El rey ha muerto. Los relatos completos
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El rey ha muerto. Los relatos completos de Walter Tevis
Traducción Juan Trejo
Edita Impedimenta
Walter Tevis, el maestro de las letras estadounidenses que exploró como nadie la cara oculta del talento, la derrota y la redención en obras como Sinsonte, El buscavidas o Las huellas del sol, llevó al relato la misma precisión narrativa y la ternura desarmada que recorren sus novelas. En El rey ha muerto se reúnen, por primera vez en español, sus relatos completos. En estas páginas, un hombre recibe una llamada de su yo futuro, un actor y una joven actriz se enredan en un juego de máscaras, un recluso encuentra consuelo ante un tablero de ajedrez y los jugadores de billar de los viejos salones, entre ellos el legendario Eddie Felson «El rápido», vuelven a enfrentarse a su destino. Cada relato revela la mirada lúcida y compasiva de Tevis, su comprensión profunda de la soledad y del impulso por seguir jugando, aun sabiendo que la partida está perdida.
Otra obra de autor que he leído fue El buscavidas y muy recomendable, cualquiera de ellas.
Lectura en vivo...
Walter Tevis vuelve a confirmarse aquí como un narrador profundamente psicológico, incluso cuando solo nos está hablando de partidas de billar o de pequeñas escenas cotidianas. En estos relatos, sobre todo, los vinculados al universo de El buscavidas, no solo importa la destreza técnica, sino ese juego invisible que se libra en la mente del otro: la palabra como arma, la insinuación como estrategia, el desgaste emocional como antesala de la derrota. Tevis capta muy bien esa dimensión casi clínica de la interacción humana, donde desestabilizar al oponente implica leerlo, anticiparlo y, en cierto modo, colonizar su percepción. Pero más allá del engaño deliberado del buscavidas, aparece algo todavía más inquietante: la tendencia humana a construir verdades sin evidencia, como en la historia del profesor, donde el juicio social se impone antes que los hechos. Ahí Tevis señala un sesgo profundamente arraigado: no escuchamos para comprender, sino para confirmar lo que ya tememos o creemos. La reputación, la sugestión colectiva y la autoridad del relato pesan más que la realidad misma. Y en ese sentido, su literatura resulta incómoda porque nos enfrenta a una verdad poco amable: no solo podemos ser manipulados, sino que participamos activamente en esa distorsión. Quizá por eso sus personajes más lúcidos —los que dicen las cosas con claridad, sin someterse al consenso implícito— generan rechazo o miedo, porque ponen en evidencia las reglas no escritas que sostienen nuestras relaciones. Tevis no se pierde en adornos porque no los necesita: escribe directo, casi como quien coloca una bola decisiva, sabiendo que lo importante no es el movimiento visible, sino lo que lo ha hecho inevitable.
Sigo avanzando por los relatos de Walter Tevis y cada vez tengo más claro que su aparente sencillez es una de sus mayores virtudes. No son cuentos construidos sobre grandes giros ni artificios narrativos, sino historias precisas, limpias y eficaces. En uno de ellos, una comerciante contrata a un supuesto pistolero para proteger su negocio y, para su sorpresa, quien aparece es un hombre bajo, corpulento, con gafas y siempre acompañado de un libro. No encaja en absoluto con la imagen que ella había construido en su cabeza. Sin embargo, ahí está una de las constantes de Tevis: sus personajes rara vez son lo que parecen. El buscavidas que aparenta ser un jugador mediocre, el lector empedernido que resulta ser el hombre más capaz de la sala o el experto que se esconde tras una apariencia corriente. Tevis juega con nuestros prejuicios y con esa tendencia tan humana a juzgar por las apariencias.
Sus cuentos regresan una y otra vez a los billares, territorio natural del autor. Un joven es derrotado por uno de esos jugadores que fingen no saber jugar y, lejos de resignarse, dedica su tiempo a construir una máquina capaz de vencerlo. Cuando la máquina comienza a ganar y después deja de funcionar, el muchacho ocupa su lugar en la mesa y termina imponiéndose él mismo. La respuesta que da al ser preguntado cómo ha aprendido tanto en tan poco tiempo resume toda la historia: «Alguien tenía que enseñar a la máquina».
Y ahí aparece de nuevo el verdadero talento de Tevis. Detrás de una anécdota sencilla se esconde una reflexión mucho más profunda sobre el aprendizaje. La máquina podía ejecutar, calcular y repetir, pero el conocimiento nació primero en la experiencia humana. Es una idea fascinante porque nos recuerda que enseñar es una de las formas más poderosas de aprender: cuando somos capaces de transmitir algo, ese conocimiento deja de ser una intuición y se convierte en una habilidad nuestra. Tevis consigue que estas reflexiones surjan sin solemnidad, casi sin que nos demos cuenta, como si estuvieran escondidas entre las bolas de billar y las conversaciones intrascendentes de sus personajes, se nota que era profesor 🤣😂 El muchacho se convierte en mejor jugador al tener que descomponer su habilidad, analizarla y enseñarla. En cierto modo, aprende dos veces: una jugando y otra explicando. Ahí está gran parte de la elegancia de Tevis.
Leer a Walter Tevis es asomarse a ese instante en que la mente del otro se quiebra: donde la palabra pesa más que la verdad y el juicio llega antes que los hechos. Me gusta porque conecta con algo muy psicológico: la diferencia entre saber hacer y ser consciente de lo que sabemos hacer. Con muy poco ruido narrativo, consigue hablar de cómo aprendemos, cómo juzgamos a los demás y cómo las apariencias suelen ocultar la realidad.
¡Feliz lectura!
Walter Tevis (1928-1984) fue un uno de los grandes escritores estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX. Sus relatos cortos, que comenzó a escribir en los años cincuenta, se publicaron en revistas como The Saturday Evening Post, Esquire, Cosmopolitan y Playboy. También publicó cinco novelas: El buscavidas (1959), que sería llevada a la gran pantalla en 1961, El hombre que cayó a la Tierra (1963), Sinsonte (1980; Impedimenta, 2022), Gambito de dama (1983), Las huellas del sol (1983; Impedimenta, 2023) y El color del dinero (1984). En 2023 se publicó una antología de sus relatos bajo el título de The King is Dead, que próximamente será recuperada por Impedimenta. Tevis murió a los cincuenta y ocho años en Nueva York debido a un cáncer de pulmón.





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