El hombre que sabía demasiado. Cap.1. Dr. Navarro
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Desde que me licencié, me llaman doctora Navarro, me cansé de explicar que no soy doctora en medicina, soy licenciada en Psicología. Hice un máster en Psicología Forense y otro en Criminalística, pero doctora, lo que se dice doctora, no soy. Lo repetí tantas veces que me rendí. Así que sí, si preguntas por mí en mi pueblo, soy la doctora Navarro.
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Tengo cuarenta y cuatro años y vengo aquí, a mi casa de Ávila, a despejarme. Qué más de interés sobre mí. Soy celosa de mi intimidad y me molesta la gente que me obliga a cruzar mis límites. Llegué tarde a la psicología, fui de esas personas que a los dieciocho años no saben qué quieren hacer con su vida, estudié lo que hoy se llama ADE. Descubrí, con bastante rapidez, que aquello me aburría. Cuando terminé la carrera trabajé tres años en El Corte Inglés, en administración, y no, me ahogaba. Y decidí cambiar de rumbo. Empecé Psicología y, desde aquel momento, ya no paré.
Supongo que algunas personas encuentran su camino muy pronto, yo tuve que equivocarme primero, después de tantos años escuchando a los demás, todavía sigo intentando entenderme a mí misma, y sigo buscando mi camino.
Este es mi diario. No es que me aburra. Tampoco necesito demasiado contacto con el exterior. Pero, por mi salud mental —esa que se supone que debo cuidar por profesión—, necesito hablar con alguien. Así que, en lugar de salir y relacionarme con el mundo, voy a socializar desde la seguridad de mi casa a través de la pantalla. Nadie dijo que los profesionales de la salud mental estuviéramos cuerdos. Y, puestos a entender a un loco, ¿quién mejor que otro?
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Llevo una semana encerrada en casa. Las primeras cuarenta y ocho horas las pasé limpiando pavesas y cenizas. El fuego no llegó hasta aquí, pero estuvo cerca, otros no corrieron la misma suerte, como la casa de Jesús. Da miedo. Esto no me viene bien, debería salir de aquí y regresar a mi piso de Madrid, Siempre hago lo mismo, estiro de la cuerda hasta que me quedo sin aire. Fue una mala idea venir.
Llevo cuatro años cargando con los dolores, las miserias y los males de los demás. ¿Cuándo me rompí como profesional? No lo sé, pero me fracturé. Dentro de la consulta lo llevo bien. Allí sé dónde colocar cada cosa, cómo escuchar, cuándo preguntar y cuándo callar. Fuera es distinto. Fuera me pongo una coraza, una especie de anteojeras para no mirar demasiado, no implicarme demasiado, no sentir demasiado.
No puedo seguir escondida. Por mucho que me guste estar sola, hay cosas que no se pueden posponer. Y, sobre todo, necesito comer.
El incendio dejó el cielo de Ávila con un color extraño. No era gris, tampoco naranja, era una mezcla sucia de ambos, como si alguien hubiera pasado una mano de carbón sobre el horizonte. Conduje despacio. No era una buena idea. No lo era. ¿Por qué no me iba?
Vine a comprobar que todo estaba bien, pues ya está, está sucio, sí, se han muerto los manzanos y los almendros por el calor, también; pero sobreviven los ciruelos, las parras, los perales y los nísperos. La vivienda no sufrió excesivos daños. El fuego dejó ese silencio peculiar que queda después de una catástrofe, no hay hormigas, no hay moscas, no hay insectos, sobrevuelan las águilas y las palomas.
Crucé las calles sin mirar las casas, pero no pude evitar captar la evidencia, los perros ladraban menos, persianas bajadas, conversaciones en voz baja y vecinos que miraban hacia las montañas. A siete kilómetros de allí, en Sotillo, el humo todavía se distinguía entre los árboles.
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Aparqué junto a la pequeña tienda de comestibles. Y entonces lo vi. No había dónde esconderme. Tampoco podía fingir que no lo vi. Después de mis vacaciones volvería a tenerlo sentado en la consulta, frente a mí, y allí todo sería distinto. Allí yo era la doctora Navarro. Aquí no. Aquí no era la misma.
Es difícil explicarlo. Es como si convivieran dos mujeres en mí. Una es fuerte, segura, profesional. La que se sienta frente a sus pacientes y sabe interpretar los silencios y cómo sostener la mirada. La que ellos llaman doctora Navarro. La otra soy yo. La de este aparcamiento. La que ahora siente una inseguridad absurda mientras se acerca un hombre que camina con paso decidido.
Fuera de mi consulta no tengo la misma armadura. Y, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que mi coraza solo funciona cuando estoy detrás de un escritorio. Él se acerca. Yo no puedo esconderme. Y tampoco puedo convertirme en la doctora Navarro.
—¿Doctora Navarro? —me volví.
—¿Antonio? —siempre sonríe, es peculiar, dentro de su cabeza rige un puro caos, pero nunca olvida que los demás también sufren.
