Exilio

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Exilio de Clara Obligado
Ilustrado por Comotto
Edita Páginas de Espuma 









«El exilio no se termina nunca. Nunca. Ni siquiera si se regresa al país. Siempre tengo la sensación de estar encerrada fuera». Estas páginas nos remiten a la emigración, al refugio y a la diáspora, al exilio y al insilio, al éxodo y al destierro. Su presencia es constante en nuestras sociedades, pero sus relatos de estas experiencias suelen estar ausentes. Clara Obligado tardó décadas en hablar de la extranjería y en contar estas vidas a la intemperie.

Se han cumplido cincuenta años del golpe cívico-militar en Argentina, los mismos que pasaron desde que la autora dejó su país y llegó a España. Exilio despliega un relato plural, donde fantasmas, sobrevivientes y olvidados recuperan la voz y se convierten en protagonistas. La historia se profundiza con las ilustraciones de Agustín Comotto y dejarse llevar por ellos es iniciar un viaje y tender la mano a quienes deambulan entre orillas, hemisferios, vidas.





Para las redes.

Exilio no se termina nunca, dice la autora. Y probablemente tenga razón. Pero una cosa es la herida y otra convertirla en el único filtro desde el que se mira todo lo demás. La propuesta de múltiples vidas posibles no me convence: bastante hay con sostener e interpretar una sola. Ese juego diluye más de lo que aporta, resta verdad a una experiencia que, precisamente por real, no necesita alternativas imaginadas para sostenerse.

Hay páginas potentes, frases que golpean y permanecen, ahí está su talento, pero el tono general pesa. Demasiado. Porque lo que también hay, y a veces queda en segundo plano, es construcción: una hija, un trabajo, una vida que, con dificultad, se levanta. No todo fue acogida. Tampoco lo era el país que recibía: una España que salía de la desconfianza, sin recursos ni costumbre de abrir su intimidad. Pero convertir esa experiencia en una lectura única de frialdad colectiva resulta parcial.

Quizá el conflicto no esté solo en el lugar, sino en la mirada. Porque incluso con apoyo, tampoco siempre hay arraigo. Y porque, a veces, cuando todo se lee desde la herida, incluso lo construido parece insuficiente.

Me quedo con sus imágenes, con su capacidad de decir lo complejo en una frase. Pero no con su forma de sostener el relato. La vida, al final, no son todas las que pudieron ser. Es la que fue.


¡Feliz lectura! 



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Lectura en vivo...

Notas.

Constantes desapariciones en la frontera. Tardó seis años en regresar. "Mi vida era entonces un campo de ruinas". Con tantas existencias posibles y vidas paralelas, siento que la lectura pierde peso. Podría haber sido así… o de otra manera, y esa ambigüedad constante diluye la experiencia. Entiendo que, al escribir sobre lo vivido, el imaginario tenga su lugar, pero no cuando se vuelve tan evidente. Porque entonces deja de importar lo que fue y todo queda en lo que pudo haber sido. Y ese desplazamiento, más que enriquecer, me distancia. No me atrapa. Más allá de sus frases potentes y de su capacidad de abrir reflexión, el recurso acaba restando verdad al conjunto.

"A causa del exilio,  siempre he tenido miedo a cambiar de vida"

Es evidente la unión con su padre, no lo oculta, "Papá está muy orgulloso de esta familia... Claro que mi madre es un caso aparte", tiene por costumbre no enfrentarse a los problemas,  nos cuenta. Un hombre orgulloso de su panadería y de mucho más, de sus orígenes,  "Nací con las manos en la masa". 

"... agujas en formación,  imágenes que brotan sobre la tela y que son como mi escritura,  historias que se cuentan a sí misma, versiones de un mundo imposible de ordenar...".




"Los atributos del que huye son el silencio y el dolor. También el miedo".

"Nos veremos en la cuarta edad", cuando todo nos pasa factura, el miedo y la culpa. Esperaba una prima que nunca llegó, por miedo, ella también pagará su ausencia. Esa ausencia también tendrá su deuda. "A los madrileños les gusta de ir que son hospitalarios, creo que no es verdad. Lo cierto es que en los diez primeros años nadie me invitó a su casa". Hay algo incómodo en ese reproche sostenido en el tiempo. Si la falta de hospitalidad fue tan honda, cabe preguntarse por qué no buscó otros destinos, Francia, Alemania, donde tal vez hubiera encontrado lo que echaba en falta. Porque lo cierto es que no la expulsaron ni la empujaron a marcharse: aquí construyó una vida, una familia, una profesión; aquí encontró, con matices, todo lo que permite sostener una existencia. Y cuando afirma que los madrileños presumen de hospitalarios pero que en diez años nadie la invitó a su casa, la frase interpela… Se puede comprender la herida del exilio, sin convertirla en una enmienda permanente al lugar que, con todas sus limitaciones, la acogió. Resulta, en ese sentido, una lectura injusta: se pedía hospitalidad en un país que aún salía de la desconfianza, de la intriga y la denuncia, donde abrir la puerta de casa a desconocidos no era una práctica espontánea ni sencilla. Si después de tantos años esa realidad no se matiza, quizá haya algo más que una experiencia objetiva: tal vez se proyecten aquí, en Madrid, sombras o heridas que pertenecen a otro lugar, a otra historia. 

