ocurre con los mejores cuadros, cuanto más tiempo permanecemos observándolos, más detalles descubrimos que al principio habían pasado desapercibidos.



Autora

 

Ha sido directora de teatro y actriz, y es autora de numerosos relatos, algunos de los cuales han sido seleccionados para premios como el Bridport, el Bath Short Story Award y el New Scottish Writing Award. Actualmente, trabaja como psicoterapeuta. Las hijas del pintor es su primera novela y ha ganado el premio Mslexia a manuscritos inéditos.

 

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