Las cabras
Hi
Edita Altamarea
Sinopsis:
Las cabras me ha dejado una sensación extraña, contradictoria, muy parecida a la propia Cami. Durante gran parte de la novela me desesperó su mirada: esa tendencia a proyectar el malestar sobre Madrid, a vivir desde la hipervigilancia emocional, a esperar que el tiempo resolviera conflictos que nunca se atreve a verbalizar. Hay mucho ruido interno en ella. Mucha rumiación, mucha nostalgia convertida en filtro.
Y, sin embargo, cuanto más avanzaba, más entendía que la novela no iba sobre Chile o Madrid, ni siquiera sobre la amistad, sino sobre la dificultad de habitarse a una misma cuando una crece sintiéndose inestable. Cami vive intentando anticipar el dolor, controlar el abandono y encontrar un lugar donde descansar de sí misma. Pero el desarraigo no siempre nace del país que dejamos atrás; a veces nace dentro. Lo más interesante del libro, para mí, está ahí: en cómo muestra que muchas decisiones tajantes —irse lejos, empezar de cero, enamorarse, idealizar otra vida— no solucionan el vacío interior. El problema viaja contigo. Y eso conecta también con la historia de su madre: dos mujeres buscando una respuesta a la soledad en lugares distintos, repitiendo patrones sin quererlo.
No he encontrado la novela luminosa que prometían muchas reseñas. A veces me ha parecido reiterativa, otras excesivamente centrada en la herida subjetiva de la protagonista, y algunos personajes madrileños rozan el trazo caricaturesco. Pero sí he encontrado algo valioso: un retrato bastante honesto de la ansiedad afectiva, de la culpa migratoria y de esa generación que vive sintiendo que pertenece a todas partes y a ninguna al mismo tiempo. Cami no siempre cae bien. A ratos resulta inmadura, evitativa, incluso agotadora. Pero quizá por eso termina sintiéndose real.
Y me quedo con una idea que aparece casi al final y que, para mí, resume mucho mejor la novela que todos los discursos sobre ciudades, amistades o distancia: “Al final las ciudades están llenas de huellas”. Porque quizá crecer consiste en eso: aprender a convivir con las huellas de quienes fuimos, de quienes dejamos atrás y de quienes ya no volveremos a ser.
¡Feliz lectura!
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Notas:
Esta lectura viene recomendada de un perfil de Instagram, Lavie Enwords, no tengo mucho interacción con esta cuenta pero me llamó la atención su reseña sobre la novela.
Lectura en vivo:
Voy a empezar con una
coincidencia, que son muy frecuentes en mis lecturas. Sofia tiene veinte cuatro
años y está embarazada, y me diréis ¿y?, pues que acabo de terminar una lectura
Personajes secundarios de Sofía Balbuena y en su cuento Felicidades una
de las amigas se llama Sofía, de la misma edad, y está embarazada.
Y ahora a cosas
interesantes o que me llaman la atención.
«Elegir dedicarme a la
escritura es quizás la decepción más grande que le he dado a mis papás después
de estudiar Letras Hispánicas», no se si yo me sentiría decepcionada, lo que sí
preocupada, porque escritoras que vivan de sus letras entras en los demos de
las manos.
«Porque antes con
veinticuatro años ya se te estaba pasando el arroz y ahora parece que es
demasiado pronto». Esta frase que oigo mucho me sorprende, antes con cuarenta
era viejo, ahora estás en el esplendor de la vida, ¿por qué no medimos con el
mismo rasero?
«En las palabras: cada vez
que me sorprendo poniéndome roja porque digo algo que aquí significa otra cosa».
A mí me paso, recuerdo un día en el trabajo con un nuevo compañero colombiano,
en prácticas, le dije, cógeme, señalando la mesa y una carpeta sobre ella, se
puso rojo, qué risas cuando me lo explicó, años 2013, qué tiempos aquellos.
«Aprendí que la tristeza no
podía tener rienda suelta». Si no tiene razón no, hay que buscarle la causa, si
la tiene, ¿por qué no? Eso sí, sin cebarse, que se nos va la mano.
