El papel pintado de amarillo

 




Sinpsis

Publicada originalmente en 1891 en una revista literaria, la obra está basada en las propias experiencias de su autora, Charlotte Perkins Gilman, escritora estadounidense prolífica y feminista pionera que desafió reiteradamente las convenciones de su época y el rol que la sociedad asignaba a las mujeres. Escribió este relato con la intención de denunciar el perverso tratamiento al que tuvo que someterse después de caer en una depresión posparto. Polémica en su momento, la obra alcanzó muy pronto el estatus de clásico de la literatura de terror y puntal de la literatura feminista norteamericana. En el presente volumen rescatamos el texto en una nueva traducción e incluimos una breve selección de los relatos de la autora.


Conclusión:


El papel pintado amarillo de Charlotte Perkins Gilman transforma su propia experiencia tras una depresión posparto y el tratamiento de reposo absoluto al que fue sometida en un relato tan breve como asfixiante, en un relato asfixiante.

Desde la psicología, resulta perturbador observar cómo el sufrimiento de la protagonista no solo no es escuchado, sino que se interpreta como una prueba más de que ha perdido el juicio. Su voz queda anulada por la autoridad médica y familiar, en una época en la que la experiencia subjetiva del paciente apenas tenía valor frente al criterio del especialista.

La obra muestra con enorme fuerza las consecuencias del aislamiento, la falta de autonomía y la invalidación emocional. Cuando una persona expresa una y otra vez que empeora y nadie modifica el tratamiento, la desesperanza termina ocupando el lugar de la esperanza. Gilman convierte esa realidad en una poderosa metáfora psicológica sobre la pérdida de identidad y el deterioro de la salud mental.

Más de un siglo después, este clásico sigue recordándonos una lección fundamental: escuchar al paciente no es un gesto de cortesía, sino una parte esencial del cuidado. Una lectura breve, intensa e inolvidable.


¡Feliz lectura!








Notas:


Impresionante este breve relato psicológico, como mujer me pongo a pensarlo y me entra tan agobio, siento tal rabia e impotencia, pero comprendo, no comparto. Si la paciente no mejora, si la situación empeora, ¿no se podría valorar un cambio? No, porque yo soy medico y tengo razón, tú rozas la locura y no sabes que es lo mejor para ti. Vamos al lío.

Dr. Silas Weir Mitchell, dicen que modificó su tratamiento, pero no dejó de asegurar que ella estaba confundida y él tenía razón; cierto, otros muchos especialistas valoraron este breve relato, habrá que escuchar a los pacientes cuando dicen que no funciona, que sufren más si cabe... La cura de reposo, para este diagnóstico, un error garrafal como las sangrías con fiebre o rajar las bubas o los bubones de la peste. Hablamos de la depresión posparto, reposo absoluto, en algunos casos solo  con la compañía del bebé, ni visitas, ni lectura, ni escritura, solo tumbada mirando al techo. No pensar, no sentir, no vivir, podríamos añadir. 

John es médico "¡Es que él no cree siquiera que yo esté enferma!", su propio hermano es médico y está de acuerdo en todo con su marido, no lo veáis como algo machista, era el tratamiento de la época, daba igual lo que el paciente dijera, el paciente es un niño en manos del que sabe. "Pero ¿qué puedo hacer yo?", qué puede hacer ella, indefensiónaprendida. Una espera que el marido la escuche, la preste atención cuando le dice que no le viene bien ese encierro, que cada vez está peor, pero no escucha... ¿Escuchaban a los pacientes tras las sucesivas sangrías cuando decían estar peor, sentirse más debiles? NO, eso es lo que me inquieta, que viendo que no funciona, aquellos médicos no se parasen a pensar.

"Estoy descuidando el autocontrol que se esperaba de mí", no hay nada como caer de pie, si el tratamiento no funciona es porque el paciente no se esfuerza, aunque termine exhausta del gasto de energía. La culpa es tuya y no mía. Yo médico, tú paciente. 

"Me dijo que vivimos aquí solo por mí...", efectivamnte, todo es por ella, pero escucharla y plantearse otras opciones, también debía ser por ella, pero quizás reconocer que un tratamiento es erróneo nos hace parecer más humanos y menos dioses. 

"John no se imagina cuanto sufro en realidad. Él sabe que no tengo razón alguna para sufrir y con eso se da por satisfecho" Una mujer de su posición social, cómo puede sentirse enferma, es todo mental, así que, no hay de qué preocuparse. "¡Soy toda una carga!". Sin ganas, sin fuerzas, llorando a todas horas, y siempre que nadie la vea, fingiendo estar bien de cara a la galeria, porque si no mejora con ese tratamiento, las consecuencias serán peores. 

