Tormento

 


Tormento de Benito Pérez Galdos


Publicada en 1884, entre El Doctor Centeno y La de Bringas, obras con las cuales ofrece una suerte de tríptico, "Tormento" gira en torno a la figura de Amparo Sánchez Emperador, joven huérfana apocada e irresoluta en quien confluyen los sentimientos y deseos de Agustín Caballero -indiano riquísimo, hecho en la vida dura y agreste del nuevo mundo y deseoso de integrarse en la sociedad a la que ha regresado- y de Pedro Polo, sacerdote arrebatado y de áspero carácter a quien asfixia su falta de vocación. Con la hermosa Amparo como piedra de toque, tanto Polo como Caballero encarnan la eterna pugna galdosiana entre Naturaleza y sociedad, rodeados de una magnífica galería de personajes secundarios, como Felipe Centeno, José Ido del Sagrario, el padre Nones y, sobre todo, Rosalía y Francisco Bringas, que dan vivacidad extraordinaria al relato.



Conclusión: 



Tormento, de Benito Pérez Galdós: cuando la culpa pesa más que la verdad 

Benito Pérez Galdós me incomoda, me ocurrió con Fortunata y Jacinta y vuelve a sucederme con Tormento. Sus personajes tienen la capacidad de sacarme de quicio, de obligarme a discutir con ellos mientras paso las páginas. Y eso, en realidad, habla muy bien del escritor, me gusta cuando un autor te mete de lleno en la novela. 

Publicada en 1884, Tormento parece, en un primer vistazo, una historia sentimental. Sin embargo, bajo esa apariencia se esconde una disección sobre la culpa, del poder de las apariencias y de una sociedad donde el juicio moral importa mucho más que la verdad.

La protagonista, Amparo, vive prisionera de un secreto. Pero el verdadero conflicto no está en ese pasado que tanto teme revelar, sino en haber interiorizado una idea devastadora, ya no merece ser feliz. Resulta fascinante observar cómo Galdós retrata esa culpa aprendida. Amparo no teme tanto lo que hizo como las consecuencias sociales de que los demás lo sepan. Su ansiedad nace de una condena que ella misma ha convertido en identidad.

Y aquí aparece mi gran conflicto como lectora. Sé que muchos sienten compasión por Amparo, pero yo no consigo verla como una heroína, sufridora. Me desespera. Su bondad llega a un extremo que, desde una mirada contemporánea, percibo más como incapacidad para protegerse que como una virtud. Da dinero a quien la manipula, se deja utilizar y acepta como justa una culpa que nadie le obliga ya a sostener. No creo que sea una mujer "tonta"; creo que es alguien cuya autoestima ha quedado anulada por las normas de la sociedad en la que vive. Pero eso no evita que, mientras leo, tenga ganas de decirle que deje de pedir perdón por existir y si tanto teme, se adelante.

Frente a ella aparece Agustín Caballero, quizá uno de los personajes más modernos de la novela. Después de hacer fortuna en América, confiesa que allí aprendió a trabajar, no a dominar las convenciones sociales. Por eso mira a las personas con menos prejuicios que quienes siempre vivieron en Madrid. A través de él, Galdós lanza una pregunta que sigue vigente: ¿debemos juzgar a alguien por su pasado o por la persona que es hoy?

Si Amparo representa la culpa, Rosalía Pipaón de la Barca simboliza la tiranía de las apariencias. Su obsesión por el prestigio, el apellido y el reconocimiento social convierte cada relación en un cálculo. Hay escenas en las que su soberbia parece deformarle el rostro. No es una mujer ambiciosa; es alguien que ha aprendido que, en su mundo, aparentar vale tanto como ser.

Francisco Bringas completa ese retrato de la hipocresía social. Su obsesión por ahorrar hasta el último corcho o reutilizar cualquier papel contrasta con el empeño por mantener una posición social que apenas pueden sostener. Incluso cuando los hijos padecen privaciones, la apariencia sigue siendo prioritaria. Leído desde hoy puede parecer absurdo, pero Galdós nos recuerda que el estatus también era una inversión de futuro, las relaciones sociales podían abrir puertas.

Uno de los aspectos que más he disfrutado es comprobar cómo muchas ideas de la psicología aparecen, sin nombrarlas, en la novela. Rosalía racionaliza sus decisiones. Cuando decide acudir al teatro en lugar de permanecer junto a su hijo enfermo, necesita construir argumentos que alivien el conflicto entre lo que considera correcto y lo que hace. Hoy hablaríamos de disonancia cognitiva; Galdós nos muestra cómo funciona la mente humana.

También resulta interesante Refugio. Critica la conducta de su hermana mientras justifica la propia. Condena la dependencia ajena, pero vive aprovechándose de quienes la rodean. Es un magnífico ejemplo de doble rasero y de la facilidad con la que somos indulgentes con nosotros mismos y severos con los demás.

