Donde mueren las bestias

Donde mueren las bestias de Scott Preston 

Traducción  Diego de los Santos 
Edita Impedimenta 



En una Cumbria ennegrecida por la fiebre aftosa, Steve Elliman regresa a la granja familiar y cae bajo el influjo del brutal William Herne. Con Donde mueren las bestias, Scott Preston traza una épica oscura sobre la tierra, la culpa y el feral sentimiento de pertenencia. 

Cumbria, 2001. En los días oscuros de la fiebre aftosa, mientras las llamaradas de las piras sanitarias ennegrecen las colinas del norte de Inglaterra, Steve Elliman vuelve a trabajar en la granja de su padre. En ese paisaje devastado, se reencuentra con William Herne, un granjero de modos brutales, intimidante y agresivo, que lo arrastra a un mundo turbio de robos de ovejas, peleas clandestinas y asesinatos entre la niebla. Juntos, fundan una especie de comuna salvaje que pronto se convierte en una banda fuera del sistema, una nueva forma de vida donde el trabajo físico extenuante y el instinto de supervivencia sustituyen a cualquier ética. 


Empiezo:


A veces una novela puede estar muy bien escrita y, aun así, no lograr que el lector se quede en ella. Eso es lo que me ha ocurrido con Donde mueren las bestias, de Scott Preston.

He llegado aproximadamente al 40 % de la lectura y, aunque reconozco el enorme cuidado literario de la prosa —especialmente en las descripciones del paisaje de Cumbria, que tienen un lirismo muy hermoso—, la historia no ha conseguido atraparme. Preston escribe con gran sensibilidad cuando se detiene en la geografía: los montes, los valles, la luz sobre las colinas del norte de Inglaterra. Ahí la novela respira.

Sin embargo, el núcleo narrativo me ha resultado demasiado árido. Durante buena parte del libro la acción gira en torno a la devastación provocada por la fiebre aftosa y a un mundo rural donde la violencia contra los animales —sacrificios de ganado, caza del zorro— ocupa el centro del relato. A eso se suma una galería de personajes con los que no he conseguido establecer ningún vínculo emocional. Ni siquiera los momentos que podrían abrir una grieta humana —la enfermedad y la muerte del padre, o la relación insinuada con Helen— llegan a desarrollarse de forma que sostengan la historia.

Así que, aunque admiro la calidad descriptiva de la prosa, esta vez abandono la lectura. A veces el estilo no basta: también necesitamos sentir que la historia nos importa.


¡Feliz lectura!




Impresiones 

Una novela que llega rodeada de entusiasmo y una se acerca a ella esperando una revelación. Con Donde mueren las bestias, de Scott Preston, me está ocurriendo lo contrario. A medida que avanzo en la lectura —apenas un tercio del libro— tengo la sensación de atravesar un paisaje devastado en todos los sentidos: animales sacrificados, granjas vacías, vidas que se deshacen sin resistencia. La fiebre aftosa arrasa Cumbria y, con ella, también parece evaporarse cualquier vínculo humano. Sin embargo, por ahora, la historia me deja a la intemperie: los personajes pasan como sombras y el protagonista, incapaz incluso de acompañar a su padre en la muerte, se mueve por la narración sin que llegue a importarme del todo.




Llevo el 14% de la lectura, ¡ufff, estoy teniendo tan mala suerte que me voy a refugiar en los clásicos de nuevo. Me está produciendo fatiga, incomodidad y saturación: las matanzas de ovejas durante la crisis de la fiebre aftosa de 2001 en el norte de Inglaterra no aparecen solo como contexto histórico, sino como atmósfera moral. Es decir, Preston intenta que el lector entre en un paisaje donde la vida —animal y humana— parece perder valor. Es demoledor. No sé a qué lector le puede ir. 

Repetición deliberada, las piras, los disparos, los cuerpos de animales…, se repiten mucho para transmitir devastación y os digo, horroriza, produce distancia emocional. Me parece tan monótono o incluso excesivo. ¿A quién puede gustarle leer tantas páginas de cómo matan ovejas? 

Me empieza a preocupar el bombo en redes. Se presenta como una gran experiencia literaria y el lector llega esperando intensidad psicológica o narrativa, y me encuentro con un relato muy físico, muy áspero y bastante repetitivo en su arranque.

 

"La fiebre aftosa era una enfermedad que lo devoraba todo: primero mataba los animales, luego se cargaba las granjas y los granjeros se suicidaban. Luego tocó a las ferias rurales y las subastas,  y a todos los que se ganaban la vida con eso"

No es solo un contexto sanitario, es una catástrofe social que arrasa una forma de vida entera. El fragmento que cito es muy revelador: primero desaparecen los animales, luego el trabajo, después la estructura económica del campo (ferias, subastas, granjas) y finalmente la comunidad humana. Lo único que queda, como dice el texto, son los turistas, que además evitan el lugar, familias enteras sin sustento,  porque las ayudas no dan para nada.

Literariamente, Preston parece querer construir una especie de crónica de descomposición rural, donde el protagonista —Steve— no es un héroe, es un hombre arrastrado por la pérdida de sentido. Por eso el personaje puede resultar distante, no actúa, no toma decisiones especialmente nobles y ni siquiera está presente en la muerte de su padre.

Esa frialdad puede ser deliberada, puede que el autor intente explorar la erosión moral y emocional cuando desaparece el mundo al que pertenecías. Pero claro, el riesgo de ese planteamiento es exactamente lo que siento, no encuentra un punto de anclaje emocional, la historia se vuelve árida.

"Familias que se aferraba a lo poco que les quedaba y gente que pensaba que 'aguantar mecha' significa quedarse en un sitio hasta que te pudras"


pesa poco.

Scott Preston es originario de Windermere, situada en el condado de Cumbria dentro del parque nacional Lake District, donde su padre era constructor de muros de piedra seca y sus abuelos eran guardas del parque nacional. Estudió Filosofía en la universidad de Sheffield antes de trabajar como redactor publicitario. Se graduó en el programa de Escritura Creativa de la universidad de Manchester y obtuvo un doctorado en prosa de ficción por el King's College de Londres. Donde mueren las bestias (2024; Impedimenta, 2026) es su debut literario, por el que fue finalista del premio Charlotte Aitken al joven escritor del año del Sunday Times.

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