La gran serpiente

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La gran serpiente de Pierre Lemaitre

Traductor: José Antonio Soriano Marco





Editorial: Salamandra




 

Sinopsis

 

Divertida, inmoral, jugosa: así es la primera novela negra de Pierre Lemaitre, el autor que conquistó a los lectores con Vestido de novia o Ia serie del comandante Camille Verhoeven.

Siempre hay que desconfiar de las señoras de mediana edad bien vestidas, con aspecto de jubiladas y acompañadas de un dálmata espantadizo, como Mathilde Perrin, una viuda de sesenta y tres años algo entrada en carnes bajo cuya apariencia anodina se esconde una pistolera a sueldo de gatillo fácil y nervios de acero. Experimentada y diligente en el manejo de armas de gran calibre, capaz de dar esquinazo a la policía y agotar a sus perseguidores, esta veterana heroína de la Resistencia ejecuta sin piedad los encargos de un misterioso comandante cuando no está cuidando su jardín de las afueras de París. Sin embargo, los frecuentes descuidos y el mal carácter de la antaño perfeccionista Mathilde, que la vuelven cada vez más incontrolable y perturbadora, empiezan a preocupar a las altas esferas, dispuestas a deshacerse de ella antes de que sea demasiado tarde.

Brillante combinación de una trama ingeniosa y precisa con un ritmo trepidante, La gran serpiente es la primera novela negra escrita por Pierre Lemaitre. Un tablero de asesinatos encadenados cargado de diálogos mordaces, escenas impactantes y grandes dosis de humor cáustico y descarnado.





Notas:

 

«Mathilde es la prueba de que la cabezonería obtiene sus resultados». Pocas frases describen mejor a una protagonista tan inclasificable como la de La gran serpiente. He escuchado la novela en formato audiolibro y he disfrutado de una historia que consigue un equilibrio muy difícil, hacer reír mientras retrata el deterioro cognitivo de una mujer que ha pasado toda su vida matando por encargo. Uno de los mayores aciertos de Pierre Lemaitre es convertir a una anciana en sicaria. La premisa resulta insólita, pero funciona porque nunca pierde coherencia con la personalidad de Mathilde. Es irascible, desconfiada, orgullosa y meticulosa. Por eso, cuando comienza a cometer errores que jamás habría cometido años atrás, el lector entiende que algo está cambiando.

Los pequeños fallos son mucho más reveladores que los grandes. No deshacerse del arma utilizada en un crimen, volver a emplearla y relacionar dos asesinatos supone una ruptura con el método que siempre la había mantenido con vida. En psicología sabemos que uno de los signos iniciales del deterioro cognitivo puede ser la pérdida de funciones ejecutivas: planificar, anticipar consecuencias o mantener estrategias complejas deja de hacerse con la precisión de antes. Mathilde sigue siendo brillante en muchos aspectos, pero ya no es infalible.

La novela muestra además algo muy frecuente en las primeras fases de estos procesos, la lucidez no desaparece de forma continua, sino que fluctúa. Hay momentos de absoluta claridad y otros de profunda confusión. Uno de los episodios que mejor lo refleja es cuando llama a Ludo, olvidando por un instante que él ha muerto. No es tanto un olvido permanente como una desconexión momentánea de la realidad, algo que puede ocurrir en algunas personas con deterioro cognitivo. Sin embargo, cuando percibe un posible peligro, emerge de inmediato la profesional que fue durante décadas. Sus mecanismos de supervivencia siguen intactos. Reacciona, analiza y se prepara para defenderse.

Es un aspecto muy interesante desde el punto de vista psicológico, determinados aprendizajes adquiridos durante toda una vida, sobre todo, aquellos muy automatizados, pueden conservarse mucho mejor que otras capacidades cognitivas. Del mismo modo que un músico puede seguir interpretando una pieza conocida incluso cuando su memoria empieza a fallar, Mathilde continúa reaccionando como la asesina experta que siempre fue.

Cuando descubre que el ruido que la ha puesto en alerta no era un enemigo, sino una simple contraventana mal cerrada, aparece otra faceta muy humana, la irritación consigo misma. Esa necesidad de revisar si el error ha sido suyo refleja la lucha constante entre la conciencia de que algo falla y el deseo de seguir creyendo que todo está bajo control.

