Sociopata. Unas memorias
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Traducción Anna Valor Blanquer
Sinopsis
Llevamos décadas intentando comprender a los sociópatas y su psique. Por primera vez, una de ellas se confiesa.
Desde muy pequeña, Patric se dio cuenta de que su presencia provocaba cierta incomodidad. Sospechaba que la causa era su incapacidad para sentir emociones tan primarias como el miedo o la culpa, y la empatía era un término que le resultaba ajeno. Así que empezó a hacerse pasar por una más. Pero la incomprensión del resto y su rechazo hacia las personas como ella acabó siendo insoportable. Con la intención de sentir lo mismo que sentía su entorno, se puso a robar, mentir e incluso apuñaló a una compañera de clase con un lápiz.
Ya de mayor, la autora se embarca en una misión para demostrar que los millones de personas que comparten su diagnóstico no son monstruos. A lo largo del camino, se enfrenta a la complejidad de las relaciones humanas: desde su psicoterapeuta ―superada por el perfil de su paciente― hasta un anónimo que elige mal a su víctima de chantaje y un padre que lucha por aceptar la condición de su hija. Un testimonio cautivador, honesto y sin precedentes que revela los mecanismos de una psique que ha inspirado la ficción durante siglos, y que nos invita a revisar nuestra percepción de los trastornos mentales y a aceptar a quienes los padecen.
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"No me importa nada excepto que nada me importa"
Hay libros que prometen abrirnos una puerta a una mente distinta. Sociópata parte de esa premisa: intentar explicar cómo se vive el mundo cuando ciertas emociones —la culpa, la empatía, la vergüenza— no funcionan como en la mayoría de las personas. La novela tiene momentos muy interesantes, pequeñas perlas psicológicas que invitan a pensar en cómo interpretamos a los demás y en cómo la sociedad acepta ciertos rasgos solo cuando le resultan útiles. Sin embargo, a lo largo de la lectura también aparece otra sensación: la de estar, por momentos, ante un manual de psicología disfrazado de historia.
Entre reflexión y reflexión, la protagonista intenta explicarse a sí misma y encontrar su lugar entre los demás. Y quizá ahí esté lo más sugerente del libro: en la pregunta que queda flotando al final.
¿Hasta qué punto entendemos realmente aquello que llamamos “normal”?
IMPRESIONES
Empiezo la lectura de Sociópata, una novela que me está resultando particularmente interesante por la forma en que intenta acercarnos a una mente que, en la vida cotidiana, solemos mirar con distancia o incomprensión.
Empieza muy bien. La protagonista sale con sus "amigas", pero regresa sola a casa, cierra la puerta, sube a su habitación, apaga las luces, se mete en la cama y pone música en el tocadiscos. Y la autora señala la gran diferencia de pensamiento: está tranquila, incluso satisfecha consigo misma. Sabe que debería sentirse mal por lo que ha hecho…, pero no. Puede escuchar a Blondie sin que nada la perturbe. Sabe lo que está mal y lo que está bien. El sociópata es calculador, perfectamente detallado en esta escena; frío... Nuestra protagonista necesita aprender a sociabilidad, necesita a su madre, son vitales los padres en esta etapa. Como vemos, otra carácter, les cuesta mucho reprimir no satisfacer sus necesidades inmediatas, quiere escuchar música tranquila, soluciona el problema en un plis. Baja tolerancia a la frustración y ningún miedo a las consecuencias. Pueden sentir culpa, sí, remordimiento, también, pero no de continuo, tienen que aprender. Veremos cómo desarrolla esto la autora.
La novela plantea algo que me parece muy sugerente desde el punto de vista psicológico: no todos los actos dañinos nacen del mismo lugar. Hay personas a las que les atrae la crueldad por la crueldad misma. A ella, sin embargo, no le ocurre eso. Sus actos parecen responder más bien a una necesidad de sentir algo, de provocar una emoción que de otro modo no aparece. Y ni siquiera ella termina de comprenderse.
La propia autora lo advierte con mucha claridad: este libro no pretende idealizar la sociopatía ni minimizar la gravedad del trastorno. Su intención es otra: intentar ilustrar esa experiencia desde dentro, acercarnos a una forma de sentir —o de no sentir— que normalmente permanece opaca.