Madrid deprimente, Barcelona guay, pues qué ataba a la autora a vivir aquí, raíces, no. Y muy bien, se fueron a Londres, Madrid no tenía energía, muy bien, donde no estás cómoda,  te vas..., se fue tras Jorge. Se cansó de aquella situación, pero dónde está su hogar? Madrid le resulta gris, Barcelona más estimulante… y, sin embargo, permanece. No hay raíces que la aten de forma evidente, así que surge la pregunta: ¿qué la retenía? Porque cuando uno no está cómodo, en principio, se marcha. Y de hecho se fue —a Londres, tras Jorge—, como si el movimiento fuera la única forma de sostenerse. Pero tampoco allí encuentra un lugar propio: “yo no sabía ni quién era yo, así que no podía entusiasmarme con algo”. Esa desorientación la acompaña, incluso entre otros latinoamericanos, donde llega a sentirse doblemente extranjera. Se cansa de esa intemperie, pero la pregunta persiste: ¿dónde está su hogar? Quizá en ninguno, o en todos a la vez. De ahí esa idea de imaginar “todas sus vidas posibles” y escribirlas, como si la literatura fuera el único territorio estable. Os anuncio que en otra realizaron, no fue a Londres y mandó a por uvas a Jorge.

"En ese momento imagino todas sus vidas posibles", y las escribió. Y en una versión Carmen le ofrece su hospitalidad,  pero..., Carmen se ofende tras su rechazo , "... debía aceptar cualquier cosa que me ofrecieran. Creo que la caridad compulsiva de Carmen se basaba en considerarme un poco inferior". Ahí aparece una tensión interesante: la hospitalidad no siempre se vive como acogida, también puede sentirse como imposición o como deuda. Tal vez el conflicto no esté solo en lo que se recibe, sino en cómo se interpreta. Porque entre la necesidad de ser acogido y el rechazo a sentirse inferior hay un equilibrio difícil. 

"Mi hermana mayor recibió apoyo del gobierno sueco, le dieron casa, trabajo y escuela, pero nunca se acostumbrado ", aquí no dimos nada. No me termina de encajar esa multiplicación de vidas posibles: bastante hay con intentar comprender una sola. Hay algo en ese recurso que diluye la experiencia en lugar de afinarla. Tampoco comparto el contraste que se sugiere. Se menciona el caso de Suecia —ayudas, casa, trabajo, escuela— como modelo de acogida, frente a una España de 1976 descrita desde la indiferencia y la invisibilidad. Pero conviene no perder el contexto: aquí se salía de una dictadura, con una sociedad aún marcada por la desconfianza y con recursos muy limitados. No era un país en condiciones de articular políticas de acogida comparables. Eso no niega que hubiera soledad, ni desamparo, ni experiencias duras. Pero convertir esa realidad en una lectura unívoca de frialdad colectiva resulta, como mínimo, parcial.

Quizá por eso también resuena de otra manera esa sensación de no pertenecer. No siempre tiene que ver con el lugar que te recibe, sino con una identidad que aún no termina de asentarse. Porque incluso con apoyo —como le ocurrió a su hermana en Suecia—, tampoco se garantiza el arraigo. Y ahí es donde la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: ¿qué hace que un lugar llegue a ser hogar? A veces no es solo lo que se recibe, sino lo que uno puede —o no— llegar a construir dentro.

"Aunque en España soplarán aires de renovación,  las cosas en Argentina no parecían mejorar", la conexión resulta forzada. Una cosa es el contexto político de origen y otra muy distinta la experiencia concreta de quien intenta abrirse camino en otro lugar. Mezclar ambos planos no siempre aclara; a veces confunde. Tuvo una hija, le costaba pagar facturas..., los inicios son duros, los de todos, mi madre no tenía ni para leche para mí, lo que describe no es excepcional: son los comienzos, y suelen ser duros para casi todos. No hace falta convertirlo en una singularidad del exilio. Muchas familias aquí vivían con lo justo; había precariedad, vecinos difíciles, restos de una mentalidad cerrada… pero también una vida que seguía. Sin dramatismo constante. Los vecinos podían ser bizarros, viejos franquicias, había metralla y era oscuro, el texto tiene un peso pesimista que me agota. Por eso ese tono pesimista acaba pesando más de lo que ilumina. Agota. Sobre todo cuando, en el fondo, la propia autora reconoce otra cosa: “con mi hijita y la vieja… pude colocar los primeros ladrillos de lo que sería mi casa”. Ahí hay construcción, arraigo, incluso una forma de esperanza, aunque no se subraye.

Quizá el problema no sea lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: cuando todo se lee desde la herida, incluso lo que se construye parece provisional. Y, sin embargo, estaba construyendo.

No, no me gusta, la vida es una y no los posibles que nunca tuvimos. 

"Abrir tumbas es un sano ejercicio que no recomiendo a nadie. Adentro están escondidos los espejos", preciosas frases esto es lo que tiene Clara Obligado. 

Clara Obligado nació en Buenos Aires. Exiliada política de la dictadura militar, desde 1976 vive en España. Es licenciada en Literatura, y ha dirigido los primeros talleres de Escritura Creativa que se organizaron en este país, actividad que ha llevado a cabo para numerosas universidades y diversas instituciones y que realiza de forma independiente.

En 1996 recibió el premio Femenino Lumen por su novela La hija de Marx y en 2015 el premio de novela breve Juan March Cencillo por Petrarca para viajeros. Ha publicado con Páginas de Espuma las antologías Por favor, sea breve 1 y 2, señeras en la implantación del microrrelato en España, y los volúmenes de cuentos Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados (que mereció el ix Premio Setenil al mejor libro de cuentos de 2012), La muerte juega a los dados y La biblioteca de agua. Tiene numerosos libros de ensayo, entre otros, Una casa lejos de casa. La escritura extranjera y, el más reciente, Todo lo que crece. Naturaleza y escritura, publicado en esta misma editorial. Es colaboradora en medios periodísticos y su obra ha sido traducida a diferentes idiomas. En 2026, con motivo del 50 aniversario del golpe cívico-militar argentino, publica en esta editorial el libro Exlio, ilustrado por Agustín Comotto.






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