Nikolai Gógol
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Cuentos completos de Nikolái Gógol
Traducción de Vladímir Aly, María García Barris, Fernando Otero Macías, Marta Sánchez-Nieves Fernández y Joaquín Torquemada Sánchez.
Ilustrado por Arturo Garrido
Páginas 836
Fundador de la literatura rusa moderna, y uno de los autores más influyentes en la narrativa actual, los cuentos de Gógol siguen tan presentes como nunca. Imprescindibles.
Considerado el padre del realismo ruso y a la vez el precursor más genial del absurdo moderno, Nikolái Gógol (1809-1852) dinamitó las convenciones literarias del siglo XIX. Su obra es el puente fundamental por el que transitaron después autores como Dostoievski, Bulgákov o el propio Kafka.
Esta edición –que reúne la totalidad de su narrativa breve– abarca desde el folclore colorista y demoníaco de sus primeros ciclos ucranianos (Veladas en el caserío cerca de Dikanka y Mírgorod), hasta las alucinadas estampas urbanas de sus relatos petersburgueses. El lector encontrará aquí obras maestras universales como «Tarás Bulba», «La Avenida Nevski», «La nariz» o «Diario de un loco», junto a piezas imprescindibles como «El retrato» o «El Vii» –donde el terror y la sátira se dan la mano–, así como una sección dedicada a todos aquellos textos dispersos o inconclusos, voluntaria o involuntariamente, a su muerte.
La escritura de Gógol, capaz de transitar en un mismo párrafo de la risa incontenible al horror existencial, disecciona la burocracia, la corrupción moral y la pequeñez humana con una agudeza visual sin precedentes. Gógol es el inventor de un realismo grotesco donde lo sobrenatural irrumpe con naturalidad en la grisura cotidiana, y este es un volumen esencial para comprender el origen de la literatura moderna.
Para redes:
Leer los cuentos de Nikolái Gógol es descubrir algo inquietante: el ser humano apenas ha cambiado. En La nariz una parte del cuerpo adquiere más rango social que su dueño; en El retrato el artista se pierde cuando el éxito pesa más que el arte; en El capote el orgullo convierte cualquier ofensa personal en una cuestión de honor universal; y en Diario de un loco asistimos, desde dentro, a la lenta fractura de una mente. Bajo el humor absurdo y la ironía, Gógol deja una verdad incómoda: vivimos obsesionados con la apariencia, el reconocimiento y la imagen que los demás tienen de nosotros. Cambian los siglos, cambian las calles…, pero las debilidades humanas siguen siendo exactamente las mismas.
Leer a Nikolái Gógol no es solo acercarse a uno de los grandes narradores rusos: es asomarse a la conciencia humana cuando empieza a resquebrajarse. Sus cuentos hablan de funcionarios grises que pierden la cabeza, de narices que se independizan, de abrigos que contienen toda una vida, de ambición, ridículo, miseria moral y deseo de reconocimiento. Pero, en realidad, hablan de algo mucho más profundo: del miedo a no ser nadie, de la fragilidad de la identidad, del absurdo burocrático, de la humillación cotidiana y del autoengaño.
Psicológicamente, Gógol, narra el narcisismo herido, la alienación, la obsesión, la paranoia social, el delirio que nace de la insignificancia. Sus personajes no están locos: están solos, invisibles, aplastados por estructuras que les prometen dignidad y les devuelven caricatura.
¿Y qué nos preguntamos al leerlo?
— ¿Quién soy cuando nadie me mira?
— ¿Cuánto de mi identidad depende del reconocimiento externo?
— ¿Hasta qué punto el sistema nos convierte en personajes ridículos de nuestra propia vida?
— ¿Dónde empieza la cordura y dónde el absurdo?
Y entonces entendemos por qué Gógol es actual. Porque seguimos viviendo entre jerarquías, apariencias, comparaciones constantes. Porque la ansiedad por el estatus no ha desaparecido. Porque el miedo a la irrelevancia sigue siendo profundamente humano.
Hoy empezamos una lectura en vivo. Cada día, una frase. Cada día, una reflexión. Cada día, una pregunta incómoda.
Leer a Gógol no es leer el siglo XIX. Es mirarnos en un espejo que, con ironía y ternura cruel, todavía nos devuelve la imagen.
¡Empezamos!
