El turismo del desastre. Cap. 2. Dr. Navarro
Pasó un día y sigo dando vueltas a lo que dijo uno y otro, esto es agotador. En Madrid no salgo de compras, Internet mi gran aliado, aquí, el ultramarinos de Alicia, mi penitencia. Supongo que también necesitaba comprobar que el mundo seguía ahí fuera. Lo que no necesitaba era escuchar. Pero escuché.
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En la tienda me encontré con gente que conocía de toda la vida. Uno había perdido el coche, otro, parte de la casa y muchos, tierras de cultivo. A una familia se le había quemado la cerca que llevaba allí desde que sus abuelos eran jóvenes. Cada uno tenía su pequeña tragedia que contar. Y yo hice lo que sé hacer. Escuché. Escuché sus penas, sus enfados, sus preguntas, sus reproches.
Que si no habían llegado los medios suficientes. Que si los aviones tardaron. Que si algunos se fueron. Que si otros se quedaron. Que si había gente que no podía respirar y tuvo que ser trasladada a los polideportivos y a las instalaciones de la Guardia Civil que habían habilitado mientras pasaba lo peor. Y entonces apareció otra conversación.
Los de Madrid. Así los llaman. Los de Madrid. Aunque algunos, como yo, llevemos media vida viviendo aquí, hasta que me fui a la universidad. Aunque nuestras casas sean de nuestros padres, de nuestros abuelos o incluso de antes. La mía, por ejemplo, construida por mi padre. Las tierras que la rodean de mis abuelos, su casa junto a la iglesia de las primeras que se construyeron. Y a pesar de eso, de mis orígenes, soy una de "Los de Madrid".
Yo tampoco vivo aquí. Mi primera residencia está en Madrid. Allí tengo mi casa y allí tengo también la consulta o debería decir que tengo una casa que hace las veces de consulta, porque no salgo. Los pacientes vienen. La compra llega. Supongo que construí una vida bastante cómoda alrededor de mi necesidad de estar sola. Aquí encontraba otra cosa.
Silencio. Montaña. Espacio. La posibilidad de no hablar con nadie durante horas sin que nadie lo considerase extraño. Ahora el pueblo está lleno de silencios diferentes. Hay uno que no tiene nada que ver con el incendio. Es el silencio de los que están enfadados. Los que viven aquí todo el año no ven con buenos ojos a los que vienen de Madrid y, después de escucharles, entiendo por qué.
Durante el incendio se marcharon. No todos, claro, pero algunos sí. Cogieron el coche y se fueron. Y, según cuentan, ni siquiera ayudaron a sacar a las personas que no podían quedarse. Personas mayores. Personas enfermas. Gente que no podía respirar con aquel humo. Tuvieron que trasladarlas a los lugares que se habían habilitado para ellas. Mientras tanto, los que se quedaron arrimaron el hombro, moviendo ganado y llenando depósitos de agua para el fuego.
Y luego limpiaron, digo limpiaron. Escoba. Pala. Cubos. Todo lo que pudiese alimentar aquellas lenguas de fuego. Sin agua, el agua es para el fuego. El agua sigue siendo necesaria por si volvía a declararse un incendio. Eso también lo aprendí en la tienda. El primer pleno que hubo después del incendio estuvo dedicado, entre otras cosas, a decidir cómo se iba a limpiar el pueblo de aquel humo espeso, de las pavesas y de las cenizas. Y allí, según me contaron, alguien dijo una frase que se ha quedado dando vueltas, «Los de Madrid huyeron». No sé si fue así. No estaba aquí. Y una de las cosas que he aprendido escuchando a la gente es que cada persona recuerda una catástrofe desde el lugar que ocupaba dentro de ella. Pero sí sé que existe ese resentimiento. Y no es nuevo. Ahora los que se fueron están volviendo. Vuelven a sus casas. Miran lo que ha quedado, se quejan y se lamentan, pero cierran y se van, los de aquí protegieron lo de todos y no pueden cerrar e irse.
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En la tienda, mientras esperaba mi turno, una mujer que conozco se acercó.
—¿Tú sabes lo de Iván?
—¿Qué ha pasado?
—Que si no llega a ser por él, se nos quema la otra finca.
—¿Cómo?
—Con el tractor. Hizo un cortafuegos él solo. Se tiró horas —La mujer hablaba deprisa. Cuando alguien acaba de pasar por una catástrofe parece necesitar contarla antes de que otro empiece a contar la suya.
—¿Y los de la UME? —hizo un gesto con la boca.
—Los de la UME estaban allí, sí. Dos camiones. Pero para lo que hicieron... —no terminé de entender.
—¿Dónde estaban?
