La invención de la soledad
La intención de la soledad de Paul Auster
Traducción M Eugenia Giocchini
Edita Anagrama
Sipnosis
Paul Auster comenzó a escribir La invención de la soledad tras la muerte repentina de su padre. Compuesto por dos textos, en «Retrato de un hombre invisible» homenajeaba a la figura paterna y profundizaba en un dramático suceso del pasado familiar que marcó para siempre a su progenitor; sobre «Libro de la Memoria», en el que su perspectiva cambiaba de hijo a padre, Enrique Vila-Matas escribió que es «un bello texto que contiene el germen de toda la obra austeriana».
Con su debut, Auster obtuvo un reconocimiento unánime por su innovadora mezcla de introspección, reflexión y biografía con la que inauguraba una carrera literaria única. De una rara intensidad, íntima y universal a la vez, entre los recuerdos y sentimientos que este libro recoge se vislumbran ya algunas de las obsesiones perennes del autor, como la soledad, el lenguaje o el azar.
Figura inolvidable e incontestable de la literatura norteamericana, Paul Auster se dio a conocer con una obra que «integra el corazón y el intelecto, la sensación y la especulación… mientras intenta incansablemente dar sentido a los golpes de la vida», Newsday.
Conclusión:
La invención de la soledad es, ante todo, un introspección profunda y dolorosa. Tras la repentina
muerte de su padre, Paul Auster se enfrenta no solo al vacío de la pérdida,
sino al enigma de un hombre que pasó por la vida como una sombra.
Esta primera parte del libro «Retrato de un hombre invisible» me
pareció magistral, aunque la segunda mitad da un giro que confieso que me
desconcertó y me rompió el ritmo de lectura (no descarto retomarla desde ese
punto en el futuro). Sin embargo, el análisis que Auster hace de su progenitor
es de una lucidez apabullante.
El hombre invisible y el peso del hábito
«Con el tiempo sería como si nunca hubiera existido». Así define el autor a
su padre: un hombre de rutinas fijas y automatismos ciegos. El mejor ejemplo de
este desapego es cuando el padre entra en su antigua casa y, al estar tan
sumergido en la inercia, ni siquiera nota que los muebles han cambiado y que
hay una nueva propietaria. Como bien cita Auster a Becket, «El hábito es el
mayor insensibilizador». Su vida rutinaria parecía una preparación para el
olvido.
El dolor de las pertenencias
«... no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias
de un hombre muerto». Esta frase me tocó profundamente. Es una verdad universal,
evoca la dolorosa experiencia de vaciar la casa de un ser querido —como me
ocurrió a mí con mi abuela, cuyas pertenencias más queridas cabían en una caja
de zapatos, o al recoger la ropa, la lupa y los libros de mi padre—. Despojar a
un muerto de sus objetos cotidianos se siente casi como una profanación, pero
también es donde residen sus últimos rastros.
Los secretos familiares. Negación y tragedia
El libro desentierra el terrible pasado familiar que moldeó la personalidad
del padre. Los abuelos del autor protagonizaron una tragedia real, su madre
asesinó a su padre tras un historial de infidelidades y maltratos. Un trauma
del que los hijos fueron testigos. Esto explica muchas cosas, por ejemplo, la
obsesión por el dinero y el trabajo. El padre de Auster (Sam) tuvo que huir de
los acreedores. De ahí su necesidad neurótica de trabajar de sol a sol; el
dinero no era codicia, era protección contra la inestabilidad de su infancia.
La negación de la esquizofrenia de la hermana. Para el padre, aceptar la
enfermedad mental de su hija era un fracaso insoportable. Domesticar el
problema y ver el brote psicótico como una simple "singularidad de su
personalidad" era su mecanismo de defensa para no revivir los fantasmas
del pasado.
Una reconciliación necesaria
Al principio, el autor no entendía por qué sentía la necesidad imperiosa de
escribir sobre este duelo, sobre todo, porque la relación con su padre llevaba
años muerta. Sin embargo, la escritura se convierte en el puente que nunca
tuvieron en vida.
Auster logra entender los miedos de su padre, comprende que cuando este se
preocupaba por su vida de escritor, no lo hacía por desprecio al arte, sino por
el terror absoluto de que su hijo sufriera la misma miseria y persecución que
él vivió de niño.
Escribir este libro le permitió reconciliarse con su memoria. Un ejercicio
sanador que muchos hijos no logran hacer, cargando para siempre con un vacío
afectivo terrible. Una lectura imprescindible para entender la compleja
herencia de los silencios familiares.
Mi valoración: ⭐⭐⭐⭐ (Por la brillantez y honestidad de su primera
parte).
¡Feliz lectura!
Notas:
Así comienza el testimonio del autor ante la muerte repentina de su padre. Mi yaya decía, no somos nada. He leído de una sentada la primera parte, la segunda una decepción. El libro de la memoria cambia todo.