Y con esa premisa, empezamos la lectura.
A medida que sigo leyendo Sociópata, hay algo que empieza a chirriarme cada vez más: la voz narrativa de la protagonista.
Hay una escena en la que su madre, su hermana y ella visitan a un tío que trabaja en una prisión. A partir de ese contacto con el mundo carcelario, la niña empieza a reflexionar sobre los presos y sobre la posibilidad de que a ella le ocurra algo parecido. En un momento llega a pensar: quizá lo que tengo es una dificultad con las emociones.
La idea es interesante, porque la novela plantea que algunas personas viven con un repertorio emocional reducido o incompleto. La protagonista lo describe con una metáfora muy clara: como si el abanico entero de emociones perteneciera a los demás. A ella le resultan naturales algunas, como la rabia o la felicidad, pero otras —la empatía, la culpa, la vergüenza o los celos— son como un idioma que no sabe hablar ni entender.
El planteamiento psicológico es sugerente. Además, la propia narradora reconoce la importancia de la figura de la madre: es ella quien, de algún modo, funciona como guía para enseñarle normas sociales y emocionales que la niña no parece adquirir de forma espontánea. Sin embargo, aquí es donde a mí la novela empieza a fallarme. La protagonista es una niña, y sin embargo habla con un nivel de análisis psicológico y un vocabulario extremadamente elaborado, casi clínico. Da la sensación de estar leyendo a alguien que ha estudiado durante años la sociopatía o que ha trabajado con pacientes, más que a una menor que intenta entender qué le ocurre.
Frases como cuando describe su estado emocional como “estrés atascado”, o cuando analiza con tanta claridad conceptos como culpa, empatía o maldad, me resultan demasiado sofisticadas para su edad.
La historia sigue siendo interesante, y se nota que la autora conoce muy bien el tema — por su formación y su experiencia investigando la sociopatía—, pero esa erudición se filtra demasiado en la voz de la niña. Y ahí, para mí, se rompe un poco la verosimilitud del personaje.
A medida que sigo avanzando en Sociópata, sigo encontrando el mismo problema que ya me empezó a chirriar al principio: la voz narrativa de la protagonista.
La historia está contada desde su infancia, desde el momento mismo en que es una niña. No sé si más adelante la narración evolucionará y descubriremos que, ya adulta, estudia psicología o psiquiatría para comprenderse a sí misma —algo que tendría bastante sentido dentro de la historia—, pero de momento eso no está planteado. Y ese es precisamente el punto que me resulta menos verosímil.
Cuando un niño vive con una dificultad profunda para comprender sus emociones o las de los demás, lo habitual es que aparezca un gran desconcierto interior: esa sensación de ser distinto, de no encajar, de sentirse observado o incluso de percibirse como un “bicho raro”. Ese sufrimiento infantil, esa incomprensión de sí mismo, suele formar parte de este tipo de experiencias. Sin embargo, en la novela esa dimensión queda bastante diluida porque la protagonista analiza lo que le ocurre con una lucidez y un vocabulario casi clínicos.
Hay una escena que me ha resultado especialmente llamativa. En uno de esos momentos con menor vigilancia, la niña le clava un lapicero en el cuello a una compañera. Es un episodio muy grave y uno espera que a partir de ahí se desencadenen ciertas consecuencias: evaluaciones psicológicas, intervención de especialistas, algún intento de entender qué está ocurriendo con esa niña. Pero en la narración, al menos hasta ahora, nada de eso suceda.