—A la entrada del pueblo. En unas tiendas de campaña —aquello sí lo sabía. Me lo contó mi vecino, el mejor amigo de mi padre. Tendré que ponerle un nombre, de momento lo llamaremos Julián, los nombres los estoy cambiando, pero vamos, como lean mi blog, sabrán a quién me refiero. Julián me explicó que aquellas tiendas eran el punto de descanso de los equipos que trabajaban en el incendio.
—Es que mientras Iván hacía el cortafuegos, ellos estaban allí metidos —continuó la mujer.
—¿Metidos?
—Sí. En las tiendas.
—¿Durmiendo?
—Eso dicen —me quedé callada. Yo sabía otra cosa. Los equipos se relevaban. Los que habían estado trabajando durante la noche llegaban por la mañana, descansaban y dormían allí. Después salían de nuevo cuando les correspondía el turno y los que habían trabajado durante el día hacían lo mismo al terminar. No era lo que ella contaba, pero no tenía ganas de discutir.
—Iván hizo el cortafuegos porque tenía el tractor —dije.
—Porque no vino nadie.
—O porque era lo que podía hacer él en ese momento —me miró. No le gustó demasiado mi respuesta.
—Natalia, hija, aquí cada uno se tuvo que buscar la vida —eso sí podía entenderlo.
—Eso sí.
—Y los de Madrid se fueron.
Otra vez. Los de Madrid.
—Algunos —contesté.
—Muchos.
—Sí, algunos.
—Y ahora vuelven —no dije nada. Porque yo también había vuelto. Y, de repente, aquella frase me hizo sentir que quizá «los de Madrid» también era yo.
"Los de aquí" vs. "Los de Madrid". En situaciones de trauma comunitario, crear un enemigo externo o culpable ayuda a canalizar la impotencia. Opera como un mecanismo de chivo expiatorio para proyectar el dolor y la falta de control sobre la catástrofe, creo que no será la última vez que escriba sobre esto, me lo temo.
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Hacen fotografías, ¿quién dijo lo de las fotos? Se quejan. Incluso preguntan cuándo llegarán las ayudas. Entiendo el enfado de los que se quedaron. También entiendo que marcharse cuando existe peligro no convierte a nadie en cobarde, pero no puedo ignorar lo que estoy escuchando.
Cuando regresé a casa, estaba agotada. Agotada de verdad. Tanto que necesité encerrarme otras veinticuatro horas sin hablar con nadie. Veinticuatro horas para volver a ser yo. Al día siguiente me senté en el porche. Había limpiado. Había recogido pavesas, retirado ceniza, barrido lo que podía barrerse. Pero la vista seguía siendo desoladora. No había un pájaro. Ni una hormiga. Ni una mosca. Ni una mariposa. Ni un insecto. Nada. Un silencio total. Las palomas tampoco habían vuelto. Supongo que la naturaleza necesita su tiempo para decidir si merece la pena regresar.
Lo curioso es que cada vez hay más gente. No sé cómo llamarlo. ¿Turismo del desastre? Personas que se paran en el camino para mirar las casas quemadas, los árboles negros, las tierras de los vecinos. Hacen fotografías. Otros vídeos. He visto incluso a personas repetir una y otra vez la misma grabación hasta conseguir que la lágrima quede donde tiene que quedar.
La lágrima en la mejilla. La mirada perdida. El paisaje calcinado detrás. Y después, a las redes. «Yo estuve allí». «Qué horror». «No sabéis lo que se siente». He visto a una persona coger pavesa del suelo y restregársela por las manos, luego por los pómulos y la frente para hacerse una fotografía. No sé qué decir. Me parece absurdo. Melodramático.
El verdadero sufrimiento no suele necesitar una cámara. El verdadero sufrimiento se calla. Se rumia. Se traga. Se guarda durante años hasta que un día sale por algún sitio que nadie espera. Eso sí lo sé. Lo he visto demasiadas veces.
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Sentada aquí dando vueltas a ese gesto, aquella mirada y esas cuantas frases, hice lo peor que se puede hacer en tal estado de agitación, miré cosas por internet. Hay quien dice que debería llover, miré al cielo, no parecía, aquí no cae una gota. Quizá sea mejor así. La ceniza y la pavesa no son algo que desaparezca porque llueva, tiene que retirarse antes de que termine filtrándose donde no debe. Pero de eso la gente sabe poco.
Yo sigo aquí, mirando. Abrí WhatsApp y tenía un mensaje suyo. Solo uno. Sabía que sería él. El resto aprendió que cuando me voy de vacaciones, no contesto. Lo aviso. Pongo ese pequeño mensaje que dice «de vacaciones» y, para mí, significa eso, vacaciones. Ni llamadas. Ni mensajes. Ni «es urgente». Pero él se lo salta a la torera. ¿Cómo estás?, en cursiva y negrita, será... Eso era todo. No necesita que responda, lo sabe y lo sé, lo he leído, le sale visto y la hora, sigo aquí, pero no quiero interacción. Lo sé. Lo sabe.