Hay frases que resumen toda una sociedad. «Aquellos trabajan, estos gastan. Aquellos pagan, estos chupan. Nosotros lloramos y ellos maman» sigue sonando actual. Y quizá la reflexión más brillante sea aquella que afirma que «por mucho que invente la fantasía, mucho más inventa la realidad». Es difícil expresar mejor la capacidad de la vida para superar cualquier ficción.

Si tuviera que ponerle una objeción a la novela sería la construcción de algunos personajes. Echo de menos más zonas grises. Amparo representa la culpa absoluta; Rosalía, la ambición; Refugio, el oportunismo. Me habría gustado encontrar personajes más ambiguos, más contradictorios, más cercanos a las personas que encontramos en la vida cotidiana.

Y, sin embargo, esa incomodidad forma parte de la experiencia de leer a Galdós. Sus novelas no buscan tranquilizar al lector, sino enfrentarlo a una sociedad donde la moral era desigual, el hombre podía reconstruir su reputación una y otra vez; la mujer quedaba marcada para siempre por un único error.

¡Feliz lectura!


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En El Retiro hay un monumento dedicadoGaldós


Mi lectura actual:

Tormento (1884) es una de las novelas más penetrantes de Galdós. Bajo la apariencia de una historia sentimental, construye un retrato de una sociedad donde el juicio moral pesa más que la verdad y donde las apariencias determinan el destino de las personas.

"Solía tener Rosalía con ellas rasgos de impensable crueldad..."

La gran protagonista es Amparo, una mujer marcada por la culpa y la vergüenza. Su conflicto no nace de sus decisiones, sino de haber interiorizado el juicio de una sociedad que apenas concede oportunidades a las mujeres. Vive con miedo constante a que su pasado salga a la luz, lo que hoy podríamos interpretar como una forma de ansiedad anticipatoria, no teme tanto lo ocurrido como las consecuencias sociales de que se conozca.

"Aquellos trabajan, estos gastan. Aquellos pagan, estos chupan. Nosotros lloramos, y ellos maman"

Frente a ella aparece Agustín Caballero, un personaje que representa la honradez y el sentido práctico. Su mirada es menos moralista que la de quienes lo rodean. Él mismo cuenta que trabajando como lo hizo en América, no tuvo tiempo de aprender las normas sociales y por eso dice las cosas a las claras. Galdós plantea una pregunta muy moderna, ¿debemos juzgar a una persona por su pasado o por quién es en el presente? 

"¿Ves cómo por mucho que invente la fantasía,  mucho más inventa la realidad?"

Rosalía Pipaón de la Barca encarna el narcisismo social. Su obsesión por el prestigio, el lujo y el «qué dirán» la lleva a manipular a quienes tiene cerca. Más que una villana, es el producto de una sociedad donde el valor de una persona depende de la posición que ocupa y de la imagen que proyecta. Tiene unos accesos de soberbia que desconfiguran sus bello rostro. Preocupada por su árbol genealógico y sus apellidos. 

Rosalía es una mujer calculadora donde las haya, imagina desperdiciada la fortuna de Agustín, su hija nació tarde, pero si se muere su marido, ella se sacrificaría por sus hijos  casándose con él,  "... creo que su padre me bendeciría desde el Cielo". No se le ocurre, lo más lógico,  casar a Amparo y fortalecer lazos. Y Galdos añade "A Rosalía le gustaba, sobre todas las cosas, figurar, verse entre personas tituladas o notables por su posición política y riqueza aparente o real...".


Francisco Bringas, también es maestro en aparentar, como el hidalgo y las migas de pan, recogía de la calle tapones de corcho, clavos y guardaba hojas en blanco de otras cartas para escribir las suyas. 

Bringas declaró la guerra a los peinados,  normal había que priorizar recursos económicos,  pero ¿hacerlo en la comidas de los hijos? "Las comidas eran por lo general de una escasez calagurritana, por cuyo motivo estaban los hijos tan pálidos y desmedrados", paremos un segundo, ¿querían a sus hijos? Sí, mucho, por lo tanto aparentar era mucho más que figurar, estar en un estamento social, era un futuro para sus hijos, tener relaciones y que las puertas se abrieran,  tal y como sucede ahora.




Disonancia cognitiva, Rosalía debe quedarse junto a su hijo enfermo, dejar el teatro para otro día,  pero el teatro es más que la representación de una obra, es un termómetro social de la época,  quién va, cómo va..., así que, tras ver que la fiebre remite, y a pesar que su lugar sigue siendo junto al hijo, eso piensa, decide ir, y qué hace para quitar ese malestar que surge entre lo qué piensa que es su deber y su decisión final, "... que ganó terreno la opinión contraria,  y con ingeniosas razones Rosalía la hizo prevalecer al fin".

