Mujeres grises sobre fondo negro

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Mujeres grises sobre fondo negro de Marisol Donis


Hasta no hace mucho, la etiqueta de enajenación mental se aplicaba a aquellas mujeres que no se ajustaban a las expectativas sociales y culturales de su época. Era una herramienta de opresión.

Mujeres despojadas de sus méritos, anuladas e ingresadas por padres, hermanos o maridos que no sabían amar, pero exigían sometimiento de obra, palabra y hasta de pensamiento. Las querían humildes, quietas, mansas. Si no era así, mejor internadas en un manicomio o incapacitadas para manejar su fortuna.

Algunas narraron sus sueños y sus miedos reales a través de poemas, relatos, dibujos y cuadros surrealistas. De otras sabemos por crónicas de sucesos que mezclan intrigas económicas con traiciones familiares, injusticias y la urgente necesidad de un cambio social.

Marisol Donis da voz a todas ellas, a Juana Sagrera, Charlotte Perkins, Adèle Hugo, Ángeles Santos, Leonora Carrington y tantas otras. Nos muestra sus ansias de libertad, sus espíritus indomables y rescata, también, los expedientes olvidados de internas anónimas con el fin de recuperar sus voces y unas súplicas que traspasan y conmueven: «Mi esposo me trajo, no sé por qué, yo era buena».

Hoy nosotros hablamos por ellas.


FLMadrid 2026

Conclusión 


No me dejo llevar por el envoltorio, me atrapó la temática, la sinopsis, conocía el trabajo de la atora y su anterior obra, me fascinó. Me atrapa las obras con rigor científico e histórico, y la sensibilidad psicológica para entender que la mente humana es un terreno complejísimo que no se puede medir con escuadra y cartabón. Así que, cuando una sinopsis me promete un ensayo riguroso sobre la instrumentalización de la psiquiatría para anular a mujeres disidentes, y luego me encuentro con un cajón de sastre que mezcla casos puramente sociales, trastornos clínicos reales (como la anorexia de Ellen West o una depresión posparto) y un tono morboso, la sensación de fraude es inevitable. Mezclar la reclusión voluntaria por melancolía de Emily Dickinson o la obsesión de Adèle Hugo con los internamientos forzados por intereses económicos desvirtúa por completo la gravedad de las que sí fueron víctimas de esas atrocidades. En fin.

Cierro este libro con una profunda sensación agridulce y, para ser sincera, leyendo las últimas páginas con desgana y una punzada de defraudación. Tras haber disfrutado enormemente de Envenenadas, esperaba encontrar aquí el mismo rigor. Sin embargo, si tuviera que definir Mujeres grises sobre fondo negro con una sola palabra, esta sería: sensacionalismo.

La premisa y la sinopsis son potentes: nos prometen dar voz a aquellas mujeres que, por no encajar en los moldes de su época, fueron incapacitadas o recluidas en manicomios para arrebatarles sus fortunas o anular su discurso. Un tema gravísimo y necesario. El problema es que la obra se desvía de ese eje, cayendo en la falta de rigor y en el detalle morboso, desvirtuando el mensaje central. Al meter en el mismo saco la opresión machista, los trastornos de conducta alimentaria (como el caso de Ellen West) y las psicosis clínicas, el libro pierde el foco. Se desvía la atención de las verdaderas víctimas: aquellas mujeres maltratadas y encerradas por sus tutores o maridos para robarles sus fortunas o por el simple hecho de mostrar un tobillo y tener pensamiento crítico. Al querer abarcar tanto y de forma tan dispersa, se desvirtúa la denuncia.

¡Feliz lectura!

Otra obra de la autora Envenenadoras





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La evolución médica frente al morbo

¡Hola a todos!

La medicina, y más la mente humana, es uno de los campos más complejos que existen; no se puede investigar con la cuadriculación de la ingeniería. Si hoy en el siglo XXI los especialistas admiten que estamos "en pañales", imaginemos la Edad Media o el siglo XIX.