Hay cierta carga negativa en el texto, los madrileños no dan las gracias al conductor del autobús (soy asturiana, por si alguien piensa que me ofendo por esto. Donde yo vivo sí se da las gracias y en Madrid lo he escuchado, menos cuando el autobús va de bote), el ruido de las paredes... Voy tomando nota, no son más que impresiones, por ahora no tienen base. "Aprendí que las paredes son tan delgadas que me pasaré el resto del año escuchando cómo mea el vecino de arriba", ¿cómo son las casas de los obreros en Chile? Yo me he criado en una casa como esa, donde escuchaba las conversaciones de los vecino, ya no digo las peleas.
"Sigo aferrada a la idea del espacio. Me apoyé en la excusa de la carrera literaria pata tener un fin, un objetivo... una parte de mí quería dejar todo atrás... Una parte de mí solo quería cambiar el ambiente, el hemisferio".
Sofía, tenemos un refrán, en casa de herrero, cuchillo de palo. "era la más hinchapelotas con el tema de usar condón", Sofía es matrona.
Sorpresa, los españoles no entendemos, ¿qué editorial es? "Entiendo que en tu país escribías para un público, pero ahora estás en otro y el público es otro. No sé si un español entendería tus relatos", entiendo que se expresa fatal para el trabajo que tiene, entiendo que se refiere a que hay diferencias culturales, me ha sucedido con el humor, no con la tristeza, sí con la risa, es muy diferente culturalmente.
¿Hay que adaptarse a las reglas del país en el que habitas? Genera ampollas hablar de esto, pero como me gusta mojarme diré que sí, haré uso de una frase que mi padre me decía, allá donde fueres, haz lo que vieres..., y si no te gusta, vete. No podemos perder nuestra identidad ni dejar de lado nuestros valores y principios, no podemos dejar de ser quien somos, deshacernos de nuestras raíces, pero...
"¿Qué haces con el dolor cuando no tienes con quién compartirlo?"
"Y yo a Cami la veo que habla mucho sobre el trabajo creativo, sobre la escritura, sobre la precariedad y no sé qué, pero no la veo nunca escribiendo. Es como si yo me quisiera dedicar a ser actriz pero no hubiera pisado un escenario en mi vida"
"No sé cómo me imaginaba el departamento de Cristina, pero no como esto... No hay nada aparte de esa mesa que ni siquiera era bonita", ¿de verdad? La invitan para que no pase el duelo de su nono sola y está es la respuesta..., ¡uff! La protagonista llega invitada a una casa en un momento de duelo y, en vez de registrar el gesto humano, lo primero que aparece es la decepción estética. “No hay nada… la mesa ni siquiera era bonita.”. No observa el afecto, sino lo que falta. Y eso dice mucho de Cami: parece incapaz de habitar el presente sin compararlo con una expectativa imaginada o con un lugar de su pasado, no es a lo que ella está acostumbrada a tazas y platos robados o utensiliosdel Ikea.
"Es chilena pero mi colega que ha vivido en Chile me dijo que ahí son bajas, morenas y un poco feas. Y esta tiene las piernas largas y es muy rubia...", es evidente que hay mucho tonto, pero... El chico lo dice en alto, lo piensa ella o qué. No creo que la novela quiera decir “los madrileños son horribles”, pero sí transmite una sensación de distancia emocional donde los otros quedan reducidos a impresiones rápidas, muchas veces crueles o superficiales. Y esto conecta con la frase, la de “las chilenas son bajas, morenas y un poco feas”.
No sé si es porque leo en el metro, pero me pierdo, no sé si el foco cambia o la protagonista interpreta, y la idea cambia, la reflexiónes otra. Porque cuando alguien se siente fuera de lugar, empieza a interpretar los comentarios ajenos desde la hipervigilancia. Todo parece juicio. Todo parece reducirte a una etiqueta. Lo interesante es que la novela parece moverse en esa frontera entre realidad y percepción. Es lo he notado: muchas veces no queda claro si esos personajes son así o si están deformados por la mirada de la protagonista. Y ahí está el núcleo del libro.