La muerte de Ludo, como dirían mis hijos, flipé. Es una escena que me dejó descolocada, pero que resulta coherente con el personaje. Mathilde no puede asumir que ha sido ella quien ha matado a su perro durante un arrebato de ira y construye una explicación alternativa,á convencerse de que ha sido el vecino. A partir de ese momento, vive obsesionada con la idea de que también intentará matar a Kuki. Esa confusión no nace de la maldad, sino de la incapacidad para integrar una realidad demasiado dolorosa para una mente que empieza a resquebrajarse.

Entre tanta violencia, Lemaitre introduce un humor negrísimo que no desaparece. Frases como «Lo bueno de la ira es que te aleja de la tristeza cotidiana» resumen el carácter de Mathilde, una mujer incapaz de abandonar el sarcasmo incluso cuando todo a su alrededor se desmorona. O esa otra «Quizás la suerte forme parte del talento». En una novela donde casi todos los personajes parecen contemplar el mundo desde el desencanto, el humor funciona como una forma de resistencia.

También llaman la atención detalles secundarios que dibujan su personalidad, prefiere los perros a los niños, desprecia al marido de su hija y observa a quienes la rodean con una mezcla constante de lucidez y crueldad. En realidad, pocos personajes se libran de esa mirada ácida que atraviesa la novela.

El desenlace termina de cerrar esa idea que Lemaitre va sembrando desde el principio, el deterioro cognitivo no borra de golpe una identidad. La memoria puede fragmentarse, la realidad puede confundirse y los errores multiplicarse, pero permanecen rasgos arraigados, hábitos aprendidos durante décadas y respuestas automáticas que siguen apareciendo cuando la situación lo exige.

La gran serpiente no solo es una novela negra llena de humor. También es un retrato fino de cómo una mente puede empezar a perder algunas de sus capacidades sin dejar de ser, en muchos aspectos, la misma persona. Y quizá ahí resida uno de los mayores logros de Pierre Lemaitre, conseguir que el lector se ría de Mathilde y, al mismo tiempo, sienta una profunda compasión por ella.


¡Feliz lectura! 




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Cuando la mente empieza a resquebrajarse sin dejar de ser ella misma 


"Mathilde es la prueba de que la cabezonería obtiene sus resultados"


Mathilde, la protagonista de La gran serpiente, de Pierre Lemaitre, una mujer que consigue que el lector se ría de ella al mismo tiempo que asiste, casi sin darse cuenta, al avance de un deterioro cognitivo.

He escuchado esta novela en formato audiolibro y he disfrutado de una historia que combina humor negro, novela criminal y una mirada precisa sobre el envejecimiento. No porque pretenda describir una enfermedad concreta —no es un tratado de neurología—, sino porque retrata con enorme sensibilidad algo que muchas familias reconocen, la convivencia entre momentos de absoluta lucidez y otros en los que la realidad comienza a resquebrajarse.

Mathilde no es una anciana cualquiera, ha sido sicaria durante buena parte de su vida. Su supervivencia siempre ha dependido de la planificación, de la memoria y de una meticulosidad casi obsesiva. Por eso, cuando empieza a cometer errores, estos resultan mucho más elocuentes que cualquier diagnóstico. No se deshace del arma utilizada en un asesinato. La vuelve a utilizar, vinculando dos crímenes que nunca deberían haberse relacionado. Para cualquier otra persona podría parecer un simple descuido; en ella supone la ruptura de una identidad construida sobre el control absoluto.

Desde la psicología sabemos que las funciones ejecutivas —planificar, organizar, anticipar consecuencias o tomar decisiones complejas— pueden verse afectadas en los primeros estadios de algunos procesos neurodegenerativos. Y eso es lo que Pierre Lemaitre convierte en literatura. Pero la novela no cae en el tópico de presentar a una persona desconectada de la realidad. Todo lo contrario.