Es indiscutible que se cometieron atrocidades humanas: lobotomías, terapias de choque con insulina, malarioterapia o el sillón tranquilizador. Eran verdaderas torturas. Pero el rigor histórico exige entender que muchos médicos de la época aplicaban esos tratamientos erróneos creyendo, de buena fe, que era lo mejor. Tampoco se habla de las sangrías letales para la fiebre o de la peligrosa práctica de sajar las bubas de la lepra, que diezmó a miles de personas sin distinción de sexo. El error era científico, generalizado y trágico.

Además, las tácticas de enriquecimiento mediante el internamiento forzado no entendían de género. Directores de centros y familiares sin escrúpulos destruyeron las vidas de muchos hombres, como demuestran los casos de William Mill o John Thomas Perceval. 

Conclusión

Esperaba un ensayo riguroso, una investigación densa que profundizara en la historia de la psiquiatría y en esas prácticas institucionales. En su lugar, me he encontrado con apuntes vagos y sin desarrollo —como el inconexo párrafo sobre el neurólogo Jean-Martin Charcot, la Salpêtrière y la hipnosis, o las menciones directas a Justine del Marqués de Sade y al Doctor Pajados— que parecen recortes descontextualizados de otras publicaciones.

Da la impresión de que se ha buscado la sobreexposición y el impacto mediático por encima de la coherencia interna de la obra. Una lástima, porque el tema central merecía un tratamiento mucho más serio y menos sensacionalista.

Nos leemos pronto, Gemma entre lecturas.



Vamos con las notas:

He cerrado el libro con una sensación agridulce, las últimas páginas las he leído con desgana, me he sentido defraudada, con lo que me gusto Envenenadas, dejó su reseña por arriba o por abajo, todavía no lo he decidido. Si me preguntáis, define con una sola palabra, sensacionalismo, no es riguroso, o a mí no me lo parece. En fin.

Jean-Martin Charcot (1825-1893) fue un prestigioso neurólogo francés y una influencia clave en la formación de Sigmund Freud. Como director del hospital de La Salpêtrière en París, Charcot demostró que la histeria respondía a la sugestión mediante hipnosis, lo que inspiró el estudio del inconsciente y el desarrollo posterior del psicoanálisis. Justine del Marqués de Sade.

Doctor Pajados, “la niña del sol”, a qué viene un apunte tan vago, sin desarrollo alguno, como un recorte cogido de otra publicación más densa.

¿Por qué mete a Emily Dicikinson? Leed detenidamente la SIPNOSIS, «Si no eran así las metían en manicomios o incapacitaban para manejar su fortuna… Hoy nosotros hablamos por ellas». La reclusión de Emily fue voluntaria, sufría de melancolía patente en su obra…, ¿negamos algo?

Sigo, Adèle Hugo, ¿estaba psicológicamente bien? Pregunto, quizás seguir a un hombre que tu misma has rechazado y que decide empezar de cero, sea normal, vivir en la indigencia por las calles de la ciudad sea normal, ¿negamos algo? Tenía una obsesión enfermiza por Albert Pinson, ¿podemos culpar a Albert Pinson? Le ofreció matrimonio, ella le rechazó, él se fue y ella cambió de idea y le persiguió… ¿Se puede culpar a Víctor Hugo por hacer lo que estaba en su mano y creía lo mejor? Caso como estos dos para mí desvían la atención, las mujeres maltratadas por padres, hermanos, tutores y maridos, por sus fortunas o por que se habían convertido en obstáculos para sus planes, pero si buscamos nombres de renombre y las etiquetamos junta a…, desvirtuamos el mensaje, es mi humilde opinión. Eran encerradas por mostrar el tobillo, leer novelas románticas, tener pensamiento crítico y discurso propio, cierto, pero centrémonos.

