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Reencuentro y Un alma valerosa de Fred Uhlman
Traducción José Manuel de Prada Samper, Goligo
Editorial:Tusquets Editores S.A.
Sinopsis de REENCUENTRO Y UN ALMA VALEROSA
Una obra maestra sobre la amistad.
Reencuentro, un clásico contemporáneo de Tusquets Editores que pronto se convirtió en best-seller, narra la intensa amistad, en la Alemania de 1932, que surge entre dos jóvenes de dieciséis años –Hans Schwarz, nacido en una familia judía, y Konradin von Hohenfels, rico aristócrata, miembro de una de las más antiguas familias europeas– cuando coinciden en una selecta escuela de Stuttgart. Sin embargo, al cabo de apenas un año, todo empezará a torcerse: con el ascenso de Hitler al poder, Konradin entra a formar parte de las juventudes hitlerianas mientras Hans huye al exilio. Tan sólo mucho tiempo después, Hans, instalado en Estados Unidos, «reencontrará», de un modo sorprendente y emotivo, a su viejo amigo.
Un alma valerosa narra esa amistad vivida por Konradin, el rico nazi, y en circunstancias dramáticas. Desde la prisión, aterrado, mientras espera a que lo ajusticien por haber participado en el intento de asesinato de Hitler en julio de 1944, escribe una carta a Hans para contarle cómo vivió aquellos años de adolescencia.
Conclusión
He terminado y, aunque a menudo se presenta como una novela marcada por su contexto histórico, mi impresión es otra, la historia no pone el foco en la guerra, sino en algo mucho más íntimo y devastador. La Segunda Guerra Mundial no irrumpe de forma explícita desde el principio, más bien se filtra despacio, casi sin que el lector lo perciba del todo, a través de pequeños gestos, comentarios, tensiones. Es un telón de fondo silencioso que, cuando se revela con su fuerza, Hans se aleja del peligro y la amistad ya ha transformado a los personajes.
El centro de la novela es la amistad entre Hans y Konradin. Una amistad profunda, formativa, casi necesaria. Hans representa la lucidez, el pensamiento, la conciencia de la realidad; Konradin, en cambio, vive protegido en una burbuja familiar y emocional que se irá resquebrajando poco a poco. A través de Hans, descubre el dolor, la injusticia y la persecución, pero también la dignidad y la autenticidad. No veo en su relación una historia de amor en sentido romántico, sino algo quizá más poderoso: el descubrimiento del otro como igual, como espejo y como apertura al mundo. Una amistad que no se basa en la admiración superficial, sino en el respeto y en la verdad.
Lo más trágico es que esa relación, que podría haber sido salvadora, termina siendo arrasada por el contexto histórico y por las lealtades familiares y sociales. Y ahí es donde la novela golpea: en cómo lo colectivo destruye lo íntimo. En definitiva, una historia breve pero conmovedora sobre la amistad, la pérdida de la inocencia y la fragilidad de los vínculos humanos frente a la historia.
¡Feliz lectura!
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Notas
Empiezo. Cada uno puedo ir tomando notas y luego comentando por mensajes, contestaré, o por privado eligiendo Instagram o X, Facebook no. Entre esta tarde y mañana haré una breve introducción a unas ideas recogidas en las páginas 48, números abstractos refiriéndose a los muertos, parecen menos muertos que los tres niños vecinos; página 50, aquí hay varias ideas interesantes, Dios impotente y despiadado, y otra, el mal imprescindible para comprender y valorar el bien. Aquí tuve una breve momento de identificación con la novela La cruz torcida Reseña completa cuando habla de esa casa quemada, no sé por qué. Página 59, Ese era mi mundo..., frágil mundo, nadie nos advierte que el hogar es un refugio tan vulnerable como nuestro mundo. Página 60, A mí... sionismo... Jerusalén. Reclamar Palestina "Esto es una enfermedad...". Página 72, la caída del pedestal de un padre, humillarse ante un muchacho con su hijo. Konradin.
"Sabía que un millón de soldados había muerto en Verdún. Mas todo eso eran simples abstracciones: números, estadísticas, datos informativos. Era imposible sufrir por un millón de personas. En cambio, conocía a estas tres criaturas...". Quieren respuestas, por qué Dios permitiría que tres inocentes murieran de una forma tan atroz, acuden a la fuente. "¿Para que nos sirve, a ti y a mí, un Dios impotente y despiadado?" Y el pastor responde, "Hablaba mucho acerca del mal, y decía que este era indispensable para apreciar el bien...".