"Esta que empeña tanto tiempo en lavarse no puede ser cosa buena... Digan lo que quieran, la mujer honrada no necesita de tanta agua"

¿Y qué hacemos con Refugio y su doble discurso? Me cae fatal esta criatura que critica la servidumbre de su hermana Amparo, mientras vende y empeña las cosas de Amparo para vivir como las personas que juzgan, botas caras y vestido impecable para salir de fiesta. "Van de gorra a los teatros, recogen pedazos de tela que tiran en Palacio,  piden limosna con buenas formas...", ve bien la paja en el ojo ajeno. 

Refugio es una mujer curiosa, se pregunta, ¿por qué es mala una mujer? "Miseria y más miseria... Asegúrame la comida, la ropa y nada tendrás que decir de mí". Podría, pero me da que no. Crítica a la hermana por como gestiona su vida, y ella..., ¿qué hace ella?


Sigo leyendo y me está ocurriendo lo mismo que me pasó con Fortunata y Jacinta, Galdós consigue ponerme de los nervios. No porque escriba mal, sino porque construye personajes que me generan una enorme frustración. Sé que muchos lectores sienten compasión por Amparo, pero yo no consigo verla como una heroína. La percibo como un personaje que lleva la bondad hasta un extremo que roza la ingenuidad, por no decir, TONTERÍA. Da dinero a quien la manipula, se deja arrastrar por la culpa y vive convencida de que no merece ser feliz por un error del pasado. Más que buena, la siento incapaz de protegerse.

Galdós muestra cómo una mujer del siglo XIX podía interiorizar el juicio moral hasta convertirlo en una condena contra sí misma, mientras un hombre podía acumular amantes sin que su reputación quedara destruida, una mujer cargaba con la vergüenza durante toda la vida. Amparo no solo lucha contra su pasado; lucha contra una sociedad que le ha enseñado que no merece ser perdonada.

"Su pecado era enorme y no cabía por los agujerillos de la reja de un confesionario, grandes para humana voz, chicos, a su parecer, para el paso de ciertos delitos"

Quizá esa sea la única objeción que le pondría a la novela. Los personajes me parecen muy polarizados: Amparo encarna la culpa y la entrega absoluta; Refugio, el oportunismo; Rosalía, la ambición y la hipocresía. Echo de menos más zonas grises, personajes que se muevan entre la contradicción y el término medio. Galdós tiene esa capacidad de incomodarme, de hacerme discutir con sus personajes y de obligarme a preguntarme cuánto hay de ellos en nuestra sociedad actual. Cuando una novela consigue sacarte de quicio, también está consiguiendo que pienses.

"Tendrán abono en todos los teatros"

¡Hala, ya no le dice su secreto a Agustín! El peligro de los secretos, que nos convierten en víctimas de personas indeseables. Temblaba de temor cada vez que alguien que conociera su secreto se acercase a Agustín, pues cuidadín con Refugio, aunque Amparo tiene suficiente con su imaginario. "Si yo me atreviera..., soy tan débil".

"Tal obligación sólo existía en Madrid, pueblo callejero,  vicioso, que tiene la industria de fabricar tiempo", pág. 211.

"... no para hacer la rueda en la Castellana, como tanto bobo", pág 212. El uso de un carruaje en estos madriles de apariencia. 

"Comprendo que esto debe concluir, comprendo que yo debo sacrificarme..., porque soy el más criminal. ¿Pero tú no te sacrificarse también un poquito?" "Yo todo los sacrificios...". De bárbaro a santo hay mucho trecho, dice Polo el bárbaro. Pero si malo es este religioso venido a menos, su hermana Marcelina, en fin, "... sabemos que es usted un ángel,  si yo quisiera hacer daño..., conservo dos papelitos..., más no soy vengativa pero no soy tonta,  a mí no me engañas ni tú ni nadie...".

Es curioso, estas coincidencias, se mencionan las caricaturas de Goya, es mi próxima lectura. Mi próxima lectura 



Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) es uno de los autores más importantes del realismo y el naturalismo europeos del siglo XIX. Con veintitrés años se trasladó a Madrid para iniciar la carrera de Derecho, que nunca acabó. Allí también comenzó su carrera literaria, que compaginó con labores periodísticas y políticas. Su fama empezó a crecer con los primeros Episodios Nacionales, cuyo conjunto de cinco series ya lo hubiera encumbrado como uno de los escritores españoles más importantes de la época. Pero su ingente producción va mucho más allá y en ella encontramos diversas obras teatrales y más de treinta novelas, entre las que se cuentan obras maestras como La desheredada (1881), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), Tristana (1892) o Misericordia (1897).

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