«Con el tiempo sería como
si nunca hubiera existido»
«La naturaleza de su vida
había preparado al mundo para su muerte —una especie de muerte presita—, y
cuando lo recordaran, si es que alguien lo hacía, sería de una forma imprecisa,
solo imprecisa»
El padre del autor es un
hombre de rutinas fijas, de automatismos, de pensar poco, el mejor ejemplo,
cuando entra en su antigua casa y no nota los cambios, se acuesta y es
sorprendido por la nueva propietaria, el autor se sorprendió, se sigue
sorprendiendo de que no notase los cambios, los muebles no eran los mismos. Becket,
«el hábito es el mayor insensibilizador».
«… no hay nada tan terrible
como tener que enfrentarse a las pertenecías de un hombre muerto». Y es cierto,
cuando murió mi abuela me quedé sorprendida, todas sus cosas, aquellas que la
representaban, que ella más quería, entraban en una caja de zapatos. Sacar la
ropa del armario de mi padre, su lupa, sus libros —hoy mis tesoros—, fue de lo
más doloroso, fue como despojarle de sus cosas, de la que fue siempre su casa.
Las corbatas de su padre.
«Al domesticar el problema
y convertirlo en una singularidad de su personalidad, podía seguir creyendo que
a mi hermana no le ocurría nada serio». La esquizofrenia de su hermana, asumir
algo así es duro, muchos padres creen que es culpa suya o que les señala de
algún modo, un fracaso por su parte. Asumir que tu hija tiene esa enfermedad
con los antecedentes familiares, con el drama que vivió de niño, puede que esa
negación sea consecuencia de todo lo anterior.
Su madre asesinó a su
padre, aclaremos, los abuelos del autor. Durante muchos días, veintiocho, la
abuela del autor aseguró que el abuelo se había suicidado aunque las heridas
infringidas, así como las declaraciones, no coincidían con las evidencias. Los
hijos de una u otra forma fueron testigos del crimen y del proceso. Hay una
escena interesante cuando la abuela está en los juzgados y ve a una mujer detenida
por estar relacionada sentimentalmente con un hombre casado, dice la abuela,
«Una mujer como ella me trajo aquí», todo fue por un lío de faldas del abuelo
con una mujer más joven que se gastaba sus cuartos, pero este comentario es
atribuciones externas, no responsabilizarse de sus actos, la culpa es de otro.
Tras la muerte del abuelo,
los problemas económicos son considerables, el padre del autor, Sam, cambiaba
de residencia para escapar de los acreedores, a veces, en un mismo año, hasta
tres veces. Algo como esto, dejó una profunda huella en el padre del autor, de
ahí ese gusto por la rutina, la monotonía y el trabajo duro, trabajar de sol a
sol por dinero. «Trabajaba duro porque quería ganar todo el dinero posible…
Tener dinero significaba algo más de protección…». Al principio el autor no
sabía porque la necesidad de escribir sobre este duelo, hacía años que la
relación con su padre estaba muerta, escasas visitas y poco entendimiento, la
clave es esto último, le ayudo a encontrarse con su padre, a entender su forma
de ser, de pensar y actuar, se reconcilió. Muchos hijos no hacen este ejercicio
y acarrean toda su vida un peso terrible, un vacío afectivo.
Cuenta que su padre iba a
leer sus poemas a la biblioteca, cuenta que se quedó sorprendido con la cantidad
de dinero que recibió por un proyecto en México, sin saber mucho y desconocer
más, basándome en lo que Paul escribe sobre su padre, el miedo de este es que
la vida de escritor no fuera suficiente para mantenerle seguro, no que fuera
escritor, sino a que su hijo tuviese que huir de los acreedores.
Esta primera parte de La
invención de la soledad me gustó muchísimo, la segunda me desconcertó, el
cambio, el giro o cómo queráis decirlo, me rompió la lectura y el interés, no
descarto empezar en otra ocasión por ese punto.
Substack:
Sobre La invención de la
soledad de Paul Auster y los puentes secretos del duelo
«Con el tiempo sería como si nunca hubiera existido». Hay frases que no solo abren un libro, sino que abren una grieta en la superficie de la memoria. Con esta contundencia nos enfrenta Paul Auster a la figura de su padre en la primera parte de La invención de la soledad. Tras una muerte repentina, el hijo se sitúa ante el vacío dejado por un hombre que parecía preparado para ese momento toda la vida.
La naturaleza de su existencia había preparado al mundo para su muerte, una
suerte de extinción anticipada. Un hombre atrapado en el desapego absoluto
invita a reflexionar sobre cómo los seres humanos construimos defensas
invisibles contra la realidad.
El automatismo como coraza
El padre del autor era un hombre de rutinas, de automatismos, alguien
entregado a la inercia de pensar poco para no sentir demasiado. Auster relata
un episodio tan absurdo como trágico, su padre entra en su antigua casa, ajeno
a que ha sido vendida. Se acuesta en su antigua cama sin percatarse de que los
muebles ya no son los suyos, de que el espacio ha sido transformado, hasta que
es sorprendido por la nueva propietaria. El autor confiesa una sorpresa
perpetua ante esa ceguera voluntaria. Como bien señalaba Becket, «el hábito es
el mayor insensibilizador». El orden mecánico de los días actúa como un
anestésico contra el dolor o las heridas que uno no sana.