"Ese era mi mundo, un mundo que yo creía absolutamente seguro e indudablemente eterno"
"A su juicio, era tan absurdo reclamar Palestina después de dos mil años como habría sido que los italianos reclamaran Alemania..."
"¡Y la forma de cuadrarse! ¡ En homenaje a un adolescente! ", su padre transformado e una caricatura. Siempre había admirado a su padre..., y ahora había destruido ese motivo y tenía motivos para avergonzarse de él, dice.
Mis primeras cien páginas dejan ver algo que hace muy bien Fred Uhlman: convertir las grandes tragedias históricas en una experiencia íntima, concreta y casi doméstica. No le interesa explicar el nazismo desde la política o la guerra, rehuye escudándose detrás de que son adolescentes, narra la fractura emocional de un adolescente que descubre que el mundo adulto, el hogar y hasta Dios pueden derrumbarse.
La idea que señala de los “números abstractos” frente a los tres niños vecinos es uno de los núcleos morales más potentes de la novela. Un millón de muertos es incomprensible; tres niños concretos sí duelen. Ahí Uhlman desmonta la abstracción histórica y devuelve humanidad a la tragedia. El horror sólo se vuelve real cuando tiene rostro, cercanía, memoria. Y eso conecta muchísimo con cómo solemos procesar las catástrofes.
También es muy interesante cómo aparece la cuestión de Dios. La respuesta del pastor —el mal como condición para apreciar el bien— resulta insuficiente porque Hans no está planteando un problema filosófico abstracto, sino una indignación moral concreta. No pregunta “qué es el mal”, sino por qué un inocente debe sufrir. Y la novela no parece querer resolverlo, sino mostrar la decepción de quien esperaba que la religión protegiera del absurdo. La cruz torcida, me viene a la cabeza, una y otra vez, esa sensación de espacio destruido, de hogar incendiado.
La frase “Ese era mi mundo…” resume muy bien la pérdida de inocencia. No sólo cae Alemania; cae la idea juvenil de estabilidad. El hogar deja de ser refugio y se convierte en algo precario. Esa fragilidad es más devastadora incluso que la dimensión política porque Hans descubre que lo que consideraba eterno dependía en realidad de consensos sociales muy frágiles.
El pasaje sobre el sionismo me parece valioso porque evita simplificaciones retrospectivas. Hoy leemos el tema desde después del Holocausto y la creación de Israel, pero Uhlman sitúa a personajes judíos europeos, que sienten Alemania como patria cultural y emocional. Esa idea de “reclamar Palestina” como algo absurdo refleja la mentalidad de muchos judíos alemanes integrados antes de la persecución sistemática. Y eso vuelve más trágico lo que viene después: creían pertenecer a ese mundo que luego los expulsará.
"¿Acaso toda la escuela no está al tanto de nuestra amistad?" La madre de Konradin odia a los judíos, los teme, y Hans está cambiando la fe de su hijo. "Ambos sabíamos que ya nada sería como antes y que ese era el comienzo del fin...".
El Reencuentro de estos dos adolescentes, es terrible... Recordáis lo que hablamos del final de la novela de
Juan Tallon Mil cosas, pues igual. En este primer relato me falta vida en los personajes, se mueven y reaccionan, cuentan, pero no siento mucho.
Empiezo el según. Pág 128-129, muy recomendable su lectura. Mis impresiones.
Uhlman introduce una verdad incómoda, la vida no está gobernada por el mérito, sino por la suerte. Konradin enumera en su carta “el esperma idóneo, los padres idóneos, el lugar idóneo…”, está desmontando la narrativa meritocrática. No dice que la suerte influya, sino que lo determina todo. Y eso, no eliges nacer judío en la Alemania de 1932, ni en una familia aristocrática alemana. La identidad —que luego será motivo de vida o muerte— aparece como puro accidente.
Pero en el caso de Konradin nace en una familia nazi, ¿por qué rompe con ese destino? Sus padres encarnan el antisemitismo, especialmente la madre, que lo lleva al extremo irracional (rechazar incluso a un médico judío en una situación límite). Sin embargo, él no reproduce ese odio. ¿Por qué?