Mathilde oye un ruido en casa y, por un instante, activa los mecanismos que durante décadas le permitieron sobrevivir. Analiza la situación, calcula el peligro y se prepara para actuar. Cuando descubre que el ruido no era más que una contraventana mal cerrada, aparece la frustración. Se enfada consigo misma. Cuando algunas capacidades cognitivas empiezan a deteriorarse, permanecen habilidades automatizadas. Igual que un violinista puede seguir interpretando una pieza aprendida hace décadas o un pianista recordar una melodía que parecía olvidada, Mathilde continúa siendo una profesional cuando el peligro aparece.

La memoria no desaparece de forma uniforme. Y esa es una de las grandes virtudes de la novela. La parte más dolorosa sea la muerte del perro. Mathilde no puede aceptar que ha sido ella quien lo ha matado durante un arrebato de ira y construye una explicación alternativa, el culpable es el vecino. Desde ese momento vive obsesionada con proteger a Kuki, convencida de que también intentarán matarlo.

Nuestro cerebro necesita que el mundo tenga sentido. Cuando una realidad resulta insoportable o ya no puede organizar los recuerdos, puede llenar los vacíos con explicaciones que le permitan mantener una cierta coherencia. No es una mentira deliberada. Es una forma de reconstruir una realidad que empieza a deshacerse.

Y, sin embargo, Pierre Lemaitre nunca abandona el humor.

Frases como «Lo bueno de la ira es que te aleja de la tristeza cotidiana» condensan el carácter de una protagonista feroz, ácida y divertida. Incluso cuando todo se derrumba, conserva esa ironía que convierte cada página en una mezcla de carcajada e incomodidad.

Quizá por eso La gran serpiente funciona tan bien.

Porque no reduce a Mathilde a su deterioro cognitivo. Sigue siendo testaruda, mordaz, inteligente y peligrosa. Su enfermedad no borra quién ha sido, empieza a introducir grietas en una identidad que llevaba toda una vida construyéndose.

La literatura tiene la capacidad de acercarnos a realidades complejas sin necesidad de ofrecer diagnósticos ni explicaciones académicas. Basta con un personaje bien escrito para comprender algo que, a veces, los manuales no consiguen transmitir, que detrás del deterioro cognitivo sigue existiendo una persona, con su historia, sus hábitos, su sentido del humor y su manera única de enfrentarse al mundo.

Que entre asesinatos, perros, humor negro y situaciones delirantes, Pierre Lemaitre nos obliga a mirar con más humanidad a quienes comienzan a perder, poco a poco, algunos fragmentos de su memoria... sin dejar de ser ellos mismos.


Os leo en comentarios, Gemma entre lecturas 





Pierre Lemaitre nació en París en 1951. Antes de ganar el Premio Goncourt 2013 con su novela Nos vemos allá arriba ya era un escritor de renombre en el género de la novela policiaca. Con Irène (Premio a la Primera Novela Policiaca del Festival de Cine Policiaco de Cognac y Mejor Novela Negra del Año según El Periódico de Catalunya) inició la serie protagonizada por el comandante Camille Verhoeven, que incluye Alex (Alfaguara, 2015, ganadora del Dagger Award 2013 junto a Fred Vargas y del Premio de Lectores de Novela Negra de Livre de Poche 2012, y uno de los libros del año según el Financial Times, en curso de adaptación al cine por James B. Harris, con guion del propio Lemaitre), Rosy & John (Alfaguara, 2016) y Camille (Alfaguara, 2016, ganadora del Dagger Award 2015). Fuera de la serie llegaron, con una extraordinaria recepción por parte del público y de la crítica, Vestido de novia (Alfaguara, 2014, Premio del Salon du Polar 2009 y Premio Best Novel Valencia Negra), Recursos inhumanos (Alfaguara, 2017, Premio de Novela Negra Europea, Premio a la Mejor Novela Francesa 2013 de la revista Lire, Premio Roman France Télévisions y Premio de los Libreros de Nancy-Le Point), Tres días y una vida (2016), Los colores del incendio (2018), El espejo de nuestras penas (2020), La gran serpiente (2022) y El ancho mundo (2023). Su obra, con más de tres millones de lectores, ha sido traducida a más de cuarenta idiomas.

 

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