«… no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias
de un hombre muerto»
Es una verdad universal. Quienes hemos cruzado ese umbral sabemos que
desmantelar una vida es un acto de una crudeza insoportable. Al leer estas
líneas, es imposible no regresar a la mañana en que murió mi abuela. Me quedé
helada al descubrir que su mundo personal, aquellos objetos cotidianos que la
definían y que ella más protegía, cabían en una mísera caja de zapatos.
Del mismo modo, vaciar el armario de mi padre, rescatar su lupa y
salvaguardar sus libros —que hoy guardo como mis más sagrados tesoros—, fue un
proceso agónico. Se siente como un despojo, como si estuviéramos desahuciando
su memoria de la que fue su casa.
La domesticación de la tragedia
El libro de Auster avanza desvelando las raíces psicológicas de esta
desconexión. Ante la esquizofrenia de su hermana, el padre optó por una ceguera
selectiva. «Al domesticar el problema y convertirlo en una singularidad de su
personalidad, podía seguir creyendo que a mi hermana no le ocurría nada serio».
Asumir una realidad de este calibre es demoledor para cualquier progenitor; el
estigma, el peso de una supuesta culpa biológica o el sentimiento de fracaso
personal suelen levantar muros de negación. Sin embargo, en el caso de su
padre, esta negación venía alimentada por un trauma de infancia aún más oscuro.
Los abuelos del autor protagonizaron un drama sangriento, la abuela asesinó a
tiros al abuelo. Durante veintiocho días sostuvo que fue un suicidio. Los hijos
—incluido el padre de Auster— presenciaron de un modo u otro el crimen y el
circo judicial subsiguiente.
La herencia del miedo
Tras el asesinato, el naufragio económico fue absoluto. El padre de Auster,
Sam, pasó su infancia huyendo de los acreedores, cambiando de residencia hasta
tres veces en un mismo año. Ese desamparo dejó una cicatriz imborrable, de ahí
nació su amor obsesivo por la rutina, por el trabajo extenuante de sol a sol.
No trabajaba por avaricia, sino por pánico. Tener dinero significaba tener una
muralla contra la intemperie del pasado; una garantía de que nadie volvería a
echarlo de su hogar.
Al principio, Auster no comprendía por qué la urgencia de escribir sobre
esta pérdida. La respuesta la halló en el propio manuscrito, la escritura fue
el puente de entendimiento y reconciliación que la vida les negó. Descubrió,
por ejemplo, por qué su padre miraba con recelo su vocación literaria. No era
desprecio al arte, era el terror de un padre que temía que la vida bohemia de
escritor arrastrara a su hijo a la misma miseria y persecución que él sufrió de
niño.
La invención de la soledad es una obra partida. Mientras que esta primera mitad me pareció de una
lucidez apabullante y una sensibilidad desgarradora, confieso que la segunda
parte me desconcertó por completo. El giro estilístico y conceptual rompió mi
inercia y enfrió el interés, obligándome a dejarla en pausa (aunque no descarto
volver a abrir el libro desde esa segunda sección en el futuro).
Con todo, el ejercicio de Auster nos deja una lección fundamental sobre los
legados invisibles. Muchos hijos arrastran durante toda su existencia un vacío
afectivo por no atreverse a hacer este viaje familiar. Escribir, para Auster,
no fue una forma de llorar a un muerto, o de perpetuar su memoria, sino la
única manera posible de entender para cerrar.
Os leo en comentarios, Gemma entre lecturas.
Paul Auster (1947-2024) fue escritor, traductor y cineasta. Entre sus obras destacan La invención de la soledad (1982); La trilogía de Nueva York (1987); El Palacio de la Luna (1989); Leviatán (1992); Tombuctú (1999); El libro de las ilusiones (2002); La noche del oráculo (2003); Brooklyn Follies (2005); Sunset Park (2010); Diario de invierno (2012); 4 3 2 1 (2017); La llama inmortal de Stephen Crane (2021); Un país bañado en sangre (2023), en colaboración con el fotógrafo Spencer Ostrander, y Baumgartner (2024). Escribió los guiones de las películas Smoke (1995) y Blue in the Face (1995), en cuya dirección colaboró con Wayne Wang, y los de Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007). Su obra poética está reunida en el tomo Poesía completa (2012) y su obra ensayística y autobiográfica en Ensayos completos (2013). Fue también autor de Una vida en palabras (2018), un volumen que recoge sus conversaciones con la profesora I. B. Siegumfeldt sobre su obra y el oficio de escribir. Recibió numerosos galardones, entre los que destacan el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Médicis por la novela Leviatán, el Independent Spirit Award por el guion de Smoke y el Premio al mejor libro del año del Gremio de Libreros de Madrid por El libro de las ilusiones. Fue nombrado miembro de la American Academy of Arts and Letters y Comandante de la Orden de las Artes y las Letras francesa, así como Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid. Su obra está traducida a más de cuarenta idiomas y será publicada próximamente en edición definitiva por The Library of America.






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