"Es tan difícil hablar con John sobre mi situación, porque él es tan sabio y me quiere tanto...", quizás, sea yo, pero noto cierto rintintín. Un sabio sabe escuchar, tener un pensamiento crítico, valorar otras opciones..., además, si alguien te ama, no debería ser complicado hablar, ¿no? Si valoramos cómo acabó la relación, creo que esta frase va con segundas. 

"... tengo algo que me motiva..."

¡Feliz lectura!






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Cuando el paciente deja de tener voz: la psicología de El papel pintado amarillo

Hay un momento en El papel pintado amarillo en el que la protagonista afirma con desesperación que su marido, médico, ni siquiera cree que esté enferma. La frase parece sencilla, pero encierra una de las cuestiones más importantes de la historia de la medicina y de la psicología: ¿qué ocurre cuando la experiencia del paciente deja de tener valor?

Charlotte Perkins Gilman escribió este relato inspirándose en su propia experiencia tras sufrir una depresión posparto. El tratamiento que recibió fue la famosa "cura de reposo" del doctor Silas Weir Mitchell: aislamiento, prohibición de escribir, de leer, de realizar cualquier actividad intelectual y una vida reducida al descanso absoluto. Gilman consideró que aquel tratamiento empeoró su estado y decidió escribir este relato como denuncia.

Lo interesante es que la novela no solo critica una práctica médica concreta. Plantea un problema mucho más profundo: la autoridad puede equivocarse. Durante siglos, la medicina recurrió a tratamientos que hoy nos parecen incomprensibles. Las sangrías para combatir la fiebre, por ejemplo, debilitaron a innumerables pacientes convenciendo tanto al médico como al enfermo de que aquella era la única solución posible. El problema no era el error científico. Era la dificultad para admitir que el paciente, que decía encontrarse cada vez peor, podía estar describiendo una realidad que merecía ser escuchada.

Ese mismo patrón aparece en El papel pintado amarillo. La protagonista comunica que el encierro la está destruyendo. No pide milagros; pide un cambio. Sin embargo, cuanto más insiste, menos credibilidad recibe. Su empeoramiento deja de interpretarse como un posible fracaso del tratamiento y pasa a entenderse como una prueba de su enfermedad.

Desde la psicología conocemos bien este fenómeno. Cuando una persona pierde la sensación de control sobre su propia vida, cuando siente que sus pensamientos, emociones y decisiones son invalidados de forma sistemática, aumenta el sufrimiento psicológico. La autonomía no es un lujo: es una necesidad básica del ser humano.

Hay además otra idea muy actual. La protagonista comienza a pensar que quizá el problema sea ella. Si el tratamiento no funciona, concluye que no se esfuerza lo suficiente. Es un mecanismo que seguimos viendo hoy en muchos ámbitos: cuando una intervención fracasa, la responsabilidad recae sobre quien sufre en lugar de cuestionar si la intervención era la adecuada.

Gilman no presenta un marido monstruoso. John cree que está ayudando. Ese matiz convierte el relato en algo todavía más inquietante. Las peores decisiones no siempre nacen de la maldad; a veces nacen de la certeza absoluta de tener razón.

La psicología hoy se basa en la escucha y la validación del sufrimiento, elementos fundamentales de cualquier tratamiento eficaz. Ningún conocimiento técnico sustituye la necesidad de comprender cómo está viviendo el paciente su propia experiencia.

No solo denuncia un tratamiento del pasado, nos obliga a preguntarnos cuántas veces seguimos confundiendo autoridad con verdad, y cuántas veces, ante alguien que dice "estoy peor", respondemos explicándole por qué no debería sentirse así, en lugar de detenernos a escuchar. La primera forma de cuidar a una persona quizá no sea tener siempre la respuesta correcta, sino concederle algo mucho más sencillo y mucho más difícil: el derecho a que su experiencia sea tomada en serio.


Nos  leemos en comentarios, Gemma entre lecturas.







Charlotte Perkins Gilman, nació en Nueva Inglaterra, 1860. Comenzó a escribir tras separarse de su marido y de superar un periodo de depresión del nacimiento de su hija. El trauma, fruto del tratamiento médicos que le fue impuesto, inspiró este relato breve (1892). Prolifera ensayista, exploró el papel de la mujer en el hogar, las relaciones económicas. Aclamado oradora, activista en los derechos de la mujer, más allá del sufragia. Tras saber que padecía un cáncer incurable, se suicidó el 17 de agosto de 1935.




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