El problema es que, si el lector no conecta con esa subjetividad, la protagonista puede acabar resultando ingrata, prejuiciosa o incluso arrogante. Porque el relato deja poco espacio para la reciprocidad: Chile aparece asociado a la profundidad emocional y Madrid a la superficialidad, al ruido, al sexo tosco, al clasismo cultural o al vacío intelectual. Y claro, llega un momento en que pienso, ¿estoy viendo Madrid o estoy viendo la herida de esta chica proyectada sobre Madrid?
Primera conclusión.
"El problema era que las palabras de consuelo, de ser siempre las mismas, terminan más vacías que una piscina en invierno", ¿en serio? ¿De verdad creéis que es así? Yo discrepo, las palabras son poderosas cuando brotan desde dentro.
"Y el amor de madre es ese deseo doloroso de evitar todo el mal que una ya ha vivido a sus hijos"
"Solo pienso en dos nos fuimos con sueños, las dos nos fuimos dejando miedos atrás, dejando tristezas", esto lo dice la madre que también fue de casa con 24 años, pero me da que Cami no viajó ligera de equipaje.
"Es una egoista, escribir es egoísta. La Cata sabe salvar vidas, la Majo construir puentes y yo traigo cabras chicos al mundo. La Cami sabrá hacer un par de frases bonitas que nadie va a leer. Y yo sé que me mira con soberbia y se cree mejor...", esto lo dice, lo piensa Sofi o lo proyecta Cami, porque creo que la historia que se cuenta ella misma es bastante turbia y la distancia no solucionó la cosa.
"Gonzalo me hace peor persona. Por él rechazo planes por si acaso escribe...", en fin, vamos a ver, ¿Gonzalo me hace? ¿Y ese victimismo? Voy a daros la chapa:
La frase “Gonzalo me hace peor persona” es muy reveladora a nivel psicológico porque desplaza la responsabilidad emocional hacia fuera. No dice: “yo estoy obsesionada”, “yo estoy dejando de vivir mi vida”, “yo me estoy enganchando a la espera”. Dice: “él me hace”. Y ahí aparece una posición bastante pasiva y victimista. Ojito, estoy harta de escuchar esto. En realidad, Gonzalo no “la hace” rechazar planes. La decisión sigue siendo suya. Pero Cami parece vivir las relaciones desde una lógica muy emocional y poco autorresponsable, donde el deseo del otro adquiere muchísimo poder sobre su identidad y su conducta. Es como si necesitara sentir que algo externo gobierna lo que le ocurre para no enfrentarse del todo a sus propias elecciones.
Eso encaja bastante con el resto de rasgos que voy observando del personaje: proyecta en los demás lo que siente ella; interpreta el entorno desde el malestar; convierte muchas experiencias en agravios personales; y parece tener una identidad muy sostenida por la mirada externa. También hay algo de romanticización del sufrimiento. La frase está construida casi como una confesión literaria: “mira hasta qué punto me afecta este hombre”. Pero en el fondo lo que describe no es intensidad amorosa, sino una pérdida de centro personal. Y creo que eso conecta con una idea importante del personaje: Cami parece vivir desde la falta. Falta reconocimiento, falta pertenencia, falta estabilidad, falta amor, falta validación profesional… Entonces todo se convierte en algo que “le pasa” desde fuera: Madrid la decepciona, los otros la juzgan, Gonzalo la empeora, la editorial no la entiende.
Por eso me resultar agotadora. Cuesta encontrar en ella una mirada autocrítica. Hay mucha sensibilidad hacia lo que los demás le hacen sentir, pero menos conciencia de cómo ella construye también esas dinámicas.
Quizás aquí esté la intención de la novela: mostrar a alguien descentrada, atrapada entre el desarraigo, la inseguridad afectiva y una identidad todavía muy inmadura. El problema es que esa vulnerabilidad, si no se equilibra con algo de lucidez o de reciprocidad hacia los demás, puede acabar percibiéndose más como narcisismo emocional que como profundidad, pero eso es algo muy de mi cosecha.