La madre, que ya parece bastante sobrepasada por la situación —divorciada, en una nueva ciudad, iniciando una relación con otra pareja—, sigue permitiendo que su hija duerma en casa ajena, algo que resulta, cuanto menos, extraño teniendo en cuenta lo ocurrido. La protagonista está pasando la noche en casa de una supuesta amiga. Durante el día todo ha ido bien, pero en la quietud de la noche empieza a sentirse saturada y reconoce que, cuando llega a ese punto, suele hacer “cosas malas”. Para evitarlo, decide marcharse a casa. Hasta ahí la situación resulta interesante desde el punto de vista narrativo. Pero de nuevo aparece ese tono analítico tan sofisticado. Antes de irse, deja una nota y piensa: “sinceridad selectiva”. Y después realiza un análisis interno muy elaborado en el que distingue entre miedo y lo que ella llama “atención”: una especie de estado de alerta en el que entiende que tiene un problema que necesita resolver inmediatamente. Incluso llega a formular algo que, en realidad, parece más propio de una sesión terapéutica que del pensamiento de una niña: reconoce que necesita a su madre como una especie de brújula moral para orientar su comportamiento, pero también entiende que esa guía depende de mantener su confianza.
La idea es muy interesante desde el punto de vista psicológico, porque en efecto las familias suelen desempeñar ese papel de orientación en niños con grandes dificultades para interpretar las normas sociales y emocionales. Pero el problema vuelve a ser el mismo: esa reflexión se formula con la voz de alguien que ya ha estudiado profundamente el fenómeno, casi con la voz de una terapeuta.
Sigo avanzando en Sociópata y, aunque la historia continúa siendo interesante, el problema de la voz narrativa se me hace cada vez más pesada.
La autora nunca termina de precisar la edad exacta de la protagonista. Por algunos detalles —como que su hermana se va a un campamento y ella no— uno puede deducir que está entrando en los primeros años de la adolescencia. Quizá tenga once, doce años…, pero no lo sabemos con claridad o se me escapó el dato. Esa falta de concreción también resulta un poco molesta, porque la edad es importante para entender hasta qué punto son verosímiles sus reflexiones.
En una de las escenas del campamento conoce a un chico, David, y ambos se van a explorar. Empiezan a hablar del amor, de los besos, de ese tipo de inquietudes que suelen aparecer en esas edades. La protagonista reconoce que ha oído hablar de todo eso a sus compañeras, pero que a ella no le despierta ningún interés. Y entonces llega la respuesta de David, que es donde la escena se vuelve, para mí, completamente extraña. Él le dice algo así como que su diferencia es una ventaja: que puede observar el amor con objetividad, valorarlo e incluso disfrutarlo, pero que, como no lo ansía, no controla su vida. La protagonista reflexiona sobre estas palabras y las relaciona incluso con el “argumento de Jessica Rabbit”: la idea de que quizá las partes malas de su personalidad no sean realmente malas, sino simplemente distintas.
El problema es que toda la escena suena más a un grupo de terapia que a una conversación entre dos niños o preadolescentes. Tanto la voz de la protagonista como la del propio David tienen un nivel de análisis emocional y conceptual demasiado adulto. No es que el planteamiento psicológico sea poco interesante; al contrario. Pero la manera en que se expresa vuelve a dar la sensación de que detrás de esos pensamientos está la voz de una especialista —la autora que conoce muy bien el tema— más que la mente de una niña que todavía está intentando entender qué le ocurre.
Y ahí es donde, para mí, la novela pierde fuerza. Porque el conflicto podría ser muy potente si apareciera filtrado por la confusión, la torpeza o el desconcierto propios de esa edad. En cambio, muchas veces lo que escuchamos parece más el discurso de un terapeuta que el pensamiento de una niña. De momento llevo aproximadamente entre un 25% y un 35% del libro —lo escucho a veces en audio cuando voy en el metro o conduciendo—, así que todavía queda historia por delante. Pero, al menos hasta ahora, la voz narrativa sigue siendo el punto que más me cuesta aceptar.
Sigo avanzando en Sociópata y hay algo que empieza a distorsionarme un poco la lectura. No sé hasta qué punto la autora se ha permitido ciertas licencias narrativas, porque en realidad la protagonista es ella misma. Es decir, estamos ante una especie de autobiografía novelada, y eso quizá explica algunas decisiones del relato. La protagonista ha estudiado Psicología, recordemos. Incluso hay una escena anterior en la que conversa con una profesora —si no recuerdo mal se llamaba Sharly— y da la impresión de que domina el tema de la sociopatía incluso más que la propia docente. Esa escena presentaba a un personaje con un nivel de análisis muy alto sobre su propio funcionamiento psicológico. Sin embargo, ahora aparece una situación que introduce cierta incoherencia con lo que se había planteado antes.