Antonio era un paciente intermitente. No un paciente difícil. Más bien uno de esos pacientes que conseguían convertir cualquier conversación en una explicación de lo que estaba ocurriendo detrás de las cosas y te convence. Para Antonio nada sucedía porque sí. Una avería era un sabotaje. Una enfermedad, una consecuencia de algo que alguien ocultaba. Una dimisión, una operación política. Y cuando no encontraba una explicación, decía que eso demostraba que había una conspiración. Las teorías conspirativas estructuradas de Antonio, donde todo tiene una causa delictiva o política, responden más a un pensamiento paranoide hiperestructurado que al "puro caos" que os dije arriba. Ese delirio le sirve para poner orden al caos exterior. Su discurso no es caótico, sino estructurado sobre una premisa falsa.
—Pensé que se había marchado. —Siempre amenazaba con ocultarse en una especie de bunker construido en las tierras de sus padres.
—Me voy a marchar —Antonio miró alrededor antes de contestar—. Eso es lo que ellos quieren que pensemos.
—Sigues igual —Sonreí ligeramente.
—No, doctora. Ahora tengo razón —aquella frase hizo que dejara de sonreír.
—¿Sobre qué? —Antonio se acercó un poco.
—Sobre todo esto —señaló el cielo.
—Los incendios —miré las columnas de humo que todavía se levantaban a lo lejos—. Los incendios son bastante reales.
—Claro que son reales. Lo que no es real es la explicación que nos están dando.
—¿Y cuál es la tuya? —Antonio bajó la voz.
—Ellos saben que se acaba —permanecí callada.
—¿Qué se acaba? —Antonio me miró fijamente.
—El mundo —hubo unos segundos de silencio. Sólo pude balbucear su nombre—. No me mire así. Ya sé lo que está pensando.
—¿Ah, sí?
—Que estoy otra vez con mis teorías —no respondí—. Pero esta vez tengo información.
—¿Qué información? —Antonio sacó el teléfono del bolsillo.
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—¿Usted se ha preguntado alguna vez por qué un político que sabe que el futuro de su país está en peligro se comporta como si no existiera el mañana? —asentí, nos lo preguntábamos los contribuyentes muchas veces—. Aviones privados. Hoteles de lujo. Fiestas. Drogas. Prostitución. Dinero. Familias colocadas. Para ellos todo vale —lo observé con detenimiento—. ¡Lo sabía!
—Eso no demuestra que sepan que se acaba el mundo.
—No. Pero esto sí —Antonio acercó el teléfono. En la pantalla había una serie de documentos, gráficos y fotografías.
—¿Qué es?
—Información filtrada.
—¿Por quién? —Antonio sonrió.
—Si supiera quién me la pasó, no estaría hablando con usted aquí —miré la pantalla.
—Antonio, que haya documentos en internet no significa que sean ciertos.
—La capa de ozono está desapareciendo.
—No.
—Eso es lo que quieren que pensemos.
—¿Qué quieren que pensemos?
—Que todavía queda tiempo —sentí un pequeño escalofrío, aunque el calor del verano seguía pegado a la piel. Antonio guardó el teléfono.
—Veinticinco años.
—¿Qué?
—Veinticinco años. Quizá veinte. Treinta como mucho —lo miré.
—¿Para qué? —Antonio tardó unos segundos en responder.
—Para que esto deje de ser nuestro mundo.
Después se alejó. Permanecí inmóvil junto a la tienda. Lo vi caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada. He conocido a muchos pacientes a lo largo de los años. He aprendido que una persona puede construir una explicación perfecta alrededor de una mentira. Y que, cuanto más perfecta es la explicación, más difícil resulta convencerla de que quizá esté equivocada. Ahora qué hago con esto.
Mientras regresaba a casa, recordé una frase de Antonio, «Esta vez tengo información». Y no consigo quitarme de la cabeza la dichosa frase, sobre todo viendo este paisaje desolador que se repite por varias comunidades. ¡España arde!
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Os leo mañana.
Y una cosa antes de cerrar el diario, ¿creéis que Antonio está loco o puede haber algo de verdad detrás de su teoría?
¡Buenas noches!
Dr. Navarro, para los amigos Natalia Navarro.
Una pequeña explicación.
Hace unos años, allá por 2017, escribí una novela titulada El vestido de gala. En ella apareció por primera vez la doctora Navarro y, junto a ella, Sergio Fernández. Me encapriché de aquellos personajes, tanto que, aunque han pasado años, nunca he terminado de despedirme de ellos.
Y ahora han vuelto. Quizá tenga algo que ver con mis últimas lecturas. Después de leer a Freud y sus Relatos clínicos, y de reencontrarme con Walden Dos, de B. F. Skinner, me ha vuelto a picar ese gusanillo de escribir. Freud consiguió convertir algunos de sus casos clínicos en verdaderos relatos. Skinner utilizó la ficción para imaginar una sociedad construida desde sus ideas psicológicas. Y yo he vuelto a pensar que quizá la literatura sea también una manera de seguir pensando en psicología, en las personas y, sobre todo, en aquello que no terminamos de comprender de nosotros mismos.
Así que he decidido darle otra oportunidad a Natalia Navarro. No sé todavía hasta dónde llegará. De momento, escribo. Y si queréis acompañarme, os iré dejando aquí su historia, capítulo a capítulo.
Si tenéis curiosidad por conocer a la doctora Navarro antes de esta nueva historia, aquí podéis encontrar El vestido de gala, Compra en Amazon, pero te digo que 211 reseñas y una valoración de 3,2 ⭐. Lo sé.








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