Voy por el 40% de Las cabras y quizá por eso todavía estoy a tiempo de cambiar de opinión, pero, de momento, no estoy encontrando la novela que tantas reseñas prometían. Entiendo el desarraigo, la nostalgia y la sensación de extranjería; entiendo incluso esa mirada hipersensible de quien llega a una ciudad nueva y todo le resulta ajeno. Pero siento que la novela insiste demasiado en confrontar Chile y Madrid, como si necesitara empequeñecer un lugar para engrandecer el otro. Y ahí me desconecto. Porque más que observar Madrid, a veces siento que estoy viendo las proyecciones, frustraciones y heridas de Cami filtrándolo todo.
No busca tener razón, sino encontrar a alguien al otro lado que haya sentido lo mismo y convertir la lectura en menos soledad y más conversación. Porque sé cómo acabará esto, como terminó Comerás flores o Yo que nunca supe de los hombres, tremendas decepciones.
51,5%. "Me siento tan tonta como cuando empujo una puerta que dice tire. Soy ingenua por haberlo creído un refugio en un país en el que me faltan abrazos, y él me los ha dado... Me quise convencer de que para hacer suya una ciudad era necesario enamorarse en ella", ella lo escribe, y lo explica muy bien, "Y hoy, sentada frente a él comprendo que yo construí un Gonzalo que no existía".
"La Cami es muy buena para dormir... No sabían que realmente no dormía, me mantenía todo el tiempo cruzando historias, buscando salidas, conflictos, soluciones. Era como tejer un bufanda larga con pensamientos...", es una forma de hipervigilancia cognitiva envuelta en un proceso de rumiación anticipatoria. Al buscar soluciones a problemas que "todavía no han surgido", su cerebro intenta ganar control sobre el futuro. Es una estrategia de defensa: si puede prever el conflicto, cree que podrá evitar el dolor. En esta frase hay algo más, "no sabía que no dormía", ¿por qué se oculta? Es una niña, ¿por qué lo vive en soledad? ¿Por qué no confía en sus padres? Cuando cuenta el drama de la comida y Sofia me surge una idea, ¿se siente salvadora de su amiga o gestiona la crisis que sabe que vivirá? Es una niña muy vulnerable en el presente, por eso quiere controlar el futuro.
Padres volubles, conflictos frecuentes, el perfil de Cami va bien, como nos dijo, no llevaba a sus amigas porque su casa era una batalla campal y su madre tiene el volumen alto.
Estando lejos, pierdes momentos importantes, y eso parece que el lazo se diluye. Cuando regresas las comidas familiares y con amigos se llenan de momentos donde no has estado presente, te sientes extraña..., muy cierto, muy real.
"Los hechos no se desarrollan como imagino pero, aún así, sigo queriendo anticiparme a ellos"
El Ojo, el ojo... 😒, tan difícil es ir al baño del McDonald's o que una amiga te digo lo qué sucede, no me gusta esta forma de intento de mantener el aliento.
"Sé que fui yo quien generó el conflicto, pero también tienen que entender que no es fácil llegar a un equilibrio entre mi vida de aquí y la que dejé allá", cierto, pero fuiste tú quien no contesto la videollamada de todas tus amigas de Chile...
"No soy capaz de decir que algo me molestó, siempre es un sí, tranqui, da lo mismo, a pesar de que muchas veces no, no da lo mismo", ella siempre espera que el tiempo ponga todo en su lugar, a pesar de que hasta que eso suceda vive en alerta e incómoda, ¿ por qué preferimos la segunda opción a la primera, decir abiertamente lo que sentimos y lo que nos molesta?
Psicológicamente, Cami me parece un personaje muy evitativo. No en el sentido de que no sienta las cosas —al contrario, las siente muchísimo—, sino en que no sabe gestionarlas de forma directa. Vive en una tensión constante entre lo que necesita decir y lo que teme provocar si lo dice. Y eso encaja bastante con lo que cuenta de su infancia: una casa voluble, conflictos frecuentes, una madre intensa, un ambiente donde las emociones ocupaban demasiado espacio o eran impredecibles. Cuando alguien crece así, muchas veces aprende que expresar el malestar no resuelve el conflicto, sino que lo agrava. Entonces desarrolla estrategias más silenciosas: callarse, adaptarse, anticipar, vigilar el ambiente, intentar que todo explote lo menos posible. Por eso Cami parece vivir siempre “en alerta”. La frase “los hechos no se desarrollan como imagino pero aun así sigo queriendo anticiparme a ellos” es la definición de la hipervigilancia emocional de la que hablaba arriba. Necesita prever lo que ocurrirá porque sentir control le reduce la ansiedad. El problema es que esa anticipación constante termina alejándola del presente y agotándola. Vive más en escenarios imaginados que en conversaciones reales.