En las primeras páginas de los Cuentos completos de Nikolái Gógol ya aparece algo muy característico de su literatura: esa mirada irónica y profundamente psicológica sobre lo social. Gógol observa algo que sigue siendo muy humano: en cuanto alguien aparece en escena, el mundo empieza a pedirle explicaciones. ¿Dónde vas, para qué, con quién? Como si existir en público implicara automáticamente justificarse. Esa pequeña incomodidad cotidiana —tan trivial en apariencia— revela una presión social muy fuerte: la necesidad constante de dar cuenta de uno mismo. Psicológicamente, habla del control social, de la mirada de los otros, de cómo la identidad no se construye solo desde dentro, sino también desde lo que los demás esperan, preguntan o exigen, porque hace que analicemos nuestro comportamiento y asumamos ciertas ideas de los demás, ¿sabéis qué es y de dónde viene el autoconcepto?
Y luego aparece esa otra observación tan certera de Gógol: el poder de las etiquetas. Cuando a alguien se le pone un mote, cuando se le asigna una característica, parece que queda fijado para siempre. El individuo desaparece y queda el rótulo. La persona deja de ser alguien cambiante para convertirse en una caricatura repetida por los demás. ¿Sí o no? Desde la psicología esto conecta con algo muy conocido: la identidad social y el peso de las etiquetas. Una vez que un grupo decide quién eres —el tímido, el raro, el ambicioso, el ridículo— es extremadamente difícil desprenderse de esa imagen. El entorno tiende a confirmarla una y otra vez.
Lo fascinante es que Gógol estaba señalando esto en el siglo XIX, pero la reflexión resulta casi inquietantemente actual. Hoy no solo existen motes: existen perfiles, comentarios, algoritmos, reputaciones digitales. Y, como en sus cuentos, a veces basta una palabra para fijar una identidad que después cuesta muchísimo desmontar.
¿Cuánto de lo que creemos ser nace de nosotros… y cuánto de lo que los demás han decidido que somos?
Empiezo con los cuentos que más me gustan, los anteriores no los había leído nunca, interesante relación entre mujer-bruja, y las referencias al espejo y la imagen, pág 130, "se refleja su rostro juvenil, lleno de vida... y una sonrisa increíblemente encantadora que atravesaba el alma, todo ello clamando lo opuesto". Otra relación, muchachas-diablillo, pág 75, las muchachas tienen dentro un diablillo que les atiza a la curiosidad. Evolución de sus cuentos.
Nuestro protagonista sigue a la mujer hasta un burdel o casa de vicio, una mujer hermosa, y al llegar allí se sorprende al ver lo que ella es con apenas diecisiete años, "... donde la mujer, que es la joya del mundo, corona de la creación, se convierte en una criatura extraña y equívoca, que se desprende, junto con la pureza de su corazón, de todo lo que es femenino y adopta una medida que es desagradable a los modales groseros del hombre y deja de ser esa criatura débil y adorable que es tan diferente de nosotros".
Ese fragmento de Nevski Prospekt, uno de los relatos más conocidos de Nikolái Gógol, es profundamente revelador desde el punto de vista psicológico. Nuestro protagonista sigue a una mujer que le parece la encarnación misma de la belleza. Para él es “la joya del mundo”, casi una idealización absoluta. Pero cuando finalmente llega al lugar donde ella entra, la imagen se rompe. De repente, esa mujer perfecta deja de ser la criatura pura e ideal que él había imaginado y se convierte en algo ambiguo, incómodo, incluso desconcertante. Y ahí aparece uno de los grandes temas de Gógol: la distancia entre la fantasía y la realidad. Psicológicamente, lo que ocurre no es un cambio en la mujer, sino en la mirada del protagonista. Él había proyectado sobre ella una imagen idealizada: pureza, fragilidad, perfección. Cuando la realidad no coincide con esa fantasía, la decepción es inevitable.
Gógol nos está mostrando algo muy humano: tendemos a construir personas imaginarias sobre cuerpos reales. Idealizamos, proyectamos, inventamos. Y cuando la persona real aparece —con su complejidad, su ambigüedad o simplemente con su libertad— sentimos que algo se rompe. También hay una crítica muy sutil a una mirada masculina que necesita que la mujer sea débil, pura, casi irreal para poder admirarla. En el momento en que deja de encajar en ese molde, deja también de ser “adorable”.
¿Nos enamoramos realmente de las personas… o de la imagen que hemos construido de ellas?
"... nunca sentimos con tanta fuerza la comprensión como cuando la belleza, alterada por el aliento corrupto del vicio. Si la fealdad hubiera hecho amistad con el vicio, no nos importaría tanto, pero la belleza, la tierna belleza... que en nuestro pensamiento asociamos con la inocencia y la pureza".