La medicina es uno de los campos más complejos, no se puede investigar como en la ingeniería, estamos hablando de seres humanos, si es complicado investigar sobre cualquier enfermedad, creo que somos conscientes de lo difícil que es lamente humana. En pleno siglo xxi, cualquier doctor en la materia os puede decir que están en pañales, saben poco y nada. Imaginad en la Edad Media, eran tildados de poseídos. Qué había gente indeseada con el título de médicos, cierto, antes y ahora, qué se han puesto tratamientos inhumanos, cierto, pero os diré más, hoy estamos practicando tratamientos que dentro de unas décadas serán errores garrafales, pero da morbo, que no lo veo mal, no podemos incurrir en nombre de la ciencia en esas atrocidades, pero debemos ser rigurosos. Dentro de cincuenta años veréis que lo que hoy creéis como cierto, no lo es, tiempo al tiempo. ¿Por qué no se habla de las sangrías como tratamiento para la fiebre? Murió muchísima gente con estas prácticas, también podíamos hablar de cómo se sajaban las bubas de la lepra, se descubrió que no es recomendable sajar ni reventar las lesiones (nódulos o "bubas") de la lepra. Sajar estas protuberancias es una práctica peligrosa que puede provocar graves infecciones secundarias, dañar los tejidos de forma irreversible y aumentar el riesgo de úlceras crónicas que no cicatrizan. Con este hilo atropellado y mal expuesto quiero decir que es cierto que los tratamientos no eran los correctos, lobotomías, terapias de choque con insulina, malarioterapia, hidroterapia externa, sillón tranquilizador, trepanación…, verdaderas torturas humanas, pero muchos médicos de la época creían que era lo mejor, yo también me pregunto cómo se pudo pensar que alguien que sufría de tristeza iba a superar su mal con dolor y no con comprensión.

Charlotte Perkins Gilman, sin leer más que este texto, podría decir, depresión posparto, el tratamiento no es el correcto, pero… «Cuando se separó cesaron todos sus males…», puedo entender que fuera así, el marido seguiría a rajatabla la recomendación del facultativo que era la aplicada en la época, no quiero repetir lo de arriba, un tratamiento erróneo, sí. «Su fama creció y se desentendió de su hija…», aquí hablamos de una mujer que tenía un sueño, que la sociedad de la época tenía castradas las ilusiones de cada una de ellas, qué el único rol de la mujer era la maternidad…, pero qué relación guarda con la sinopsis. «la sociedad criticaba todo lo hacía…», es un problema social, no de manicomio, se la tildó de divorciada, de madre desnaturalizada, eso es social, no de salud mental, a no ser que se intente ver una causa efecto, si la hubiesen tratado mejor la depresión posparto, habría vuelto al redil, o no, quizás nunca quiso ser madre, ni dar el pecho, ni perder su identidad en al crianza de un hijo… Permitidme, quizás me equivoque, ruego que lo investiguéis pero creo que fue en 1994 cuando se incluyó como trastorno mental…, se hablaba de antes, pero como lo concerniente a las mujeres, va despacio. Evidentemente la sobreexposición no es lo adecuado.

El caso de Ellen West, anorexia, más de lo mismo, es evidente que se hizo poco o mal, que no era lo mejor, que los tratamientos y el conocimiento eran pocos o incorrectos, no voy a regresar a lo de arriba.

«Francisca no mejoró y falleció de forma repentina…»

Muchos hombres sufrieron este mismo destino, que fueron más las mujeres, sí, pero quiero remarcar que quién usaba esas tácticas de enriquecimientos, tanto familiares, amigos o directores de centros, no eran escrupulosos con respecto al género. El caso de William Mill, John Thomas Perceval y tantos otros.

Esperaba que se hablase más de esas prácticas, no tanto sensacionalismo que no encaja en lo que esperaba de la obra, ensayo.






Marisol Donis es licenciada en Farmacia y 'Magíster' en Criminología. Colabora en prensa nacional y en revistas especializadas en criminología, sin olvidar su faceta de farmacéutica aficionada a las letras, afición por la que ha obtenido el Premio Patrimonio Histórico Artístico Farmacéutico 2000.

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