Y ahí aparece algo muy humano: mucha gente prefiere soportar la incomodidad antes que verbalizar el conflicto. ¿Por qué? Porque decir claramente “esto me dolió”, “esto me molestó” o “necesito esto de ti” implica exponerse. Implica arriesgarse a que el otro no responda bien, te rechace, se enfade o confirme aquello que temes. El problema es que el tiempo rara vez coloca las cosas por sí solo. Lo que suele hacer es acumular resentimiento, ansiedad y distancia. Y Cami parece funcionar así: evita el enfrentamiento directo, pero mientras tanto rumia, interpreta, imagina, se angustia y permanece atrapada.
Por eso me parece muy coherente que no contestara la videollamada y luego dijera que “no es fácil equilibrar la vida de aquí y la de allá”. Tiene razón en el fondo: migrar fractura vínculos y produce una sensación real de desdoblamiento. Pero también vemos en ella cierta pasividad emocional. Espera que los demás comprendan su conflicto interno sin explicarlo del todo. Como si quisiera ser entendida sin tener que mostrarse vulnerable de forma explícita. Y ahí aparece otra contradicción interesante del personaje: Cami quiere intimidad emocional, pero teme el conflicto que esa intimidad exige. Esa complejidad tan humana. Quiere ser vista, comprendida y sostenida, pero evita muchas de las conversaciones necesarias para construir eso. Entonces acaba atrapada en relaciones ambiguas, malentendidos, silencios y expectativas no verbalizadas.
Por eso el tiempo se convierte casi en un personaje más dentro de su vida. Ella confía en que algo externo —el paso de los días, la distancia, una llamada, un mensaje, una reconciliación espontánea— resuelva aquello que no se atreve a afrontar de manera directa. Hasta aquí el 65,6%.
"Pienso en mi mamá. En como serían sus primeros años en chile... Ella buscaba quedarse embarazada porque un hijos significaba una ocupación, una compañía. Se demoró... Mientras tanto vivía en una pesadilla", tener un hijo con esa perspectiva o para solucionar un matrimonio que hace aguas, no sé yo. Luego añade, "Nadie le advirtió que los embarazos no eran tan bonitos como te los pintaban en las tele...". Cuando los psicólogos desean hablar con familiares cercanos, madres, padres, hermanos o parejas, esta es la razón, no somos seres aislados, todo lo absorbemos, sin ser conscientes, las palabras suman y restan, "Nació el Mati y sentenció: primero y último". Y no puede evitar pensar que ellas cambió la vida a su madre, su cuerpo y la privó de libertad, que si no huyó de aquella vida era porque estaba atada a ellos. "... cuando estaba con ella, muchas veces me sentía culpable por haber nacido".
Fantasear con la muerte, hemos hablado mucho sobre ello en otras lecturas, "... nadie va a venir a mi funeral. Mis papás y mi hermano, quizás sí, pero nadie más pagará unos pasajes...", y vuelve al imaginario y les envía una foto reciente y bonita para que no se compliquen la vida buscando. Los domingos en Madrid le son muy deprimentes y fantasea con la muerte.
En caliente tomamos decisiones tajantes, quiero distancia, me voy al otro lado del mundo, cuando lo que busco es aclarar mi malestar interior, aprender a expresar lo que me remueve, ahora a Cami le pesa la soledad, porque no es un ser solitario, ama a su familia, quiere a sus amigas, es lo único que recuerda, su memoria es el flotador que la mantiene. El recuerdo de su madre, en casi idéntica situación, los hijos fueron la respuesta, una ocupación para matar el tiempo, quizás la soledad, la insatisfacción. Los hijos como compañía, compañía ahora y en la vejez, tener un hijo significa no morir sola, un hijo podría tocar la puerta del vecino si algo la sucede... ¿Cuántos padres creen esto? Hay dos cosas muy interesantes, se repiten patrones, la hija también se fue, y es evidente, que los hijos no son la respuesta, Cami está lejos de su madre, también por ello se siente culpable. Compleja la Cami, pero muy de carne y hueso.