"Finalmente, los sueños se acabaron por ser su vida, y desde ese momento su vida entera experimentó un estilo extraño. Se podría decir que dormía cuando estaba despierto y que dormía cuando dormía, que alguien le hubiera visto sentado en silencio delante de una mesa vacía, caminando por la calle, seguramente lo habría tomado por un lunático o por alguien amnésico por la bebida. Su mirada no tenía ni voz ni significado, su distracción natural fue un aumento hasta que borró de su rostro sentimientos y sus emociones. Solo se animaba al acercarse la noche".
¿Disociación? Para los demás parece un borracho, un lunático, alguien perdido. Pero en realidad lo que ocurre es otra cosa: su mente ya no está en la realidad. Su distracción crece tanto que su rostro se vacía de emociones. Es como si el mundo exterior hubiera perdido intensidad. Solo hay un momento en que vuelve a encenderse: cuando se acerca a la mujer que ama. Y aquí aparece una idea muy interesante de Gógol: cuando una persona coloca toda su vida emocional en un solo punto —una ilusión, un amor, una obsesión— todo lo demás empieza a desvanecerse. ¿ Cómo vivir en ese mundo idealizado? Opio.
“Que Dios os guarde de mirar por debajo de los sombreros de las damas.”
En el fondo no está hablando solo de mujeres, ni siquiera de seducción. Está hablando de las apariencias. El narrador describe cómo todo puede parecer fascinante desde fuera: los adornos, las telas, las baratijas expuestas con gracia…, pero detrás de ese brillo —dice Gógol— a veces solo hay olor a dinero, interés o ilusión vacía. La gran calle de San Petersburgo que recorre el relato es un escenario de máscaras. Todo seduce, todo brilla, todo promete algo extraordinario…, pero la realidad rara vez coincide con lo que imaginamos.
"En este mundo ocurren cosas de lo más absurdas". El cuento La nariz de Nikolái Gógol es uno de los relatos más extraños y, al mismo tiempo, más inteligentes de la literatura rusa. La escena en la que la nariz no quiere volver con su dueño —el mayor Kovalev—, es clave para entender el sentido del cuento. ¿Por qué la nariz no quiere volver? "Yo soy yo mismo". Cuando Kovalev encuentra a su propia nariz vestida como un alto funcionario, esta le responde que “sirve en otra parte” o que pertenece a otro departamento. Es decir, la nariz se comporta como si fuera una persona con identidad. Y ahora vamos con las posibles explicaciones:
Gógol está ridiculizando la obsesión de la sociedad rusa del siglo XIX con los rangos administrativos y el estatus, del que ya habla largo y tendido. En ese mundo burocrático, el título y el puesto lo eran todo. La nariz, al aparecer con un rango superior al de su dueño, ya no quiere rebajarse a volver a su lugar.
El mayor Kovalev no se angustia solo por perder la nariz físicamente. Lo que teme es perder su posición social, su imagen, su posibilidad de ascenso o de matrimonio. La nariz simboliza su identidad pública, ¿esta incompleto?
Sea lo que sea, Gógol utiliza el absurdo para decir algo muy serio: en una sociedad obsesionada con las jerarquías, los títulos pueden llegar a ser más reales que las personas. Y si perdemos la imagen que mostramos al mundo… ¿seguimos siendo alguien?
Hay un momento en El retrato en que el joven pintor empieza a imaginar su triunfo. Antes incluso de pintar, ya se ve a sí mismo deslumbrando al mundo con la ligereza y el brillo de su pincel. Ya se ha gastado el dinero en anuncios, en comida y en trajes lujosos, en lugar de mejorar su técnica, desoye por completo aquellos buenos consejos que recibió. Hasta entonces había trabajado con disciplina: copiando esculturas antiguas, estudiando a los maestros clásicos, dibujando modelos humildes y rostros toscos. Era el camino lento del aprendizaje. Pero de repente aparece otra posibilidad, un atajo, el éxito rápido, el reconocimiento, la admiración, no piensa ni un segundo en lo efímero del sueño. Y algo cambia dentro de él.
Psicológicamente este momento es fascinante. Gógol describe el instante en que la imaginación del éxito empieza a sustituir al trabajo real. El artista deja de pensar en la obra y empieza a pensar en la gloria. El cuento de la lechera pero con otra visión. La mente se adelanta al aplauso. El ego aparece antes que el arte. El dinero rápido nunca ayuda.