Mi hipótesis —la crianza mediada por institutrices, niñeras y tutores— no solo es válida, sino que encaja muy bien con una lectura psicológica: la figura de apego no es única ni homogénea. Konradin no se cría bajo la mirada de sus padres, sino en un entorno más fragmentado, más cosmopolita. La distancia emocional debilita la transmisión ideológica. Si los padres no están presentes de forma afectiva, sus creencias pesan menos, no quiere decir que no les quiera. No es lo mismo un discurso que viene de una figura admirada que de una distante.
Tutores e institutrices, en un contextos aristocráticos europeos, solían tener formaciones diversas, incluso extranjeras. Eso introduce matices, relativiza absolutos. Pero hay algo más que añadir, porque si no, la explicación se queda corta, no todos los niños criados así desarrollan pensamiento crítico. Aquí entra un elemento que la novela sugiere sin teorizarlo demasiado, la disposición individual. Konradin parece tener una cierta sensibilidad, una capacidad de reconocer al otro (Hans) como igual. Es decir, la amistad no surge solo porque “le educaron distinto”, sino porque elige sostener ese vínculo a pesar de lo que su entorno sugiere.
La frase “Adoro a mi madre, en la distancia” es muy guau. No habla solo de idealización, sino de una idealización que necesita distancia para sostenerse. Cuando la madre está lejos, puede convertirla en una figura casi perfecta; cuando se acerca, aparecen las grietas: prejuicios, dureza, incluso ese antisemitismo extremo que menciona. Ahora, la segunda frase —que no se casó porque su madre era la mujer más bella— ¿abre una lectura más clásica‽ Aquí ¿podemos mencionar a Sigmund Freud‽ Pero con matices. No hace falta ir al complejo de Edipo en su versión más literal (el complejo de Electra lo acuñó Carl Jung, 1912). Hay una lectura más fina: la madre como modelo inalcanzable: si la referencia afectiva y estética es tan alta (y además idealizada), ninguna mujer real puede competir. No es tanto “no me caso porque amo a mi madre”, sino algo más complejo, no me caso porque ninguna relación real puede sostener la imagen ideal que necesito para amar. Es mi opinión a la frase. Pero sigamos.
Cuando me recomendaron la novela me deijeron “novela sobre una relación homosexual” es, como mínimo, una simplificación pobre. Es, ante todo, una novela sobre amistad, formación moral y pérdida en un contexto histórico que lo devora todo. La relación entre Hans y Konradin tiene intensidad, sí, pero eso no la convierte en romántica o sexual. Sobre el “te amé”, pág. 156, ese uso del verbo amar en Konradin, lo podría comparar con el “me enamoré de tu madre”. Ahí la novela ya da una pista, amar a Hans, vínculo afectivo profundo, era como un hermano, que él mismo lo dice después.
Enamorarse de la madre → atracción claramente distinta, más idealizada y con otro tono
Konradin habla de “obsesión”, de fascinación, de necesidad del otro. La exclusividad del vínculo, Hans ocupa un lugar único, el único que no le hizo la pelota, descubre una relación no jerárquica (alguien que no le adula), el único que le descubre el pensamiento (literatura, crítico...), le descubre el mundo y la realidad fuera de su burbuja (dolor, persecución, injusticia) sus tragedias. Konradin ha crecido sin afecto en una burbuja. " ... tú para mí el triunfo del intelecto".
Hans no es solo un amigo: es una puerta al mundo. Por eso la intensidad. No es deseo; es revelación. Es mi opinión.
"La muerte era definitiva"
La Segunda Guerra Mundial no pasa desapercibida, más bien está en segundo plano, filtrándose poco a poco en la vida cotidiana. No es una novela de guerra, sino de cómo la historia irrumpe sin hacer ruido… hasta que ya es irreversible.
Fred Uhlman (Stuttgart, 1901-Londres, 1985), de origen judío, abandonó Alemania en marzo de 1933, poco después de que Hitler fuera nombrado canciller. Residió un tiempo en París y posteriormente en España (en Tossa de Mar), de donde también escapó al estallar la guerra civil para, tras regresar unos meses a París, llegar a Londres; allí fundó el Artist’s Refugee Comittee y la Free German League of Culture, entre cuyos miembros se contaban Oskar Kokoschka y Stefan Zweig. En 1971 publicó Reencuentro, y en 1985 su «réplica», Un alma valerosa.
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