Resumimos hasta aquí y ordeno ideas:
Hay algo muy humano en Cami y quizá por eso, aunque a veces me desespere, sigo leyendo. Los domingos en Madrid la aplastan. Fantasea con la muerte no tanto desde el deseo de morir, sino desde la necesidad de imaginar qué lugar ocupa en la vida de los demás. “Nadie va a venir a mi funeral”, piensa, manda una foto reciente y bonita para que no tengan que complicarse buscándola. Hay tristeza, sí, pero también una necesidad inmensa de ser recordada, de seguir existiendo en la memoria de alguien.
Muchas veces creemos que cambiando de ciudad, de país o de vida vamos a escapar del malestar interior. Tomamos decisiones tajantes en caliente: necesito distancia, empezar de cero, irme lejos. Pero el problema viaja con nosotros porque sigue dentro. Y Cami empieza a descubrir eso: que ella no es una persona solitaria. Ama a su familia, quiere a sus amigas, vive sostenida por el recuerdo de ellas. La memoria es casi su flotador emocional.
También me parece muy interesante el paralelismo con su madre. Dos mujeres atravesadas por una sensación parecida de vacío e insatisfacción, pero que intentan resolverla de maneras distintas. La madre encontró en los hijos una respuesta, o quizá una ocupación contra la soledad: alguien que llene la casa, el tiempo y también el miedo a quedarse sola en la vejez. Porque muchos padres, aunque no lo digan, depositan ahí una esperanza silenciosa: “si tengo hijos, nunca estaré completamente sola”. Y, sin embargo, la novela muestra la grieta de esa idea. Los hijos no vienen a reparar el vacío existencial de nadie. Cami también se fue. Igual que su madre antes. Los patrones se repiten aunque cambien las formas. Y creo que por eso ella carga con tanta culpa: entiende el dolor de la madre porque ha terminado colocándola en el mismo lugar de abandono que tanto temía.
Compleja la Cami. Contradictoria, inmadura a veces, evitativa, hipersensible… pero humana. De esas personas que no siempre caen bien, pero sí se sienten reales.
Y quiero agradecer a las personas que me han escrito compartiendo experiencias parecidas a las de Cami. Ahí es donde la literatura deja de ser solo literatura y se convierte en un espacio de reconocimiento mutuo, menos vacío y más compañía.
"Tal vez si las conociera hoy no las elegiría, pero las conozco desde los cuatro años...", es cierto, evolucionamos por nuestras circunstancias y experiencias, las suyas ya no se comparten, cambian los gustos, hasta las creencias, los valores, se toman otros rasgos culturales y dejamos atrás a la niña y por tanto a las amistades de aquellos años. Es normal.
"En Madrid no hay flores que recoger, olor a pan ni a rocío, alumbrado eléctrico ni perros callejeros "
" Al final las ciudades están llenas de huellas ", este hubiera sido un final broche, para mí, pero no, sigue con el rollo de las amigas de allí, cuando la aclaración y conclusión de antes era magnífica..., pero quién soy yo. 92,1%. "La única constante que se mantiene es el amor".
El resto me sobra. Cristina me caía bien hasta que llevo las cuentas en redes de la editorial, tengo tan mala experiencia con ellas 🤣😂🤣😂🤣
Pilar Asuero
(Santiago de Chile, 1997) es escritora, editora y cofundadora del proyecto de
difusión literaria La Elocuente. Ha cursado el Máster de Escritura Creativa en
la Universidad Complutense y el Máster de Edición en la Universidad Autónoma de
Madrid. Fue residente de la promoción XXII de la Fundación Antonio Gala para
jóvenes creadores.






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