Hay un momento en El retrato en el que Gógol describe algo tan divertido como inquietante: los clientes del pintor no quieren un retrato… quieren una versión ideal de sí mismos. Todos piden naturalidad, pero cada uno dicta cuidadosamente cómo debe aparecer. Un hombre exige que su perfil sea enérgico. Otro desea que sus ojos parezcan inspirados. Un teniente quiere que en su mirada se refleje Marte, el dios de la guerra. Y un alto dignatario pide aparecer con una mano sobre un libro donde se lea, «Siempre defendió la verdad».
Y aquí Gógol vuelve a mostrar algo profundamente humano: nadie quiere verse como es; todos quieren verse como les gustaría ser recordados o que los demás les vieran. Psicológicamente es una escena muy moderna. Cada personaje intenta controlar su imagen, construir una narrativa sobre sí mismo, fijar en el lienzo una versión mejorada de su propia historia, no es muy diferente de lo que ocurre hoy con las fotografías, los perfiles o las redes: no mostramos exactamente quiénes somos, sino quiénes queremos parecer.
Otro fragmento, uno de los momentos más inteligentes del cuento, porque en realidad no habla solo de pintura: habla del ego del artista y de la obsesión por el talento inmediato.
El pintor empieza a despreciar a quienes tardan meses en hacer una obra. Dice algo así como, "El que tarda meses en pintar un cuadro es un obrero, no un artista. El genio trabaja con rapidez y osadía". Y presume: este retrato en dos días, esta cabeza en uno, esto en unas horas. Es una escena muy reveladora porque describe algo que sigue pasando hoy: la mitología del talento rápido. La idea de que lo verdaderamente brillante debe surgir casi sin esfuerzo. Que lo lento es mediocridad. Que lo rápido es genialidad.
Pero Gógol, con su ironía habitual, deja entrever algo muy distinto: cuando el artista empieza a pensar así, el arte ya no está en el centro… lo está el ego. Y leyendo este fragmento no puedo evitar pensar en algo muy actual: vivimos rodeados de velocidad. Libros leídos en dos días. Opiniones inmediatas. Producción constante.
Pero quizá la pregunta que deja Gógol es incómoda y necesaria: ¿El arte necesita rapidez… o necesita tiempo para perfeccionarse y dejar huella?
De mis cuentos preferidos.
Nada más empezar El capote, Gógol deja caer una frase muy afilada, “En la actualidad, no hay individuo que no considere que ofenderle a él es lo mismo que ofender al conjunto de la sociedad.”. Es una observación breve, pero real. Gógol está señalando algo muy humano: la tendencia a convertir lo personal en universal. Cuando alguien nos critica, cuando nos sentimos heridos o ridiculizados, nuestra reacción natural es amplificar el agravio. No solo nos han ofendido a nosotros: sentimos que se ha atacado algo mucho más grande —nuestro honor, nuestra dignidad, incluso nuestros principios.
Psicológicamente esto tiene mucho que ver con el ego y la identidad. Cuando el yo se siente amenazado, busca protección ampliando el conflicto: si me atacan a mí, entonces están atacando algo que represento. Y lo fascinante es que Gógol escribe esto en el siglo XIX… pero parece una descripción perfecta de nuestro tiempo. Hoy vemos constantemente cómo una crítica personal se interpreta como un ataque a todo un grupo, una ideología o una comunidad.
¿Cuántas veces defendemos realmente un principio… y cuántas veces estamos defendiendo simplemente nuestro orgullo?¿
"Le voy a hacer uno nuevo que va a ser la admiración de todo el mundo; confíe en mí ", ¿cuánto vale un capote que todo el mundo admirará‽ Pues vale el té de un año, las velas de por las noches y andar con cuidado para no desgastar las suelas de los zapatos.
En el cuento El diario de un loco, la siguiente frase: "Sigo sin comprender qué clase de país es España; las tradiciones populares y la etiqueta de la corte son algo fuera de lo común. No entiendo, no entiendo. Detenidamente no entiendo nada. Hoy me han afeitado la cabeza, a pesar de que he gritado con todas mis fuerzas que no deseaba ser monje, pero ya ni me acuerdo de lo que ha pasado cuando han empezado a echarme agua fría en la cabeza. Jamás había soportado semejante infierno".
Y hasta aquí puedo escribir, el resto queda para mí, que luego hay mucho que se aprovecha y no menciona.
¡Feliz lectura!
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