Adiós a las armas, el principio del fin.
Hi
Adiós a las armas de Ernest
Hemingway
Una inolvidable historia de
amor entre una enfermera y un joven soldado idealista en la Italia de la I
Guerra Mundial. Por el Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway
No amaba a Catherine
Barkley, ni se le ocurría que pudiera amarla. Aquello era como el bridge, un
juego donde te largas a hablar en vez de manejar las cartas. Eso pensaba el
teniente americano Frederic Henry, conductor de ambulancias en el frente
italiano durante la Primera Guerra Mundial, al poco de conocer a esta bella
enfermera británica. Lo que parecía un juego se convirtió en pasión intensa,
mientras la guerra lo arrasaba todo y los hombres desfilaban bajo la lluvia,
agotados y hambrientos, sin pensar más que en huir de la muerte.
Inspirada en las vivencias
de Hemingway, Adiós a las armas es ya un clásico de la
literatura universal y uno de los mejores retratos de la voluntad humana. ¿Quién
no la haya leído está tardando? Pero hoy no vengo a hablaros de esta novela
que marcó un antes y un después en el autor, sino de eso, del antes y del
después. Vengo con una píldora de psicología que a unos os gustará y otros
pasaréis de largo.
¿Te gustó?, me preguntáis. Sí, pero lo que más me gustó y por lo que la recuerdo es por lo que deja ver, la desmoralización de los soldados, tengo muy poco de romántica; el fondo, lo que sí, pero no te digo a las claras, dicen que prohibieron su lectura en Italia, no creo que fuera por la historia de amor. Buscad y me contáis. Yo a lo mío, abajo.
Hay conceptos tan importantes dentro de nosotros que
sabemos poquísimos y nos marcan muchísimos: el yo. ¿Qué implica el yo? El yo, a
grandes rasgos, incluye el autoconcepto y la identidad. El yo, ¿cómo me veo a mí
misma? Nace de la autoreflexión, autoconcepto. La identidad, es eminentemente
relacional, con los demás. Otros términos muy interesantes son, autoconciencia,
implicada en distintos procesos como: la autoevaluación y la autorregulación. Cómo
somos, cómo nos gustaría ser, cómo nos gustarían que nos vieran los demás,
gracias a esa autoconciencia evaluamos que parte de nosotros, de nuestro autoconcepto
queremos modificar, y reorganizamos nuestro comportamiento. Pero por qué cuando
las personas consiguen la fama, por qué cuando las alabanzas, los elogios se
disparan, muchas personas se refugian en el alcohol, las drogas…, ¿por qué se
inicia un comportamiento autodestructivo? Y aquí viene el interés de esta
novela, no de la novela, sino de lo que marcó para su autor.
¿Cuántos famosos no se han visto envueltos en una espiral
de autodestrucción cuando les alcanzó la fama? Seguro que a vuestra memoria ha
llegado más de uno. Mark Schaller, psicólogo estadounidense, le interesó
sobremanera esto, la fama lleva al sujeto a una situación de autoconciencia crónica,
pensar una y otra vez sobre nosotros y nuestro comportamiento, y las
valoraciones sobre nuestro comportamiento, nuestras actuaciones…, día y noche,
una exigencia constante para mantener esa imagen. Runrún, runrún, que no cesa ni
se calla. Una rumiación
constante. Al estar bajo la lupa, el cerebro del sujeto entra en un estado
de alerta (hipervigilancia) donde evalúa cada paso, cada palabra y cada obra
antes de que ocurra. Esto agota las reservas de energía mental. Esto genera
unas emociones negativas, a veces, culpa, otras, vergüenza y, de vez en cuando,
orgullo, todo ocasionado por la excesiva atención hacia ellos. Schaller, entre otros,
estudió a John Cheever, ganador del Premio Pulitzer, del que no he leído nada,
ya me vale. Pero a lo que iba, Mark Schaller sugiere que la fama actúa como un foco de alta intensidad que el
sujeto no puede apagar.
Cuando se inicia un estudio como este se busca en todo
tipo de fuentes, en su biografía, entrevistas, en su obra, cartas (por eso me
gustan tanto las recopilaciones de cartas como las de Cartas de James Joyce) o diarios privados. Y descubrió un detalle
relevante, la fama coincidía con el inicio del uso del pronombre en primera persona,
esto también se ve en las redes sociales, buscad elementos de análisis de la
psicología forense. Y este inicio se relacionaba directamente con el mayor
consumo de alcohol. ¿Por qué el alcohol? No es solo placer o vicio en estos
casos; es una estrategia de
desconexión biológica.
¿Qué tiene que ver Ernest Hemingway? Morin y Craig, 2000,
psicólogos canadienses, aunque dudo un poco sobre su nacionalidad, estudiaron
en profundidad a Ernest Hemingway, porque si de algo se conoce a este autor es
por su excesivo consumo de alcohol y por su final. Sus cartas personales, que
no encontré publicación en castellano, revelan que esta conducta comenzó después
del éxito de Adiós a las armas. Tras
Adiós a las armas, la autoconciencia de Hemingway dejó de ser una
herramienta de crecimiento para convertirse en una herramienta de vigilancia.
Cuando la autoconciencia es crónica, el sujeto pierde la capacidad de
"ser" y se convierte permanentemente en "el evaluador de sí mismo".
El famoso siente que debe actuar conforme al "personaje" que la
sociedad ha construido de él. Hemingway tenía que ser el hombre valiente, el
bebedor, el aventurero. Esa máscara termina por devorar al hombre.
Conclusión. La fama eleva la autoconciencia, normal, mantenerse, no
fallar, que tu vida quede expuesta, que tu obra se mire con lupa, al igual que
tus exposiciones públicas, que todo el mundo pueda opinar y tú escuchar…, un
largo etcétera, donde comienza un runrún, para acallar, alcohol o drogas, se
intensifica el comportamiento autodestructivo.
Hemingway no se destruyó porque fuera débil; se destruyó porque su
autoconciencia se volvió demasiado grande para poder habitarla. La fama le
obligó a convertirse en un espectador de su propia vida, y cuando uno no puede
participar de su existencia porque está demasiado ocupado observándola y
evaluándola, la única salida que parece lógica es el silencio absoluto.
La literatura es una de las grades fuentes de la psicología. Por supuesto
puedes no estar de acuerdo en todo lo expuesto.
¡Feliz lectura!
Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899) forma parte ya de la mitología de este siglo, gracias no solo a su obra literaria, sino también a la leyenda que se formó en torno a su azarosa vida y a su trágica muerte. Hombre aventurero y amante del riesgo, a los diecinueve años, durante la Primera Guerra Mundial, se enroló en la Cruz Roja. Participó asimismo en la Guerra Civil española y en otros conflictos bélicos en calidad de corresponsal. Estas experiencias, así como sus viajes por África, se reflejan en varias de sus obras. En la década de 1920 se instaló en París, donde conoció los ambientes literarios de vanguardia. Más tarde vivió en lugares retirados de Cuba y Estados Unidos, donde, además de escribir, pudo dedicarse a una de sus grandes aficiones: la pesca, un tema recurrente en su producción literaria. En 1954 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Siete años después, sumido en una profunda depresión, se quitó la vida. Lumen ha publicado sus novelas Adiós a las armas; Por quién doblan las campanas; Verdes colinas de África; El viejo y el mar, por la que recibió el Premio Pulitzer en 1953; el libro de memorias París era una fiesta; sus Cuentos, recopilados por el propio autor, y su primer libro de relatos, En nuestro tiempo.
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