Patrick trabaja en el entorno musical, relacionada con la gestión de grupos —de ahí el personaje de Everly—, y se ve envuelta en un conflicto con una mujer llamada Ginny. Esta mujer la está presionando y prácticamente extorsionando para que ayude a su hijo Liam a triunfar en la música. El problema es que Liam ni siquiera tiene talento ni interés real en esa carrera, pero su madre dejó su trabajo para impulsarlo y ahora exige una especie de compensación. Hasta ahí el conflicto podría ser interesante. Pero lo que me llama la atención es la reacción de la protagonista. Ella misma reconoce que no sabe muy bien cómo interpretar la situación, si lo que ocurre es correcto o no. Dice algo así como que no es la persona más indicada para distinguir comportamientos buenos o malos, sobre todo, cuando se trata de los demás. Y aquí, aparece una explicación de su terapeuta, la doctora Carlin, que introduce el concepto de “alta tolerancia a la patología”: un umbral de miedo elevado que hace que ciertas conductas o situaciones que la mayoría de las personas perciben como problemáticas o amenazadoras a ella no le resulten especialmente alarmantes.
El concepto en sí es interesante y tiene sentido dentro del perfil que se describe. Pero lo que me resulta extraño es que la protagonista parezca descubrir ahora algo que, por la forma en que se había presentado antes, daba la impresión de que ya comprendía bastante bien. Si recordamos las escenas iniciales —como aquella del “hombre de los gatitos”, por ejemplo—, la narración daba a entender que ella tenía una gran capacidad para analizar su propia condición. Y sin embargo ahora aparece sumida en un mar de dudas sobre algo que, en teoría, debería encajar con bastante claridad dentro de su propio marco de comprensión.
Esa es una de las sensaciones que empieza a repetirse en la novela: el discurso no siempre termina de ser coherente entre lo que se plantea al principio, lo que se desarrolla en medio de la historia y lo que aparece después. Aun así, también es cierto que el libro sigue teniendo ideas interesantes y momentos que invitan a la reflexión. Así que, de momento, seguiré leyendo para ver hacia dónde termina llevando todo esto.
Muchas píldoras psicológicas que me gustan, diferencia entre sociopatía y psicopatía, pero no sé si es la mejor forma, yo no termino de empatizar con la protagonista, eso sí, entiendo cómo funciona o parece funcionar. Nuevo personaje que me gusta, Max, esas compañías que perjudican, que no fortalecen los límites, que animan a embarcarse en ese lado oscuro. David sujeta, Max suelta. Y estoy de acuerdo que hay trabajos que refuerzan esas diferencias, como señala ella, ser mánager requería flexibilidad moral y ella tenía de eso mogollón.
"Al final, lo único que puedo hacer es decir la verdad. Cómo decida la gente aceptarla no está en mi mano. Los otros sociópatas no van a odiarme. Van a verse a sí mismos, por fin"
Efectivamente, y verán que se puede, no será fácil, pero se puede y, sobre todo, no están solos, hay más. Tiene verdaderas maravillas.
"Descubrí que yo también tenía mis sesgos y juicios subconscientes hacia las personas que no eran como yo".
Tengo que reconocer que, aunque la lectura me sigue resultando irregular, entre página y página la autora deja algunas pequeñas perlas psicológicas que sí me parecen muy interesantes. Por ejemplo, las escenas de terapia de pareja con la doctora Carlin están bastante bien construidas. En ellas se ve con bastante claridad algo que ocurre con frecuencia en las relaciones: no tanto lo que una persona dice, sino cómo la otra lo interpreta. Hay un momento muy significativo en el que la terapeuta le pregunta a David qué ha entendido de lo que acaba de decir Patric. Y su respuesta es muy reveladora: dice que lo que ha oído es que ella no tiene ninguna intención de cambiar, que lo que él siente o necesita no importa, que él mismo no importa. En su interpretación, el hecho de que Patric sea sociópata significa que va a hacer simplemente lo que le dé la gana, sin tener en cuenta a nadie más. La escena es interesante porque muestra muy bien cómo, en una relación, las palabras pasan por el filtro emocional de quien las escucha. A veces no respondemos tanto a lo que la otra persona ha dicho realmente, sino al significado que nosotros le atribuimos.