Nos conocemos desde hace cuatro años. Cuatro años trabajando juntos, un tormento, un suplicio. Recuerdo la primera vez que abrí la puerta y lo vi allí plantado. Sin uniforme. Con aquella cara seria, de enfado y contrariedad. No sabía todavía que iba a tener que aprender a trabajar conmigo. Ni yo que tendría que aprender a trabajar con él. Él tuvo que entender cómo funciono. Yo tuve que adaptarme a sus exigencias. Y ya sabe que conmigo las exigencias no funcionan.
Me contaron después la escena de cuando le comunicaron que tendría que trabajar conmigo. Vio mi currículum y peguntó: «¿Esa es la psicóloga?», y su superior respondió con su habitual suficiencia: «La mejor que conozco». Cuando le explicaron que me había atrincherado en casa y que no pensaba salir, debió de comprender lo que le esperaba. Tendría que venir él a buscarme. Por supuesto, cuando apareció, volví a repetirle la misma letanía de siempre..., dentro de la consulta, bien. Fuera, en la calle, fatal.
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Volví a mirar hacía el camino. La gente seguía entrando y saliendo. Entonces vi a alguien a lo lejos. Llevaba un chándal oscuro y la capucha puesta, caminaba despacio haciendo fotografías. Se detenía. Miraba. Después seguía andando. En un momento dado se agachó y empezó a rebuscar entre las cenizas con un palo. Me quedé observándolo. Quizá Antonio no estaba tan equivocado en una cosa, no en lo del fin del mundo, en lo de las conspiraciones.
En la tienda escuché varias versiones. Que si no quisieron ayudar. Que si algunos se marchó. Que si no hubo maquinaria suficiente. Que si se dejó arder el monte para demostrar que no había medios suficientes. Esto último me pareció absurdo, ¿quién dejaría que se quemara para demostrar que tiene razón? Luego pensé en los intereses. Las tierras que se queman pierden valor. Las tierras de cultivo que dejan de ser productivas pueden terminar vendiéndose. Después están los planes urbanísticos, los permisos, los propietarios que ya no pueden mantener sus terrenos... No sé. Quizá no sean conspiraciones. Quizá sean intereses, a veces la diferencia entre una cosa y otra es mucho más pequeña de lo que nos gusta admitir. Sigo sin saber si faltaron medios. Si faltó gente. Si hubo negligencia. Si hubo mala suerte o si alguien salió beneficiado de esto. Cuanto más observo, más complejo me parece. Antonio siempre buscando una mano negra detrás de cada desgracia, quizá la diferencia entre él y yo sea que yo necesito pruebas, o eso quiero creer.
La persona del chándal seguía allí. Ahora se acercaba. Llevaba el teléfono en la mano. Agitándolo. Me quedé mirándolo. Si viene a preguntarme si tengo internet, voy a perder la paciencia. No hay internet. Tampoco hay luz. La luz la cortaron para evitar problemas con las chispas, o eso dijeron, y los cables de fibra óptica se quemaron. Así que no. No tengo internet. No tengo luz. Y tampoco tengo ninguna intención de convertirme en la oficina de información del desastre.
La semana pasada una señora me dijo que aquello nos venía bien, la gente, las fotos y los vídeos. Que cuanta más gente lo viera, antes llegarían las ayudas. Me quedé mirándola. No le dije lo que estaba pensando. Pensé en quienes llevan años esperando ayudas después de otras catástrofes. Pensé en lo fácil que es hablar de ellas cuando no eres tú quien está esperando.
Y ahora esta persona sigue acercándose. Agita el móvil. Una vez. Otra. Cada vez está más cerca. Quizá se ha quedado sin batería. Quizá quiere cargarlo. Quizá piensa que las pocas casas que seguimos en pie son una especie de servicio público. No sé. Estoy harta de socializar. He venido aquí para estar sola. El mundo parece sentirse con derecho a pasearse por estas tierras. He tenido que decir dos veces que es propiedad privada.
La respuesta fue siempre la misma:
—Ah, no he visto ninguna valla.
Claro. Quizá porque se quemó. No quiero ser borde. De verdad que no, pero es que me obligan. ¿Qué necesidad hay de pasearse por un campo muerto? ¿Qué necesidad hay de hacerse fotografías? ¿Qué necesidad hay de enseñarles a las amigas lo mucho que estás padeciendo en un lugar que no te pertenece, al que nada te une?
La persona del chándal levantó el teléfono. Ya estaba muy cerca. Lo volvió a agitar. Yo seguía sentada en el porche, quieta, muy quieta, quizás se fuera si no me movía. Me fijé bien en su forma de caminar. No. Aquellos andares no me resultaban extraños.
Lo conocía.
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Os leo mañana. Hoy hace mucho viento. Arden más montes. ¿Casualidad?
© Gemma entre lecturas, 2026
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