Y ahí la terapia cumple una función muy clara: poner sobre la mesa esas interpretaciones y hacer visibles los malentendidos que se van acumulando entre los dos. Y David tiene que entender que lo de Patric no se arregla con reposo, ni parecetamol, ni es un antojo ni un capricho. No es una elección. "Creo que uso su tipo de personalidad como excusa. Quiero que a ella le importen las cosas tanto como a mí y me enfado cuando no es así ".
He terminado Sociópata con una sensación bastante ambivalente. Es una novela que, sin duda, tiene momentos muy interesantes desde el punto de vista psicológico, pero también arrastra problemas narrativos que me han acompañado durante casi toda la lectura.
La propuesta inicial es muy atractiva: acercarnos desde dentro a la mente de una persona sociópata. La protagonista —que en realidad es la propia autora— intenta explicar cómo funciona su manera de percibir el mundo, especialmente en relación con las emociones. A lo largo del libro insiste en una idea clave: la sociopatía no es, en su caso, una cuestión de maldad, sino una estructura de personalidad distinta, una forma diferente de procesar las emociones y las relaciones.
Hay fragmentos que resultan muy interesantes. Por ejemplo, cuando explica cómo aprendió a observar y reproducir las emociones ajenas para integrarse socialmente, o cuando describe cómo ciertas personas utilizan su sociopatía de forma selectiva: aceptándola cuando les conviene y criticándola cuando no. Esa mirada sobre la hipocresía social es probablemente uno de los puntos más lúcidos del libro.
También funcionan bien algunas escenas de terapia, donde se ve con bastante claridad cómo en las relaciones humanas no solo importa lo que se dice, sino cómo lo interpreta quien escucha. En ese sentido, la novela contiene reflexiones psicológicas que pueden resultar muy sugerentes. Sin embargo, el libro tiene un problema importante: muchas veces deja de parecer una historia para convertirse en algo parecido a un manual de psicología insertado dentro de una narración. Aparecen conceptos, explicaciones y fragmentos casi académicos que interrumpen el ritmo de la novela y le dan un tono excesivamente didáctico. A esto se suma cierta irregularidad en la construcción de la voz narrativa. En algunos momentos la protagonista analiza su propia sociopatía con un nivel de lucidez y tecnicismo que parece más propio de una terapeuta que de la persona que está viviendo esa experiencia. En otros, en cambio, el tono cambia de forma abrupta y resulta sorprendentemente ingenuo. Esa falta de coherencia termina debilitando la credibilidad del relato.
También hay momentos en los que la novela parece deslizar una idea problemática: que la ausencia de ciertas emociones —como la culpa— puede ser una ventaja frente a quienes están más condicionados por sus sentimientos. Sin embargo, el propio funcionamiento de la vida social demuestra que emociones como la culpa, la vergüenza o la empatía cumplen una función reguladora fundamental. Sin ellas, la convivencia sería simplemente imposible.
En definitiva, Sociópata es un libro con ideas interesantes y con un valor evidente como testimonio personal, pero como novela resulta irregular. Más que una historia que nos permita comprender desde dentro a su protagonista, muchas veces parece un intento de explicar la sociopatía al lector desde un enfoque casi académico.
Aun así, deja preguntas interesantes sobre la personalidad, las emociones y la forma en que la sociedad interpreta lo que considera “normal”.
Patric Gagne es escritora y anteriormente fue terapeuta. Es defensora de las personas que sufren trastornos sociopáticos, psicopáticos y antisociales de la personalidad. Cursó sus estudios universitarios en la UCLA y obtuvo su doctorado en Psicología Clínica en el California Graduate Institute del Chicago School. Su tesis doctoral, que exploraba la compleja relación entre la sociopatía y la ansiedad, sentó las bases para sus investigaciones sobre los trastornos de personalidad e inspiró sus memorias.














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